Erradicar la malaria o crear bioarmas: las dos caras de la edición genética

La técnica Crispr le ha valido el premio Princesa de Asturias a sus creadoras, pero también plantea cuestiones éticas sobre su uso, que puede aplicarse incluso a fines terroristas

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La diferencia entre erradicar la malaria y crear un arma biológica yace en un par de genes. Las nuevas técnicas de edición genética están llamadas a transformar la medicina, pero cómo se usen depende del ser humano. Mientras los investigadores luchan por comprender mejor las enfermedades, algunos expertos temen sus aplicaciones menos éticas e incluso con fines terroristas.

La técnica de edición genética Crispr es uno de los descubrimientos más importantes de los últimos años. Así lo han repetido medios como MIT Technology Review, cuyo editor jefe, Jason Pontin, asegura que lo cambiará todo. Sus creadoras, Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, recibieron este mismo año el premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica por el avance.

Crispr permite editar el genoma con una precisión quirúrgica y modificar genes. Gracias a esta cirugía es posible conseguir que un mono desarrolle alzhéimer y así estudiar mejor la enfermedad, inactivar un gen relacionado con una patología concreta antes de que nazca el bebé y hasta hackear la mismísima evolución biológica para acabar con la malaria.

Es posible usar la edición génica para construir un arma biológica, aunque es necesario poseer la tecnología y los conocimientos adecuados

Jugar con la evolución en beneficio propio es lo que acaban de conseguir investigadores de la Universidad de California, según explican en un estudio publicado esta semana en la revista PNAS. Gracias a Crispr han obtenido mosquitos resistentes a la malaria y, lo que es mucho más importante, capaces de introducir esta característica en el resto de la población.

Algunos genes se transmiten más que otros en una población, esa es la base de la evolución. La naturaleza, a través de la selección natural, decide cuáles tienen más éxito y cuáles menos. La edición genética permite forzar qué genes se extienden para nuestro beneficio propio.

Modificar el gen de un mosquito Anopheles para que este no transmita el parásito responsable de la malaria es una cosa. Conseguir que todos los mosquitos sean incapaces de contagiar la enfermedad, es otra muy diferente. La edición genética logró que el 99,5% de la descendencia de estos insectos resistentes también lo fuera.

El objetivo final es que estos animales, en la naturaleza, extiendan su superpoder por toda la población. Al final todos serían inmunes y dejarían de transmitir la malaria al ser humano. Fin del problema.

¿Mosquitos asesinos?

Días antes de que el estudio fuera publicado, en la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina tenía lugar un debate sobre las implicaciones que Crispr y la edición genética pueden tener en materia de bioseguridad. Conferencia a la que, según Quartz, acudió un agente del FBI para comprender los riesgos de estas nuevas tecnologías. La agencia estadounidense no es la única: la ONU y otros organismos también han mostrado interés, tal y como publica Stat.

Para comprender la inquietud que ha despertado la edición genética en estas agencias es necesario volver a los mosquitos inmunes a la malaria que contagian su superpoder al resto de la población. ¿Qué sucedería si conseguimos un insecto que segregue una toxina mortal… y transmita esta característica a toda su prole? Es la inquietante pregunta que se plantea el investigador de la Universidad de Pittsburgh y experto en enfermedades infecciones, Amesh Adalja, ponente en la conferencia de bioseguridad.

Esta semana un grupo de investigadores ha obtenido mosquitos resistentes a la malaria capaces de extender la característica a su descendencia

“Es posible usar la edición génica para construir un arma biológica, aunque es necesario poseer la tecnología y los conocimientos adecuados para lograrlo”, explica Adalja a Teknautas. El investigador asegura que, de esta forma, podrían conseguir mosquitos que transmitieran “nuevos patógenos” o que fueran “más eficientes” como vectores de enfermedades.

Pero calma, porque el ISIS no está desarrollando mosquitos asesinos. Todavía quedan años para esos bebés a la carta y enfermedades curadas que promete Crispr, y la hipotética creación de armas biológicas sigue el mismo camino. Va para largo.

“Un grupo terrorista tendría que saltar grandes obstáculos para conseguir algo así”, aclara Adalja. “Las barreras de esta investigación, aunque cada vez menores, todavía son considerables. Además necesitarían tener acceso a material biológico, expertos y equipo de laboratorio”.

En opinión de Adalja, lo importante es “prepararse” ante la posibilidad de que se desarrollen armas biológicas basadas en la edición genética. Para ello es necesario "evaluar la capacidad tecnológica de universidades bajo control terrorista" y planear las medidas necesarias para contrarrestar una hipotética bioarma.

Nada de esto impide que sea factible en el futuro. Las propias creadoras de Crispr, Charpentier y Doudna, señalaron la necesidad de que los expertos marcaran los límites éticos de unas técnicas sin precedentes que abren nuevos dilemas, y no sólo relacionados con el bioterrorismo. Porque si es posible evitar que nuestro hijo tenga diabetes gracias a este método, ¿debería usarse también para que sea bueno en matemáticas?

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