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@Jacobo Corujeira - 09/02/2010
El Can Framis “ha creado un espacio público íntimo en un contexto urbano desmembrado y en transformación”, en palabras del jurado compuesto por Carme Pinós, Zaida Muxí, Daniel Giralt-Miracle, Oriol Pibernat y Mónica Gili. Por eso y por desarrollar “una acertada articulación entre lo viejo y lo nuevo sin caer en tópicos restauracionistas” ha recibido el reconocimiento de modo unánime.
A la hora de plantearse la rehabilitación de las naves industriales el estudio BAAS, del arquitecto Jordi Badia, optó por una solución homogeneizadora que diera sentido al recinto, compuesto por dos naves industriales. De este modo se construyó un nuevo edificio que comunica los otros dos existentes y se optó por la sincera brutalidad del hormigón como elemento de cohesión. La dialéctica que se establece entre los componentes primitivos y aquellos provenientes de la reforma es una de las más destacables características del centro.
Paradigma de la burguesía industrial y su arquitectura
La historia de la fábrica de Can Framis tiene mucho que ver con la evolución de la burguesía industrial barcelonesa durante el siglo XIX. El edificio nunca fue un canto a la arquitectura. Al igual que ocurría con muchas de las edificaciones fabriles del Poble Nou, lo que se consideraba más importante a la hora de proyectarlas era su funcionalidad y no los aspectos estéticos.
Joan Framis, propietario de la fábrica, fue uno de los primeros empresarios en trasladar sus instalaciones a esta zona de Sant Martí que acabaría convertida en uno de los más destacados polos de la industria textil catalana. El complejo industrial amplió sus usos durante el siglo XX llegando a dejar de lado la producción textil para dedicar el espacio a otros sectores como el mecánico y el metalúrgico.
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