¿Y si 'recentralizamos' la ciencia?

La revista Nature ha publicado un interesante especial donde analiza cuáles son las mejores ciudades del mundo para hacer ciencia. El criterio de selección es muy
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¿Y si 'recentralizamos' la ciencia?
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    La revista Nature ha publicado un interesante especial donde analiza cuáles son las mejores ciudades del mundo para hacer ciencia. El criterio de selección es muy simple: los investigadores han estudiado en qué ciudades se realizan los estudios científicos que se publican en tres de las revistas más prestigiosas del mundo de la ciencia (PNAS, Science y la propia Nature). La mejor ciudad del mundo para hacer ciencia es, no sorprendentemente, Boston, y le sigue otro buen puñado de ciudades estadounidenses. En el top ten solo se cuela una ciudad europea, París.

    Boston es uno de esos llamados “polos de excelencia”, un lugar donde se dan ciertas circunstancias que, de forma conjunta, configuran una tormenta perfecta para la generación de talento y de proyctos innovadores: buenas universidades (como la de Harvard), un centro de innovación de primera línea (el MIT), compañías punteras donde se desarrollan muchas de esas investigaciones e innovaciones y un buen grupo de mecenas dispuestos a financiarlas.

    Los centros de excelencia se están concentrando: las 75 mejores ciudades han creado aproximadamente el 57% de la investigación. Y es que es extremadamente complicado crear toda esa infraestructura, financiarla y mantenerla durante un número de años suficiente como para que se creen empresas de valor y puestos de trabajo. Boston es el centro de la ciencia desde 1989. Ninguna otra ciudad, ni siquiera San Francisco (con toda la potencia de la Universidad de Stanford y de Silicon Valley), o Pekín, que es el polo científico que más ha crecido en estos 20 años, han conseguido alcanzarla.

    Madrid y Barcelona retroceden

    Entre las cien mejores ciudades del listado solo hay dos españolas, Madrid y Barcelona, que están retrocediendo en el ránking, y muy posiblemente terminen cayéndose de él. Y no solo porque los extremados recortes en ciencia de los dos últimos años pasarán factura. Es que en España la táctica no ha sido concentrar, si no dispersar. Una investigación de Elsevier realizada entre 1996 y 2010, demuestra que Valencia, Barcelona, Bilbao, Sevilla y Zaragoza le han comido terreno a Madrid como principal centro de investigación, lo que ha incrementado la dispersión de la producción científica.

    La evolución del estado de las autonomías, la bonanza económica y el boom inmobiliario se aliaron para multiplicar en España el número de universidades y los parques tecnológicos, en la loable idea de multiplicar el número de nodos para la I+D. La crudeza de la crisis nos muestra, sin embargo, el absurdo de multiplicar facultades en cada territorio de España sin especialización alguna, y que muchos parques tecnológicos están abandonados y otros ni siquiera han sido construidos

    Es duro de asumir en un país donde se discute caminar hacia el federalismo, pero a la hora de crear polos de excelencia, la dispersión y la falta de especialización no funcionan. Para que España se convierta “en la California de Europa”, como se ha repetido hasta el agotamiento, hace falta valentía, porque hay que apostar, reorganizar y, muy posiblemente, cerrar.