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Se acabó el guión. Las reglas básicas del teatro tradicional se vienen abajo. La culpa la tiene una técnica teatral que no es nueva pero que cada vez está pegando más en todo el mundo. Se trata del teatro de improvisación, que vive esta semana una cita de la que ya hemos hablado: el Festival Internacional de Improvisación Teatral de Madrid (Festim).
España no sólo acoge este festival, sino que puede presumir de tener cada vez más actores de impro. Varios de ellos son verdaderas autoridades en el teatro de improvisación europeo (Carles Castillo, Ignacio López...), y algunos incluso trabajan en series o programas de televisión.
En España tenemos los ejemplos de Ana Morgade (ex colaboradora de Quequé y colaboradora de Buenafuente), Paula Galimberti (ex profesora de interpretación en Fama y Supermodelo, colaboradora ocasional de José Mota y actriz en varias series y películas), Alejandra Jiménez (actriz en Mejor que nunca, ex colaboradora de Buenafuente...), etc. Entre todos ellos forman un sinfín de compañías: Impromadrid, Planeta Impro, No es culpa nuestra, Teatro Instantáneo, Jamming, Pirómano Teatro, Imprebís...
Detrás de estos impresionantes currículos –y de otros más incipientes– se encuentran una serie de actores atraídos por el riesgo y empeñados en hacer el más difícil todavía: actuar sin guión. Y es que no es lo mismo estudiarse un papel que improvisarlo: “Hay quien siente mucho vértigo ante el vacío de no contar con el apoyo de un texto y una dirección marcadas de antemano”, asegura Javier Faba, de Pirómano Teatro. “No todos los actores saben improvisar”.
Adrenalina 100%
Además, al actor se le multiplican las tareas, como nos cuenta José Luis Adserías, de Planeta Impro: “El improvisador debe actuar, guionizar y dirigir su propia historia delante del público”. “No sólo cuentas algo, sino que decides a la vez cómo lo cuentas y a través de qué personaje. Es un lío fascinante”, comenta Ana Morgade, que se confiesa adicta tanto a la impro como al teatro ‘tradicional’: “Cada uno tiene su cosita. La impro da un subidón de adrenalina que es adictivo, pero a veces no te permite entrar en algunos temas o usar ciertos lenguajes que requieren ensayo y preparación”.
Así pues, sólo unos pocos se atreven a plantarse en el escenario sin tener ni idea de lo que van a hacer. La improvisación teatral tiene dos vertientes: la competitiva y la no competitiva. En la no competitiva, un grupo construye una historia prácticamente a partir de cero, ya que los ingredientes de la obra serán dados por el camino. El propio público es el que decide, cogiendo un papel y apuntando en él una frase, una palabra, una idea... Cualquier cosa que pueda servir de motivo o de título a la historia. También puede decidir qué género se va a tratar, y éstos van desde los tradicionales (comedia, ficción, drama) a los más imaginativos (musical, Disney, Hermanos Marx, Tarantino...).
Todos estos ingredientes no sólo se dan al principio, sino que durante el transcurso de la historia se pueden cambiar, poniendo así a prueba la velocidad, el talento y el ingenio de los improvisadores. Fruto de este cóctel se pueden dar varios resultados: una historia con cambios de estilo, otra que cada vez dure menos, un musical, otra construida a partir de las tarjetas que vayan saliendo...
Pero el verdadero espectáculo y atractivo de la improvisación es un formato competitivo, también llamado Match de Impro. En él, dos equipos compiten por ser los mejores improvisadores. Con una estética muy similar a la del boxeo o la lucha libre –ring y árbitro incluidos-, los contrincantes tendrán que improvisar mejor que sus rivales si quieren que el público –juez y parte, una vez más- les conceda la victoria con sus votos. Y mucho ojo con cabrearlo, porque lo normal es que los asistentes respondan tirando objetos al ring, tanto si les ha gustado –tirando rosas, por ejemplo- como si no –lanzando calcetines, mismamente-. A pesar de lo inédito, a veces los motivos de las historias se repiten, como nos cuenta Ana Morgade: “En su momento, recuerdo haber hecho como seiscientos ochenta millones de impros de la niña de Rajoy. Le hicimos la biografía completa a la pobre...”.
Los resultados, en cualquier caso, suelen ser tan geniales como desternillantes.
Pero no todo va a ser humor. Explica Javier Faba que “la impro está muy identificada con el teatro humorístico porque esa faceta atrae público, pero eso no quiere decir que sólo pueda haber impro humorística”. De este modo, el desarrollo artístico y la investigación teatral dan un nuevo paso adelante en búsqueda de sensaciones menos habituales. Compañías como Dobles Teatro acostumbran a usar su talento improvisador para labrarse una historia en la que al público se le ponga la carne de gallina.
En este tipo de actuaciones la rapidez mental no puede quedarse detrás del talento interpretativo: en Teatro Instantáneo cuentan que, del mismo modo que “hay grandísimos actores con dificultades para improvisar”, también vemos “buenos improvisadores sin suficientes dotes interpretativas”. Por tanto, esta disciplina requiere de una labor investigadora mucho más ardua y de una perfecta combinación de las técnicas improvisadoras y competitivas. Y es que, aunque en la impro es fundamental ser ágil, no hay que descuidar el talento: “Para hacer un buen espectáculo siempre tiene que haber calidad interpretativa, sea comedia o drama. Da la sensación de que hacer drama es más serio e importante que hacer comedia y no creo que sea así. Hacer buena comedia es dificilísimo”, asegura Ignacio López, de Impromadrid.
Sea como fuere, este tipo de teatro nos asegura una obra inédita en cada ocasión y una imposibilidad de aburrimiento alguno. Y es que cuando la impro sale a escena, nunca sabemos qué va a pasar.
Sólo nos queda rendirnos ante la magia de una historia en la que todo está por decidir.
OPINIONES DE LOS LECTORES,
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