No existe en España un evento comparable al Loveparade, en el que la semana pasada fallecieron 21 jóvenes aplastados por una avalancha humana, pero eso no significa que no haya grandes festivales. De todo tipo de música, de todos los colores, con todo tipo de público y en todo tipo de recintos. Y algunos de ellos, aunque no sean tan multitudinarios como el alemán,
concentran a mucha gente y eso siempre es peligroso. Pero parece ser que
los festivales españoles superan con nota el examen de la seguridad. Desde hace años están muy de moda en toda Europa, la música en la playa o en las montañas peninsulares atrae a festivaleros de todas las nacionalidades. Por cierto, la palabra festivalero acaba de entrar por la puerta grande en la lengua española, ya está admitida por la RAE.El caso es que todos esos festivaleros, nacionales y extranjeros, que se divierten durmiendo en tiendas de campaña y acudiendo a conciertos multitudinarios, pueden estar tranquilos.
José Hurtado, director de comunicación del Creamfields Andalucía, explica que en su festival cuidan “al máximo” el tema de la seguridad “porque tiene que ser algo divertido, no una tragedia”. El Creamfields es un festival de música electrónica que se celebra en agosto en Almería,
bajo un sol y unas temperaturas infernales que los asistentes soportan estoicamente. Los conciertos tienen lugar en la playa, un “espacio muy abierto donde no son posibles las aglomeraciones”, explica Hurtado.
Aún así, en los festivales siempre acechan otros peligros como los que pueden provocar el abuso del alcohol, de las drogas, el calor o simplemente los agobios de las grandes multitudes. El año pasado fueron 20.000 los asistentes a este festival que, en sus siete años de vida, no ha tenido que lamentar
ningún incidente más allá de algunos cortes o rasguños menores. Quizá deban esta suerte a que el festival, en cada edición, tiene preparado un dispositivo de seguridad previsto para 8.000 asistentes más de los que se esperan, por si las moscas.
El problema del Loveparade fue que, por el mismo túnel, pretendían entrar miles de jóvenes mientras que otros tantos intentaban salir siguiendo las instrucciones de la organización. No es probable que eso ocurra en el festival más internacional de todos los españoles, el FIB Heineken, que se celebra en Benicassim.
Ernesto González, su director de comunicación, insiste en que es difícil la comparación entre ambos eventos, pero asegura que en Benicassim no se queda nadie ‘encerrado’ porque hay “muchísimas” entradas y salidas del recinto. De hecho, las de emergencia ni siquiera están cerradas, si no que permanecen abiertas y vigiladas por un guardia de seguridad para que, en caso de que ocurra algo, no haya que perder tiempo ni en buscar las llaves. Los 700 efectivos de las fuerzas estatales de seguridad (entre bomberos, protección civil, SAMUR, etc.) se suman a otros 200 efectivos de la organización para poder desalojar el recinto en menos de diez minutos. Así ocurrió en 1997, cuando la gota fría aguó la fiesta o el año pasado, cuando el viento “destrozó”, según González , la jornada del viernes. En ese momento
la organización del festival reunió en tiempo récord a todos los fibers en el amplio espacio del Escenario Verde y no hubo que lamentar ningún daño más allá de los materiales, que fueron cuantiosos.
El agua, el peor enemigoEn ese mismo lugar en mayo del 2007 se celebró la primera edición del Viñarock que salía de su localidad natal, Villarobledo. Aquel año el puente de mayo estuvo marcado por las lluvias y
la zona de acampada de este festival de rock nacional, literalmente, se inundó, mientras el grupo Canteca de Macao, en el escenario, sufría al ver cómo se iba la electricidad de todo el recinto. No cundió el pánico y a pesar de la lluvia intensa los problemas eléctricos se arreglaron y los festivaleros, empapados, pudieron disfrutar poco después del concierto de Manu Chao. Al día siguiente del diluvio, que duró prácticamente toda la noche, miembros de la organización recorrían el cámping preguntando a los asistentes si echaban en falta a alguno de sus compañeros o si habían sufrido algún daño, pues por lo visto alguno de los festivaleros se había despertado de su borrachera en medio de un charco. Tampoco hubo que lamentar daños graves aquel fin de semana gracias a una buena coordinación organización-protección civil.
Igual que en ese puente de mayo de 2007, en los 14 años que se lleva celebrando el Aquasella en Asturias no se ha producido ningún incidente grave.
Alex Cabo, miembro de la organización de este festival, insiste en que la comparación con el Loveparade es algo inútil porque en este tipo de eventos “
la cantidad de gente es un factor determinante para la seguridad”. Salvando, de nuevo, las distancias, no cree que en el Aquasella se pueda producir ninguna avalancha humana porque, entre otras razones, “el recinto supera con creces la magnitud de gente que se congrega”. Al Aquasella acuden cerca de 30.000 personas, aunque en ningún momento coinciden todas a la vez dentro del recinto y la entrada de público es “muy escalonada”. Esto se debe en parte a que la mayoría de ellos combinan su asistencia a los conciertos con la bajada en canoa del río Sella.
Como en el resto de festivales, en éste es clave para la seguridad de los asistentes
la coordinación entre la organización y las diferentes fuerzas que pivotan alrededor de las masas: la actuación de Guardia Civil, Policía Local y Nacional, Bomberos y sanitarios es fundamental para que los festivaleros puedan disfrutar de sus fiestas sin preocuparse de sufrir daño alguno.
Aparte de ellos, por supuesto, cuenta la actitud de
los festivaleros, que además de gozar ya con un nombre propio, suelen ser bastante disciplinados cuando surge algún imprevisto y hay que seguir las indicaciones de la organización de cualquier festival. “No tiene sentido intentar ir en contra de las sendas marcadas, al final vas a tardar más tiempo en cruzar el recinto y seguramente te lleves más de un empujón”, explica
Gabriel Mora, un asiduo festivalero que acostumbra a acudir a dos o tres, “o más si me deja la economía”, de estos eventos al año. Y nunca ha sufrido ningún percance.
Tras la tragedia de este año el mítico Loveparade no se volverá a celebrar; esperemos que los festivales españoles, lejos de desaparecer, sigan creciendo cada año.