No, la impresión en 3D no va a matar a ninguna industria (por ahora)

En tecnología entendemos por hype el runrún social, precedido o no del mediático, que dispara las expectativas sobre un nuevo producto o servicio. Se caracteriza
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    En tecnología entendemos por hype el runrún social, precedido o no del mediático, que dispara las expectativas sobre un nuevo producto o servicio. Se caracteriza por generar un efecto dominó en las redes sociales en el que una ficha empuja a la otra sin saber por qué la están empujando. De modo que si un prescriptor dice "oh, tal producto va a ser rompedor" es probable que muchos de sus seguidores hagan suyo el argumento aunque no tengan ni pajolera idea de qué va a romper y por qué va a hacerlo.

    Bien, pues en estos momentos las impresoras 3D se encuentran en lo más alto del hype. A diario surgen miles de noticias que postulan al dispositivo como una nueva imprenta capaz de cambiarlo todo para siempre. Y es que, pese a que la Historia nos demuestra contumazmente que el ser humano no es bueno proyectando el futuro, siempre habrá quien pinte oscuro el porvenir a costa de una nueva tecnología o forma de hacer de las cosas. 

    De todos los malos augurios sobre las impresoras 3D encuentro especialmente lacerante ese que barrunta que acabará con la industria manufacturera. Incluso algunas empresas han comenzado la transición al modelado tridimensional, incorporándolo con calzador en su cadena de distribución de cara a su posicionamiento venidero, como si el próximo amanecer dependiera de ello. Es un fenómeno similar al del iPad: productos que todos quieren tener en la oficina pese a su escasa productividad.

    Es una tecnología inmadura

    Aunque comúnmente se piense que es un fenómeno nuevo, las primeras impresoras 3D surgieron en 1976. En 37 años se ha avanzado tanto como para ponerlas a disposición de una mayoría de los consumidores, pero tan poco como para que a éstos les siga saliendo cada figurita por un ojo de la cara. Un dispositivo de precisión del tamaño de un microondas cuesta más de 2.000 euros, y el precio de los recambios ni siquiera está estandarizado: actualmente los 1.000 centímetros cúbicos de plástico ABS, el material que emplean la mayoría de dispositivos, se pueden encontrar entre los 250 y los 1.000 euros.

    También está el tema de su exasperante lentitud, que sospecho es la razón por la que no nos hacen demostraciones en las tiendas. Tomemos el ejemplo de la Replicator 2 de Makerbot, quizá la impresora doméstica más popular del mercado pese a sus 2.200 dólares. Deléitense viendo cómo construye un skyline de 10x5x5 pulgadas y después les digo el tiempo que demoró en hacerlo.

    Y no debemos olvidar, como señala Wired, que es una ventaja neutralizada por el volumen, dado que duplicar el tamaño de una figura implica aumentar 8 veces la inversión en tiempo y materiales. Al triplicarlo, 26 veces más. Crecimientos exponenciales para una nueva dimensión de impresión.

    De modo que si la preocupación consiste en que los ciudadanos vayan a autoabastecer su consumismo con este aparato o que peligre algún puesto de trabajo, calma; de hecho está sucediendo lo contrario, que nos aproximamos al boom de un nuevo nicho de mercado. Por ahora es solo un juguete del que nadie tiene que preocuparse... ni perder de vista.

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