sus bases se encuentran en otros animales

Para qué sirve el amor en la naturaleza (o por qué no todo es sexo)

Este sentimiento ha evolucionado para que las parejas duren juntas el tiempo suficiente para que los hijos sobrevivan. Ahora, un estudio con pinzones demuestra su utilidad biológica

Foto: Los 'Agapornis' mantienen la misma pareja de por vida
Los 'Agapornis' mantienen la misma pareja de por vida

El sexo es el mejor invento de la naturaleza. No en vano lleva entre nosotros unos 1.200 millones de años, y ha moldeado todo tipo de especies a lo largo de la evolución. Su eficacia como forma de reproducción salta a la vista, como pueden atestiguar las pobres esponjas. Pero, ¿por qué existe el amor entre parejas? ¿Para qué existe? ¿Es exclusivo del ser humano? Y sobre todo, ¿qué es?

En su libro Sexo en la Tierra, el zoólogo británico Jules Howard define el amor como esa cascada de reacciones químicas que tiene lugar en el cerebro para que las parejas continúen juntas más allá de la cópula. El objetivo es evidente: que ambos contribuyan por igual a sacar adelante a la descendencia, mejorando así las posibilidades de supervivencia de sus hijos. A fin de cuentas ese es el fin último de la vida: perpetuarse.

“Para mí el amor es una atracción hacia un individuo específico que no es necesariamente compartida por el resto. Es decir, se trata de una preferencia individual”, explica a Teknautas la investigadora del Instituto Ornitológico Max Panck Malika Ihle. La pregunta a responder es por qué esta atracción es más efectiva biológicamente que el sexo a mansalva.

Pinzones cebra, utilizados en la investigación de Ihle
Pinzones cebra, utilizados en la investigación de Ihle

Ihle estudia las bases genéticas, ecológicas y evolutivas del comportamiento sexual de unos animales que muestran como mínimo las bases de eso que llamamos amor: las aves. “No hay duda de que otros animales muestran las características distintivas del amor como ciertos neuroquímicos”, aseguraba Howard a este medio sobre las estrictas relaciones monogámicas de ciertos cuervos.

Las parejas de pinzones fruto del 'amor' consiguieron que su descendencia sobreviviera un 37% más, copularon más y mostraron menos infidelidad

Para demostrar la utilidad de estos comportamientos, Ihle ha publicado esta semana en la revista PLOS Biology un estudio llevado a cabo con pinzones cebra, otra especie considerada 'amorosa'. Estas aves se emparejan de forma monógama para toda la vida y comparten la tarea de cuidar a los hijos. Además, las hembras escogen de forma muy personal, sin que haya demasiado consenso sobre cuál es el macho más guapo: “Prima la compatibilidad de comportamientos antes que la genética”, asegura la ornitóloga.

La investigadora actuó de celestina con 160 pinzones, a los que dejó emparejarse como quisieran. Tras eso, permitió la mitad de parejas y rompió la otra mitad, a las que emparejó al azar. “Los matrimonios fruto del amor invertían más en la reproducción, con un mayor compromiso, fidelidad y motivación para cuidar de la familia”.

Esta mayor atención se tradujo en que hubo un 37% más de pollos sobrevivientes en las familias felices. Los matrimonios de conveniencia tenían tres veces más huevos sin fertilizar y muchas más crías murieron en las primeras 48 horas, las más críticas. También copulaban con menos frecuencia y eran más propensos a la infidelidad.

El amor como estímulo

Según Ihle, podría especularse que los seres humanos también escogen a sus parejas basándose en la compatibilidad de comportamientos que puedan encajar de forma específica en cada caso. “Este estudio podría servir para concienciarnos de la importancia de que nuestra pareja nos estimule, de cara a enfrentarnos al reto de formar una familia”.

Estas inclinaciones podrían deberse a mutaciones aleatorias y ser poco predecibles… ¿No es eso lo que decimos sobre el amor?

“En mi opinión, el amor es simplemente un estímulo de un miembro que encaja las preferencias sensoriales del otro individuo, y activa una respuesta fisiológica que le hace invertir más en la reproducción”, asegura Ihle. Pero todo es mucho más romántico de lo que pueda parecer: “Estas inclinaciones podrían deberse a mutaciones aleatorias y ser poco predecibles… ¿No es eso lo que decimos sobre el amor?”.

Howard descarta rotundamente que esta visión funcional del amor sea fría o le reste interés al asunto: “Es una suerte que tengamos un sistema neuro-hormonal que premie el acercamiento con nuestras parejas e hijos, porque no podríamos haber creado nuestras sociedades modernas sin este sentimiento”. Que sea pura química y eficacia evolutiva no lo devalúa, sino que lo convierte en algo más real.

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