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OPINIÓN
TRIBUNA ,  

Grupos, obviedades, festejos

Miguel Ángel Manjarrés*.-  26/04/2011

1. ETA ha dicho. Los periódicos se llenan de las declaraciones de los terroristas. Pero los intelectuales efímeros siguen adjudicando acciones a los nombres colectivos, como si fuesen algo. ETA, ETA mata, ETA dice, ETA califica, ETA hace referencia, ETA cree perverso… Es una prosopopeya de gran calado moral, aunque sólo parezca un recursillo barato y común. Adjudicar pensamientos, actos y omisiones a entidades abstractas es el gran espejismo con que disimular la responsabilidad de cada cual, de cada individuo. Es la aceptación de una trampa ancestral: la imposición del grupo hasta en la lingüística. Y el grupo, con su logotipo, transforma las pamplinas de unos delincuentes en mayúsculas que ocupan todas las portadas. De ser unos chicos sin oficio ni beneficio a amparase tras las siglas, juntar cuatro frases, firmar con sello de caucho y esperar a que todo se vuelva notoriedad y atención. Lo de menos es el mensaje. Todo está ganado con la marca.

2. Un mundo en transición. Lo dice Argullol: “San Pablo, como todo observador lúcido de un mundo en transición, sabía que las ideas y los mitos circulaban con las caravanas y se discutían en las tabernas y posadas del camino”. Ya en tiempos del santo había un mundo en transición. Un mundo: es posible que se trate de las personas, sus actos y sus pensamientos. Esas sinécdoques naturalizadas hasta la náusea. En transición… ¡si todo está en tránsito, hasta las piedras! La naturaleza humana, que no acaba de encajarse, sólo puede existir en puro vaivén: en su estructura y en sus manifestaciones, en sus pliegues genéticos, sus módulos mentales, sus conductas y sus hechos cotidianos. Y a la naturaleza humana corresponden también la agrupación social y sus movimientos, por lo menos desde los homínidos. San Pablo, con toda su lucidez, ya vivía en un mundo en transición. Ah, el viejo Heráclito.

Parece que en los tiempos evolutivos la creencia en dioses ayudaba a prosperar, con lo que en el cerebro se acabó instalando como subproducto de la mente. Luego llegaron grupos y jerarquías, la organización religiosa, las manías hechas ceremonia. Y aquí seguimos

3. El corazón virgen de la naturaleza. Los metafóricos son siempre de un repulido enternecedor. Es una alimentación de símbolos, casi un atracón. La literatura les basta para llenarse. Una imaginación que quiere decir un deseo, una ficción que haga bonita una realidad estrafalaria. Maldita realidad. Pero las fechas, los símbolos, nos libran del relato histórico. Lo siguiente es ya el mito, que nutre como unas migas de pastor. La poética de la ideología, mientras sorbemos un culito de whisky y ponemos luego media sonrisa de altura intelectual. Y la falacia acostumbrada de la naturaleza virginal, una suerte de buen salvaje clorofílico. Pero detrás del tropo sólo hay la agresividad propia de un medio hostil, que el hombre intenta dominar como puede, a menudo con el empleo de la razón. Una razón que suele desbaratar, una vez más, la idílica armonía de la naturaleza. Ese sueño.

4. Y los dioses por las calles. La civilidad, entre otras cosas, es un pacto brutal contra la gran tirana. Parece que en los tiempos evolutivos la creencia en dioses ayudaba a prosperar, con lo que en el cerebro se acabó instalando como subproducto de la mente. Luego llegaron grupos y jerarquías, la organización religiosa, las manías hechas ceremonia. Y aquí seguimos. En nuestro lado (más civilizado, sin duda, pero todavía descorazonador) seguimos invadiendo las vías públicas con las procesiones. El despliegue turístico ha ablandado la costra, pero aún resuenan en los tambores los golpes al pecho de un cromañón que se hizo intérprete de no sé qué fuerza misteriosa. Aun así, no son los creyentes quienes ofrecen la mejor interpretación de los eventos, que sostienen en cosas espirituales y otros poetismos. Los ateíllos aficionados, muy progresivos casi siempre, ofrecen espectáculos más vistosos: sermones, asociaciones, hasta tesis doctorales. Y deben justificarse, claro, buscar una coartada que les dé sosiego, comprensión de su troupe. El salvoconducto moral, indefectiblemente, vuelve a asentarse en la cultura y sus manifestaciones: el espectáculo, el sentimiento, la madera pintada, la sazón étnica. Al menos los creyentes no deben acudir a subterfugios. Ni los propios mercaderes, tan prácticos, tan realistas: bien vengan promesas, sacrificios, torturas y hasta indultos, con tal de tener los hoteles llenos y vender, en primera línea, unas gambas con vino para asistir a una escena simulada de crucifixión. Al menos aquí no hay truco para que repose la conciencia. Si es que existe.

*Miguel Ángel Manjarrés es profesor de la Universidad de Valladolid

 

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