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José Saramago (Efe)
José Sousa nació pobre. Tan pobre, que ni pudo heredar el nombre del padre, sino tan sólo el mote familiar, los Saramagos. Tampoco pudo estudiar. Lo aprendió todo solo, en la biblioteca del barrio. Años después la Academia sueca le hacía entrega del Premio Nobel de Literatura, el primer escritor de lengua portuguesa en lograrlo.
Pero ni siquiera entonces pudo olvidar a los responsables de la miseria que padeció en su infancia, ni a quienes después quisieron acallarle. De aquella pretendida mordaza nació el escritor, la voz que denunció las desigualdades e injusticias del mundo moderno en novelas tan leídas y admiradas como Ensayo sobre la ceguera o El Evangelio según Jesucristo.
Él fue el último de los escritores comprometidos, esa estirpe que confiaba en cambiar el mundo con la fuerza de su escritura. O, si no podrían llegar a tanto, remover la conciencia de sus lectores, como otros hicieron con ellos. Aquellos mundos de pesadilla que retrataron distopistas como Orwell o Bradbury, o Huxley, con el tiempo se hicieron realidad. Y Saramago se vio en la necesidad de coger el testigo, intensificando las líneas maestras del presente, trazando con ellas el esquema de una alegoría del mundo contemporáneo, un mundo en el que el fuerte aplasta al débil. Porque, para Saramago, la seña de la contemporaneidad es la explotación del hombre por el hombre.
Él supo desde bien pronto qué era aquello. José Saramago había nacido en Azinhaga, cerca del Tajo, en 1922. Era la Primera República, una época difícil, con un Portugal políticamente inestable y depauperado por una élite muy alejada de los verdaderos problemas del país, con la Iglesia -Saramago fue profundamente ateo y humanista: “Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio”- y la oligarquía burguesa -luego llegarían Salazar y sus soldaditos- apoyándose mutuamente para mantener hambrientos e ignorantes a los pobres que tan bien les servían, clientela y mano de obra barata respectivamente.
La familia tuvo que emigrar a Lisboa, donde ejerció de policía su padre, José de Sousa. “Saramago” no era sino el apodo familiar, pero una broma o un error del funcionario -la leyenda no lo aclara- cambió el apellido del escritor. Si el marchamo del escritor es el desarraigo, Saramago tuvo su destino impreso desde aquel mismo instante.
Allá, a orillas del Mar de Palha, en la bella capital lusa, conoció la literatura. El breve tiempo que pasó en la escuela, pues los padres no pudieron seguir pagando, fue suficiente para dejar en él la impronta del letraherido -debió calmar su libropesía en la biblioteca del barrio que, de nuevo según la leyenda, se leyó de cabo a rabo-, pero también la convicción de que algo estaba mal en el mundo, así como la identidad de los responsables. Homo homini lupus, pero algunos tienen más colmillos que otros.
Estas convicciones, mantenidas con la persistencia del autodidacta, le llevaron al segundo hito de su vida: la afiliación, en 1969, al Partido Comunista Portugués, al que se mantuvo fiel toda su vida. Aquel año fue clave para él; además, se divorció de su primera mujer y tomó la resolución de vivir exclusivamente de la escritura.
Pero no es hasta 1980 cuando publica su primera gran novela: Levantado del suelo (Alfaguara, 2001), que prefigura sus grandes temas. Aunque aún es una obra de realismo social, su uso de la ironía y el sarcasmo empiezan a mostrar un rumbo personal y una voz propia, que va consolidándose en los años siguientes, hasta el gran éxito de El Evangelio según Jesucristo (Alfaguara, varias ediciones).
La intensa polémica que levantó en un país sólo oficialmente laico, pero íntimamente católico, como es Portugal le trajo a España -polémica que ha revivido recientemente con la publicación de Caín, Saramago ya empezaba a repetirse-. Luego llegaría su gran trilogía, Ensayo sobre la ceguera (1995), Todos los nombres (1997) -quizá su mejor novela- y La caverna (2000). Entre medias, en 1998, el Premio Nobel.
La Academia sueca, tantas veces tan injusta, destacó en él la imaginación, la compasión y la ironía. A ello habría que añadir el pesimismo que oscurece su obra. En su literatura nadie está a salvo: las víctimas se vuelven verdugos con pasmosa facilidad, como se lee en Ensayo sobre la ceguera. ¿Hay algo más frágil que un ciego, siempre en tinieblas, a merced de cualquier amenaza? ¿Y no se vuelven tiranos esos mismos ciegos?
A muchos lectores -también a quienes no le han leído ni remotamente- su desesperanza les ha parecido excesiva. Pero Saramago también era un soñador. Sus novelas suelen acabar más o menos bien, sin llegar al happy end, y el mejor ejemplo de su afán utópico, aunque la literatura le saliera distópica, lo tenemos en su Fundación Ibérica para promover la integración de Portugal en una nueva entidad política que ocupara toda la superficie geográfica de la Península.
José Saramago nos hizo partícipes de sus pesadillas, sueños terribles que comenzaron en una pequeña y pobre localidad portuguesa, pero que no se deshacían al despertar. La suya era una visión del mundo que para muchos quedó obsoleta tiempo atrás. Quizá tuviera más lucidez para identificar los problemas que las soluciones -como si esa fuera misión del escritor-. Quizá su escritura pudiera resultar demasiado plana, algunos dicen que soporífera -sólo para quienes padecen de sopor-. Pero el escritor, honesto y fiel a sus convicciones, trató de desnudar los males de la modernidad, convirtiéndolos en parábolas que ya son inmortales.
También le puede interesar: Saramago será incinerado este domingo en Lisboa
OPINIONES DE LOS LECTORES,
41 COMENTARIOS
41 .- Ha muerto un gran hombre: politicamente y religiosamente incorrecto, como debe ser.
40 .- #39 Estoy basicamente de acuerdo con su comentario, de todos modos no deberiamos confundir el planteamiento teorico de un sistema comunista, con su ejecucion practica en cualquiera de los paises que ha comentado.
Tanto comunismo como capitalismo estan condenados al fracaso, entendiendose por tal a la generación de pobreza e injusticia.
Por un lado el comunismo, en su afan de reparto justo de la riqueza, anula cualquier incentivo a la productividad, mientras que el capitalismo altamente eficiente en la asignacion de recursos, en terminos matematicos que no humanos, se encarga de hacer patente la falsedad de que todos los seres humanos nacemos libres e iguales. Como escribian los cerdos de Orwell, "Todos los animales son iguales, pero algunos son mas iguales que otros". En concreto quienes detentan el capital, heredable de padres a hijos.
El problema de fondo no se encuentra en ninguno de los 2 sistemas, sino que radica en nuestra propia naturaleza humana, elijamos uno u otro, el ser humano siempre estara dispuesto a explotar a sus semejantes. Esta es la autentica razon del fracaso.
39 .- #34-Mala noticia para los idealistas super-guays del foro:El hombre,desde que es hombre,siempre ha explotado al hombre y si no es el hombre,entonces es EL ESTADO...SOBRE TODO EN LOS PAISES COMUNISTAS.En cualquier país con una democracia,digamos, más o menos liberal,los trabajadores tienen MUCHÍSIMOS más derechos que un país comunista.
En Cuba,cualquier trabajador cubano de uno de esos hoteles españoles-que,por cierto,espero que se arruinen TODOS por colaborar con una dictadura comunista-tiene que dar su sueldo al estado macarra cubano,y,a cambio,el estado les da unos pocos pesos cubanos.Algo impensable aquí.
En la antigua República "Democratica" Alemana[comunista],como en cualquier país comunista,socialista real,o como se le quiera llamar,la huelga estaba prohibida,porque se supone que el Estado Socialista YA velaba él por los derechos de los trabajadores,y cualquier huelga sería considerada contrarevolucionaria y una traición al país...¡Y una mierda!
38 .- Virginia Wolf, considerada en su época por sus detractores la mayor panfletista del Reino Unido, dice en su libro "Una habitación propia" que el escritor de ficción no debe estar dominado por la rabia ideológica, sino por el arte de sugerir. Para Virginia Wolf el ensayo era el medio para expresar las ideas, la ideología y la rabia. La novela podía sugerir, mostrar sin decir, valiéndose de mecanismos como la ironía para que ésta no resultase un panfleto propagandístico.
El problema con Saramago es que sus escritos son demasiado evidentes, carecen de ironía porque van dominados por la ideología y esto les resta valor literario, además de resultar plúmbeos para el lector.
37 .- #32 "Nuestros nos comentarios nos retratan a todos". Jojojo, no lo sabes tu bien.