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Imagen de una de sus obras.
Arboles y flores en el Jardín Botánico. Es lo lógico. Pero cuando éstos son de acero, la cosa cambia. Más si su oscilación con el impulso de una ráfaga de viento los convierte en delicados juegos de equilibrio. Ese es el trabajo de José Onieva que desde hoy se puede ver en Madrid.
La historia de estas esculturas empezó hace un par de años, cuando una persona cercana al Jardín Botánico de Madrid visitó su taller y vio unas maquetas de árboles en forja. Pensando en lo bien que quedarían en ese museo natural, se inició un proyecto.
El medio natural es su auténtica pasión y con esta muestra que se podrá ver en el Museo Botánico de Madrid resulta más evidente que nunca. Son una serie de obras de hasta casi cinco metros de altura que reproducen elementos naturales; árboles que se mueven al son del viento en uno de esos juegos de equilibrio de los que gusta el creador de utilizar en sus piezas. De hecho, muchos de sus trabajos anteriores que se pueden contemplar en su web, reproducen pequeñas figuras humanas que ejercen de centros de balanza de entre dos pesos.
Doblegar el metal
Son en total 40 esculturas, entre árboles, flores y palmeras, agrupado bajo el título Aequilibrium y aunque al contemplar su obra enseguida pensamos en Calder, Onieva aclara que es totalmente diferente: “Las estructuras de Calder se colgaban del techo, pero las mías se apoyan en el suelo, lo que las hace más complicadas”. Y es que esta disposición provoca que habitualmente tenga que rectificar las obras. Es algo habitual: “La metes otra vez en la forja y le pegas cuatro golpes”.
A pesar de estar totalmente volcado en doblegar el acero, no fue la escultura la que le llamó en un principio. Onieva empezó sus estudios en Arquitectura y al poco tiempo se dio cuenta de que prefería optar por el arte a menor escala, por lo que completó su formación en Bellas Artes. Eso sí, según reconoce ha diseñado “diez casas”, con lo que el otro arte ha seguido estando presente en su vida; no la pintura, a la que apenas le dedica tiempo.
Desde su taller situado en mitad del campo, cerca de Chinchón, sigue proyectando sus creaciones, entre las que lo próximo serán nuevas figuras en equilibrio. Por lo pronto, espera que las piezas de su exposición en el Botánico puedan lucirse con el mayor movimiento posible: "Pude verlas hace unos días con viento de 100 km por hora y era una maravilla". Esperemos que en estas semanas también sople a su favor.
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