“Un mes preparando esta reunión y casi llego tarde porque manché la corbata”. Podría ser un mensaje de lo más inocuo de entre las decenas de miles que se publican en Twitter cada segundo. O podría no ser tan inofensivo.

Mucha gente tiene activada la opción de geolocalizar sus tuits sin darle mayor importancia, y quizá ese tuit se mandaba desde un punto concreto de una calle muy popular, donde todos saben que se ubica una importante empresa. Y resulta que quien envió ese inocente tuit es un abogado que trabaja en un bufete especializado en expedientes de regulación de empleo. Blanco y en botella para un observador perspicaz. La confidencialidad obligada entre cliente y abogado, al garete por un despiste.

Las redes sociales han revolucionado nuestro trabajo y han propiciado un cambio radicalmente positivo, pero hay que aprender a manejarlas y ser cuidadosos Las redes sociales han revolucionado el ejercicio de la abogacía en apenas unos años ayudando en numerosos aspectos a sus profesionales. Pero el ejemplo hipotético del anterior párrafo, más probable de lo que parece, muestra que se trata de una herramienta tan útil como peligrosa si se manipula sin cuidado.

Por eso, en los últimos tiempos han proliferado informes, manuales, cursos y guías de buenas prácticas para que los abogados de todo el mundo sepan domar este pura sangre de la información sin recibir una coz. 

Una mayoría abrumadora de los abogados se ha volcado en las redes sociales, aunque en muchas ocasiones “obligados por la moda”, según explica Paloma Llaneza, letrada de la Secretaría Técnica del Colegio de Abogados de Madrid.

“Las redes sociales, como todo lo relacionado con internet, han revolucionado nuestro trabajo y han propiciado un cambio radicalmente positivo. Pero hay que aprender a manejarlas y ser cuidadosos porque seguimos en las redes siendo abogados”, advierte Llaneza, autora de una de estas guías de buenas prácticas.

Todos las aceptan, pocos las conocen bien

El Colegio de Abogados Internacional (IBA) lanzó el año pasado un estudio, con participación española, para analizar a fondo este fenómeno global: el 90% de los juristas que respondieron a la encuesta, realizada en colegios profesionales de todo el mundo, coinciden en que la llegada de las redes sociales supone todo un universo de nuevos desafíos para la profesión.

Y aunque tres de cada cuatro abogados consideran que son más sus ventajas que sus inconvenientes, la controversia surge en cuanto se hacen preguntas concretas. Por ejemplo, ¿es oportuno que un abogado tenga a un juez como amigo en una red social? El 68% opina que no tiene nada de malo. ¿Los jueces deberían romper (virtualmente) con sus amigos abogados al acceder al puesto? Un 40% lo vería apropiado, un 60% innecesario.

El secreto profesional es tan sagrado como lo que se dice en un confesionario. No se puede compartir en la red lo que se piensa como si fuese la barra de un barNo obstante, el 88% tiene claro que los abogados no deben hacer comentarios en la red sobre los jueces que atienden sus casos o sobre sus clientes. Pero a un sorprendente 12% de encuestados no le parece una línea roja que no se deba cruzar.

“El secreto profesional”, advierte Llaneza, “es tan sagrado como lo que se dice en un confesionario”. Y añade: “Un comentario googleable puede perjudicar a tu cliente; no se puede compartir en la red lo que se piensa como si fuera la barra de un bar”.

Esta abogada, que admite que fue “refractaria” ante estas nuevas herramientas, asegura que estos problemas “se ven todos los días”. “Comentarios ingenuos pero inapropiados, incluso ataques de ira, tuits geolocalizados que pueden confirmar rumores... hay de todo”, enumera Llaneza, que reconoce que ella misma, “maniática y cuidadosa al máximo”, metió la pata en una reunión: “Puse un tuit descalificando a una persona en medio de una reunión con otras diez personas. También estaba mirando Twitter en su móvil y lo leyó”, recuerda.

"Muchos no saben muy bien qué hacen ahí"

En muchos de estos casos, el mayor problema al que se enfrentan los abogados es al desconocimiento del alcance real del riesgo. En la encuesta de IBA, el 90% creía necesario que los colegios profesionales educaran a sus miembros en el uso de las nuevas herramientas online. Y el 95% estaba seguro de que cursos y manuales ayudarían a evitar los casos de “cagadas” como las que describe Llaneza.

En cualquier caso, parece claro que los beneficios son tantos que interesa dar el salto. Casi todos los colegios, despachos de abogados y numerosos profesionales han abierto sus perfiles en Facebook, Twitter o Linkedin. “Algunos colegas lo hacen empujados por el ego”, asegura Llaneza, “aunque hay una corriente social que ha arrastrado a muchos que no saben muy bien qué hacen ahí”.

Según explica, puede servir para ganar visibilidad y consolidar marca personal, e incluso conseguir clientes: “Yo los he conseguido gracias a las redes, pero conozco colegas muy activos a los que nunca les ha pasado”, resume.

Mucho potencial, algunos recelos

El abogado especialista en startups y tecnologías de la información Martí Manent cree que hay un abismo generacional dentro del gremio. “Para que te hagas a la idea, entre muchos abogados de una determinada edad se está poniendo ahora de moda el Outlook”, un programa de correo electrónico con dos décadas de vida. “Pero la gente de mi generación está volcadísima. Todo el mundo ha dado el salto, aunque haya otra generación que no lo termine de entender”, lamenta Manent, fundador de elAbogado.com, una red profesional con más de 3.700 letrados apuntados.

“Del mismo modo que compras billetes de avión o eliges muebles, también hay gente que busca abogados por internet”, asegura Manent. Gracias a esta plataforma, es testigo de lo activos que llegan a ser en redes determinados abogados: “Se pasan casos y clientes entre ellos, comparten información legal, sentencias. Las redes sociales han sido fundamentales para la divulgación de la información”, asegura.

Antes los grandes despachos contaban con la ventaja de importantes bibliotecas y equipos de documentación. Ahora el acceso a la información equilibra la situaciónCoincide en su diagnóstico con Paloma Llaneza, quien defiende que la red y sus herramientas “han igualado los despachos: antes los grandes despachos contaban con la ventaja de importantes bibliotecas y equipos de documentación. Ahora el acceso a la información equilibra la situación”. Manent destaca que las redes también se usan para buscar ayuda externa para determinados casos: haciendo llamamientos a la colaboración en una demanda colectiva, pidiendo pruebas a la población o buscando posibles testigos para determinados casos.

Pero ambos expertos advierten de que el uso de las redes, y sobre todo la relación con los clientes por medio de ellas, puede suponer un problema legal añadido por culpa del complejo asunto de la protección de datos.

Manent habla de despachos que directamente vetan el uso de estas vías de comunicación, incluso de herramientas para compartir archivos en la nube como Dropbox. Y Llaneza aconseja no usar el correo de Facebook o Twitter para comunicaciones profesionales: “Puedes creer que mandar un DM privado en Twitter es seguro porque no lo ve nadie. Pero lo ve Twitter, y eso ya basta”, advierte.

Una herramienta en auge

Las redes sociales y lo que allí sucede pueden convertirse en objeto y motivo de pleitos. “Bien lo saben los abogados que llevan divorcios, está a la orden del día”, asegura Manent. Ya en 2010, el 81% de los letrados buscaba información en Facebook y otras redes para sus casos, según una encuesta de la Asociación de Abogados Matrimonialistas de EEUU.

Pero en España la legislación es muy distinta y la receptividad de jueces y fiscales es relativa ante estas nuevas evidencias, como un comentario de Facebook o una foto en Instagram. “En general, hace falta más formación. Algunos jueces son muy buenos analizando estos elementos porque les encanta la tecnología y otros directamente ni lo entienden”, resume Manent.

La mayoría de las grandes compañías están avisadas de la importancia de estar pendientes de estas evidencias y son proactivas a la hora de identificar y denunciar ataques que crean recibir en la red, según explica Llaneza: “Los clientes importantes ya tienen oídos en todas partes y son ellos los que vienen a contárnoslo. Los casos de atentado al honor se han multiplicado”, afirma.

Las redes aún no sirven como evidencias ante un tribunal

Sin embargo, servirse de estas evidencias ante un tribunal es un trabajo muy complejo que pocas veces reporta los frutos deseados. En muchos casos, conviene conseguir un acta notarial de ese comentario en Facebook o esa publicación en tal fecha, ya que es un lenguaje que el juez podrá entender y un simple pantallazo no bastaría.

Los insultos recibidos en la calle siguen valiendo más que los realizados en internet. A la mayoría de los jueces les da pereza entrar en elloY tecnológicamente suele ser muy complicado saber quién hizo qué o quién publicó tal cosa. “Te lo tienes que currar mucho si quieres identificar al autor de un delito de calumnias en internet. E incluso si lo haces, lo normal es que te lo echen para atrás”, lamenta Llaneza. Y apunta: “Los insultos recibidos en la calle siguen valiendo más que los realizados en internet. A la mayoría de los jueces les da pereza. Pero es una tendencia que va cambiando, creo que en parte debido a que a ellos también les insultan”.

Protección de datos, jueces anticuados, colegas indiscretos, meteduras de pata por doquier... Las trabas y problemas que pueden suponer las redes sociales son innumerables y conviene armarse de paciencia para leer las instrucciones de cada herramienta o dispositivo conectado.

Leer alguna guía de uso específica también es muy recomendable. Y andarse con mucho cuidado sin olvidar que las normas que obligan a los abogados también deben guiar su día a día entre muros de Facebook y cascadas de Twitter. Será la mejor manera de aprovechar todo el potencial —profesional, comercial y humano— que proporcionan las redes sociales. Porque como resume Paloma Llaneza: “Nos han facilitado la vida y nos han abierto el mundo”.