El misterio de la leishmaniasis

Estos científicos persiguen perros callejeros por Madrid para investigar una epidemia

¿Qué causó en los alrededores de Fuenlabrada un brote de leishmaniasis que aún no ha remitido? Para salir de dudas, los científicos tuvieron que visitar albergue por albergue

Foto: Perros callejeros.
Perros callejeros.

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De repente, en 2009, se produjo una epidemia de leishmaniasis humana a unos 15 kilómetros de Madrid que, tras haber provocado más de quinientos casos durante los últimos años, a día de hoy aún no ha remitido del todo. Esta enfermedad infecciosa es común en países del arco meditarráneo, aunque poco frecuente en España. Antes del brote, la prevalencia en esta región estaba alrededor de un caso por cada 100.000 habitantes, una tasa que se multiplicó por 16 entre 2009 y 2016. Además, aunque la leishmaniasis suele afectar principalmente a personas inmunodeprimidas, un 70% de los pacientes que la contrajeron en Fuenlabrada, Leganés, Getafe o Humanes eran inmunocompetentes, es decir, gozaban de un nivel adecuado de defensas.

Infrecuente pero peligrosa

Los investigadores aún se preguntan qué provocó y ayudó a expandir esta epidemia y, sobre todo, qué ha ocurrido para que se haya mantenido presente años después. Normalmente, en España "casi todos los casos registrados de leishmaniasis suelen ser importados, personas que contraen la enfermedad fuera y la desarrollan aquí", explica Patricia Silvera, médico y autora de un trabajo reciente –aún no publicado– sobre la enfermedad.

La enfermedad no puede transmitirse directamente de perros a humanos, pero estos sirven habitualmente como reservorios para el vector

"Hay principalmente tres tipos de leishmania: la cutánea, más frecuente en España porque es la que suele causar la especie endémica 'Leishmania infantum', luego está la mucocutánea y por último la visceral, conocida como fiebre negra o kala-azar", explica a Teknautas Adrián Rodríguez, médico de urgencias en el hospital Vall d'Hebrón. El tipo visceral es el más serio, ya que de no tratarse causa la muerte en un 95% de los casos. Esta patología "suele comenzar con una pápula, generalmente en la mejilla, y a partir de ahí, como ocurre con todos los diagnósticos dermatológicos dudosos, se hace una biopsia y se deriva al laboratorio", añade. Además, el tratamiento –que depende de factores como la especie o la situación geográfica– no siempre es efectivo.

La enfermedad no puede transmitirse directamente de perros a humanos, pero estos sirven habitualmente como reservorios para el principal vector en nuestro país de la 'Leishmania infantum', el flebotomo, un insecto volador a mitad de camino entre una mosca y un mosquito. En el suroeste de Madrid, estos chupópteros siguen almacenando actualmente una alta carga de Leishmania, según se recoge en un estudio del Centro Nacional de Microbiología que acaba de ver la luz en el número de julio de la revista 'Acta Tropica'.

¿Culpa de los perros?

En uno de los últimos intentos por dilucidar qué ocurrió para que el suroeste de Madrid se haya convertido en el foco de una epidemia así, Guadalupe Miró y sus compañeros del Grupo de Investigación Epicontrol-Carnívoros de la Universidad Complutense pusieron este año sus ojos en los sospechosos más habituales: los perros, y en especial, aquellos que habían sido abandonados y rondaban las calles antes de acabar en uno de los refugios de la región.

Para elaborar el estudio, publicado en abril por la revista 'Parasites & Vectors', los investigadores fueron a varios municipios madrileños a lo largo de siete años y tomaron muestras de sangre de 5.217 perros. La gran mayoría tenían dueño, y los dividieron entre domésticos –vacunados y asociados al nivel más alto de seguridad– y de alto riesgo, perros de campo o caza y más expuestos al temible flebotomo. El resto eran 2.123 perros abandonados entre 2009 y 2016, llevados a refugios y a la espera de adopción.

De este modo podrían saber no solo la prevalencia de la enfermedad entre los diferentes tipos de perro, sino si esta había aumentado a lo largo del tiempo, lo que resolvería definitivamente el rompecabezas.

En los perros registrados cerca de la zona de la epidemia, "no detectamos un incremento en infecciones por 'Leishmania infantum' en el periodo entre 2009 y 2016", escriben los autores. Además, los de la zona suroeste de Madrid no superaban en ningún caso a los de áreas no afectadas en número de positivos.

¿Eso es todo? ¿Para qué sirve la ciencia entonces? Pues, principalmente, para descartar hipótesis incorrectas. Ahora sabemos lo que pasó realmente.

El factor Bosquesur

"La construcción de grandes zonas verdes en los distritos afectados por el brote ha llevado a fuertes reajustes en el ciclo de transmisión del flebotomo", escriben los autores. La aparición del Parque Forestal Bosquesur, de 500 hectáreas e inaugurado en 2007, promovió la alteración de las dinámicas tradicionales entre patógeno, vector y huésped.

Bosquesur. (madrid.org)
Bosquesur. (madrid.org)

"En el marco de esta epidemia, se reportó un incremento en la densidad de lagomorfos, tanto liebres como conejos, y de poblaciones de flebotomos criándose en el mismo entorno", añaden. Estos reservorios salvajes han demostrado, además, ser capaces de llevar a los insectos de un ciclo doméstico a un ciclo silvestre y sostenerlo en el tiempo. "Este nuevo ciclo de transmisión rompe con los esquemas epidemiológicos convencionales" que se atribuían al flebotomo.

Los conejos tenían el arma del crimen, y cuando los perros o sus dueños rondaban por la zona, eran atacados sin piedad por los chupópteros.

Callejeros o no, los perros esquivaron o resistieron bien los envenenados mordiscos. Las personas… no tanto.

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