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La Traída, adiós a un trocito de historia coruñesa

La Traída, adiós a un trocito de historia coruñesa

Torre de Hércules (flickr.com/photomek)

Caius Apicius (Efe) - 31/05/2010

¿Ustedes se imaginan, con la que está cayendo, una tasca en cuyas paredes se exhibieran fotografías de José Luis Rodríguez Zapatero y de Mariano Rajoy? Difícil, ¿no? Pues eso era lo que pasaba, a escala local, en una entrañable taberna coruñesa que acaba de echar el cierre, en la que había fotos del ex alcalde Paco Vázquez y del presidente del R.C. Deportivo, Augusto César Lendoiro, antaño íntimos amigos y compañeros de pupitre y hoy enemigos irreconciliables a causa de la política.

Era una tasca sin nombre, aunque todo el mundo la conocía como La Traída, porque en un tiempo estuvo frente a ella el local que albergaba las oficinas del agua. Se abrió nada menos que en 1936, y salvo la decoración de las paredes, llenas de fotografías del Súper Dépor, pocas cosas habrían cambiado desde entonces. En pleno centro de la ciudad, ocupaba el bajo de un inmueble demasiado goloso, condenado a sucumbir. Eso ha ocurrido ahora, a punto de cumplir sus bodas de diamante. Una pérdida más.

La oferta era corta. Allí, en su barra, se bebía ribeiro. En la clásica taza blanca, de loza, a la que llegaba el vino después de ser trasvasado desde los barriles de madera -en los que venía de la zona de Orense, de la que era natural el fundador- a la no menos típica jarra del mismo material que las tazas. Un ribeiro que, como la propia taberna, es más un vestigio de ayer: hoy, los ribeiros vienen con su etiqueta, y han evolucionado muchísimo, para bien; pero el ribeiro a granel, en taza, con su acidez y su sabor frutal, sigue teniendo partidarios.

 

‘Queixo do pais’ y empanada de ‘xoubas’

En cuanto a las posibilidades sólidas... Pocas, también, pero espléndidas. Unos chicharrones memorables, por ejemplo. Para los no gallegos, explicaremos que allá los chicharrones vienen siendo los residuos sólidos que resultan de la preparación de la manteca de cerdo. Cuando son buenos, y éstos lo eran, son una delicia. Junto a ellos, la casa ofrecía un queso del país casi siempre magnífico, de esos que, a veces, desparraman su interior, casi líquido, al cortarlos. Los viernes, además, una excelente empanada de xoubas, que son sardinas pequeñas, también llamadas por los coruñeses parrochas. Pan del país... y paren ustedes de contar. Parece poco, pero era muchísimo.

La Traída no era de este tiempo, e inexorablemente tenía que desaparecer. En todas las ciudades hay casos así, y en todas hay una serie de parroquianos que lamentan estos cierres. Puede tratarse, como en este caso, de una vieja taberna; puede ser un café, tal vez una casa de comidas, puede que uno de esos ultramarinos que imprimen carácter y en los que todavía huele a especias y a bacalao seco...

La Traída no era de este tiempo, e inexorablemente tenía que desaparecer. Ahora los propietarios del edificio construirán una nueva casa, por supuesto, con pisos, y en el bajo abrirá cualquier cosa; en el inmediatamente contiguo lleva tiempo funcionando una hamburguesería de franquicia. Sería irónico que el casi último reducto de las tabernas tradicionales coruñesas cediese su sitio a un establecimiento de fast-food, pero cosas peores hemos visto... aunque se nos ocurran pocas que, en efecto, sean peores.

Malos tiempos para el romanticismo


La amenaza que se cernía sobre este local venía de antiguo; la verdad es que lo que no tenía razón de ser era mantener el viejo edificio de una planta en una zona en la que el metro cuadrado debe de estar por las nubes. Tampoco es que su arquitectura justificase su declaración como edificio protegido o catalogado. La taberna, quizá; pero cada vez hay menos sitio para el romanticismo cuando anda por el medio el decaído negocio inmobiliario.

Pero era uno de los establecimientos más queridos -y más auténticos- de la ciudad, que en los últimos años ha visto como iban desapareciendo verdaderas instituciones de la hostelería que podemos llamar de a pie, esas tabernas entrañables en las que todo el mundo se conocía y todo el mundo sabía lo que había.

Pasa, ya digo, allí, y pasa en todas partes: seguro que cualquier lector es capaz de mencionar más de un caso en su propia ciudad. Nadie me tilde de nostálgico: la hostelería ha cambiado, y éstos son otros tiempos, sin duda mejores. Estas viejas tascas son, seguramente, un anacronismo. Pero toda ciudad debería conservar con mimo algún anacronismo de éstos, que en el fondo son una parte de la historia colectiva, de la propia alma de la ciudad.

Ha caído La Traída, que regentaban las hijas del fundador. Sisa y Carmen se merecen, también, descansar tras muchos años -más de cincuenta- poniendo tazas. Las echaremos de menos, y los aledaños de la Calle Real ya no serán lo mismo. Ya no queda ningún sitio en el que Vázquez y Lendoiro, siquiera sea en imagen, convivan pacíficamente.

 

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