Pasión por la cerveza. Sin trampa ni cartón, ni siquiera una maniobra de marketing más enrevesada de lo habitual. La cerveza
La Cibeles irrumpió este verano con fuerza en los circuitos ‘gourmet’ madrileños y está a un solo paso de ocupar su sitio en las principales cervecerías de la ciudad. A base, exclusivamente, de
amor por una cerveza elaborada artesanalmente.
Detrás de la compañía se encuentra David Castro, informático de formación. Hasta el año pasado su trayectoria profesional solo entendía de cables y de equipos en red. Sin embargo, al llegar a casa, este joven ‘gato’ ponía sus cinco sentidos en su 'hobby' preferido:
hacer cerveza casera. Con la ayuda de unas ollas, un puñado de fórmulas manuscritas y varias dosis de paciencia, David ha pasado más de una década proveyendo
birra a sus familiares y amigos más cercanos. Le decían que tenía un sabor muy

intenso, distinto, que era inconcebible que aquello saliese de una cocina normal y corriente. Y así, con el acicate que suponen las buenas críticas, cerró su sesión como administrador de sistemas y se enfundó el gorro de Maestro Cervecero.
Alquiló una pequeña nave en Alcorcón, materializó su idea en el Registro Mercantil y se centró en hacer tangible el sueño que llevaba incrustado en la cabeza. No fue difícil para un hombre que en cada viaje
visita “una fábrica de cerveza como quien va a un museo”, una suerte de válvula de escape para expresar su admiración por los fermentados artesanos, de amplia tradición regional en Alemania y Bélgica. Tan interiorizado tenía el concepto que
la maquinaria industrial al uso no terminó de convencerle: “No quería una fermentadora enorme y programable, mi idea era algo más manejable. Así que
dibujé unos planos y una empresa de ingeniería en Albacete me construyó todas las máquinas en un mes y medio”, explica a El Confidencial. Otras, como la embotelladora, las compró de segunda mano a otras fábricas para, con un toque aquí y otro allá, adaptarlas a la cadena de producción de La Cibeles. Su ingenio le permite
producir 1.800 botellas a la hora con el mínimo personal posible, esto es, él mismo.

Castro comenzó su aventura empresarial en julio de 2010 al igual que acuden los héroes a la batalla:
completamente solo. Ejerciendo de hombre-orquesta mezclaba los cereales, corregía las fórmulas, controlaba la fermentación, alimentaba la embotelladora y colocaba su producto en cajas. Escuchándole hablar de diferentes tipos de lúpulo, carbonatación y grados de amargor resulta difícil no atribuirle la autoridad de un Maestro Cervecero. Su brebaje es tan casero como las autoridades sanitarias le permiten. A diferencia de las cervezas industriales, La Cibeles
suple el proceso de pasteurización con la presencia de levadura, devoradora de bacterias por excelencia, y tampoco añade dióxido de carbono para generar las burbujas. En su lugar, David prefiere que
se cree naturalmente dentro de la botella una vez cerrada, lo que dilata a tres semanas el tiempo que la botella debe reposar antes de ser consumida.
El resultado es una bebida con más cuerpo que las habituales, ligeramente turbia, pensada
para aquellos que quieren ir un poco más allá del clásico 'salir a tomar una caña'. "La cerveza es más que algo que se toma para aliviar el calor. Hay cervezas para cada momento del día, que deben tomarse desgustándolas, como una copa", explica el responsable.
Aunque un modelo de negocio de base romántica requiere de grandes concesiones, no obstante, funciona por la parte empresarial. Precisamente las cuentas empiezan a salirle estos días:
navegan en la cresta de la ola de la demanda y están cerca de alcanzar el ansiado ‘break even’, a partir del cual cada unidad que vendan supondrá beneficios para la compañía. A pesar del halagüeño panorama económico, Castro prefiere pasar de puntillas y solo se le ilumina la cara cuando recibe la llamada de un proveedor durante la entrevista: “Era un cliente que me llama para felicitarme. Dice que le tengo que enviar más cajas, que a los clientes le encanta”, comenta orgulloso.
Madrid, Madrid, Madrid...Cervezas La Cibeles produce ocho tipos de cerveza que van de la Rubia a la Morena pasando por la Castaña, todas más chulas que un ocho. Y es que David, que es más 'gato' que Mesonero Romanos comiéndose un cocido, ha moldeado a su imagen y semejanza la personalidad jurídica: el logotipo

corresponde a la diosa Cibeles, protectora de las cosechas; la tarjeta de visita es un baldosín, donde se baila el chotis, planea una serie de etiquetas con el oso y el madroño… y
la implicación no se queda en la mercadotecnia: “Trato de que los productos, desde las botellas hasta las chapas hasta los cereales y las materias primas, sean de Madrid”, argumenta. De la castiza mollera de Castro también nacen las recetas, propias todas, que ha ido puliendo junto a su mentor, el maestro Boris de Mesones, único español presente en el jurado de la Copa del Mundo de cerveza.
Aún les quedan importante retos por delante: saben que el éxito pasa por
ampliar su presencia en los puntos de venta y generalizar el boca a boca, a falta de presupuesto para campañas publicitarias. Les favorece la coyuntura, dado que las cervezas artesanas se han disparado en los últimos años y ya son casi 70 las marcas nacionales. "¡Pero ninguna 100% de Madrid, que algunas presumen de serlo y se importan de Bélgica!", se apresuran a apuntar en La Cibeles.
Hoy son tres los trabajadores, todos con roles intercambiables, pero David sigue al pie del cañón; quiere estar cerca de lo que allí se cuece, movido por el entusiasmo, pero fue la convicción la que le animó a emprender en aguas revueltas: “Se puede hacer una cerveza
tan buena como la mejor con pocos recursos y yo lo estoy demostrando. En España no creemos en nosotros mismos, somos capaces de hacer las cosas mucho mejor de lo que pensamos”.