Lola no pudo más con su existencia. Parecía que en los últimos años, su duende de la suerte le había abandonado. Todo le salía mal: cerró su negocio; su madre, enferma con una dolencia crónica, había empeorado; y para colmo de males una orden de desahucio por impago de la hipoteca reposaba sobre la mesa camilla como una losa de cemento. Así que esta mañana, antes de desayunar y sin pensárselo dos veces, Lola se arrojó desde el balcón de su pisito, en la barriada de Los Corazones de Málaga, para chocar contra el cemento duro y frío de la acera. La Policía se personó casi al instante. Paradójicamente, su vivienda casi lindaba con la comisaría provincial de Málaga.
Dolores García había cumplido 52 años y era muy querida en su entorno. Llevaba treinta años residiendo en esta barriada. Algunos la llamaban la “cigarrera”. Tenía un pequeño local en el que vendía cajetillas de tabaco. Lo adquirió para su trabajo por 20 millones de pesetas “de los de entonces” y, desgraciamente, avaló la compra con el piso de la calle río Guadiana desde el que hoy se arrojo desde el balcón quitándose la vida.
Lola no tenía más familia que la de su madre, una anciana de 96 años que apenas se movía ya de la cama. Ella era sus piernas y sus ojos. Y la desesperación de verse las dos en la calle la llevó al fatídico desenlace.
Las piernas y los ojos de su madre
Los vecinos no daban crédito esta mañana cuando vieron el cadáver de Lola en la acera de la calle. El equipo forense hizo el levantamiento alrededor de las 11 de la mañana. Allí se personó el movimiento contra desahucios. Algunos vecinos relataban a este medio que su negocio lo tuvo que cerrar hace tres años “porque quebró”. Entre las malas cifras de las facturas y la enfermedad de su madre, a primeros del 2005 traspasó el establecimiento para cuidar de su progenitora. Pero todo se agudizó cuando los problemas con el arrendatario se incrementaron y el estanco terminó por cerrar. La deuda contraída desembocó en la ejecución hipotecaria del aval y en la orden de desahucio de la vivienda. Según una de las vecinas, desde el lunes que Lola recibió la notificación “la mujer no levantaba cabeza; sobre todo le preocupaba su madre, y se preguntaba: ¿Qué vamos a hacer ahora? “.
Al igual que en el cuento de la “Cerillera”, que en todas las zonas de Andalucía se cuenta en Navidad, Lola, la estanquera del Viso no quiso pasar más frío y acabó con sus problemas en el calor del asfalto. En la caja ya no había más fósforos que pudieran aplacar su tristeza. Ahora solo es un número más, de los que dejan su existencia desesperados por los embargos.























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