SABIDURÍA, MAGNANIMIDAD, JUSTICIA Y DECORO DEBEN SER LAS VISTUDES DEL POLÍTICO

Vicios públicos, virtudes privadas

Leire Pajín contra el mundo. La joven ministra de Sanidad, arrogante como una heroína de cómic, decidió la pasada semana desafiar a la opinión pública y

Foto: Vicios públicos, virtudes privadas
Vicios públicos, virtudes privadas

Leire Pajín contra el mundo. La joven ministra de Sanidad, arrogante como una heroína de cómic, decidió la pasada semana desafiar a la opinión pública y gritar: quiero ser una chica normal. Lo dijo en un programa de televisión y mucha gente se quedó atónita.

Al fondo, el ruido de la polémica: sus vacaciones en la isla de Lazareto (Menorca). Un espacio público ¿reservado en exclusiva a los funcionarios del ministerio de Sanidad?, un lugar de veraneo ¿al que sólo se puede acudir por sorteo?  Demasiados interrogantes, o demasiadas irregularidades,  para que Leire Pajín saldase el asunto con una perorata feminista (el aburrido “me atacan por ser mujer”) y un gesto de impostada responsabilidad (“los funcionarios del ministerio me pidieron que acudiera a Lazareto para darlo a conocer”).

A estas alturas ya nadie sabe, y ella menos que nadie, si aquella visita fue pública o privada; pero lo que sí parece evidente es que, por mucho que Pajín se empeñe en restar importancia a la excursión (y proclamar a los cuatro vientos que por fin abrió la isla al resto de los ciudadanos), ningún viaje institucional concluye con un baño de sol en biquini bajo la atenta mirada de mamá ¿Se imaginan ustedes a Cristina Garmendia o a Elena Salgado de semejante guisa?   

Ministra de día y de noche

Modesto Lomba lo tiene claro. Modisto y presidente de la Asociación Española de Creadores de España, Lomba opina que un ministro lo es de día y de noche, en el ejercicio del poder y cuando descansa, y que cualquier ciudadano que represente al Estado necesita unas gotas de savoir faire para cumplir con decoro su función. “Éste no es un asunto baladí, a pesar de que en España se ha menospreciado. La imagen de Francia o Italia está íntimamente ligada a la elegancia, y la moda, como las artes o el vino, tiene un papel protagonista en su proyección exterior”. Reacio a dar nombres, el modisto vasco reconoce, sin embargo, que Cristina Garmendia y Ángeles González-Sinde son, hoy por hoy, las mejores embajadoras de la moda de España en el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Claro que el affaire Pajín tiene una segunda lectura, más allá de la visera y la minifalda. El sociólogo Fermín Bouza, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, opina que este asunto reabre el viejo debate sobre los límites de lo público y lo privado ¿dónde termina uno, dónde comienza el otro?

“El mundo católico, por contraposición al anglosajón, siempre lo tuvo claro: la vida privada se confundía con la vida pública y la ejemplaridad fluía de una a otra sin diques de contención; pero en los últimos tiempos la privacy está ganando la batalla. Se impone una radical separación entre lo público y lo privado, de manera que uno, en la esfera privada, puede hacer absolutamente lo que le de la gana, siempre y cuando no trascienda y no haya denuncia de por medio. Es decir siempre y cuando no se incurra en una ilegalidad. Éste es el caso de la visita a Lazareto. El convenio nos puede parecer muy irregular y la actuación de Pajín muy poco elegante, pero la ministra no ha cometido ningún acto ilícito”, recuerda.

Para el filósofo Javier Gomá, autor del ensayo ‘Ejemplaridad Pública’, este tipo de comportamientos tienen mucho que ver con la conquista de la libertad. “Si comparamos el siglo XVI y el siglo XXI observamos un avance radical en la esfera individual. El derecho a la propia vida, el derecho a la libertad de conciencia, el derecho a la libertad de expresión, el derecho a la intimidad, el derecho a la propia imagen, el derecho a la toma de decisiones... La liberación ha sido completa. Llegados a este punto, el hombre moderno, cuando ostenta el poder, reclama naturalidad e intimidad, y considera que en el ámbito privado puede hacer lo que le plazca, y que la ejemplaridad es sólo un asunto de imagen, cuando todos sabemos que esto no es así,  porque hay vidas que moralizan y otras que desmoralizan…”

Jugar hasta quemarse

Ya lo dijo el clásico: sabiduría, magnanimidad, justicia y decoro. Las virtudes del político fueron escritas hace tanto tiempo, que habrá quien se pregunte por qué insistir en lo obvio. Pero lo evidente se diluye una y otra vez como un azucarillo en agua cuando nos acercamos a los aledaños del poder. En el pasado, desde luego, pero hoy, en plena madurez democrática también.

¿Cuántas veces hemos contemplado estupefactos como un alto cargo con poder, prestigio y bienestar material se la jugaba por un negocio irregular, una actuación arbitraria o un favor dudoso? ¿Por qué el señor Oliart, que podía haber cerrado con broche de oro una trayectoria política ejemplar, se ha enredado a última hora con su hijo en un asunto que desprende el tufo del nepotismo? ¿O por qué José Bono y Manuel Chaves  han jugado durante tanto tiempo, hasta quemarse, con el poder y los negocios? No hablamos de izquierdas o de derechas, desde luego. Ni de irregularidades contables, apropiación indebida o hechos delictivos. No. Eso pertenece a la esfera de lo penal. Nos referimos a la ejemplaridad, esa cualidad que posee quien pretende ser modelo de rectitud. Ese atributo que armoniza la vida pública.

 El sociólogo Fermín Bouza, exculpa a Alberto Oliart de cualquier actuación “premeditadamente irregular”, pero reconoce que alguien, “el mismo Oliart o quien corresponda, debería haberse ocupado de que ese contrato no estuviera encima de la mesa del ex presidente de RTVE”. Para reclamar a continuación fórmulas que permitan a los familiares de políticos y altos cargos continuar con sus negocios, si los tuvieran, sin que el velo de la sospecha caiga sobre ellos.

Gomá recuerda, sin embargo, que gobernantes y administradores de la cosa pública, están más obligados que otros ciudadanos a dar ejemplo. “Tienen especial obligación de comportarse de modo íntegro porque el círculo de su influencia, para bien y para mal, es mayor que el del resto de los ciudadanos”. Y pone el ejemplo de la monarquía parlamentaria. El Rey accede al cargo por herencia... ¿Qué sentido tiene dicho símbolo en una democracia moderna?, ¿cuál puede ser su legitimación? La respuesta es que su oficio constitucional consiste en cuidar su vida privada y ponerla al servicio de una misión política. Tiene un significado simbólico, es decir, un deber de ejemplaridad, porque un símbolo que no simboliza, ¿para qué sirve?. Bouza, por su parte, opina que la Familia Real tiene el mismo derecho que cualquier otra familia española a gozar de intimidad, y ataca a esa prensa rosa que difunde constantemente bulos sobre decisiones y comportamientos que nunca llegan a confirmarse.  

Juicios laxos

Fernando Vallespín, catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid, recrimina a los españoles su laxitud a la hora de juzgar los comportamientos públicos: “Cualquier político sueco con cuatro trajes de regalo en el armario hubiera dimitido nada más conocerse la noticia”, asegura. Y alerta sobre el cinismo social que genera esta indiferencia ética: el tan cacareado “todos los políticos son iguales”; tibieza que para Gomá termina traduciéndose, en ciertos círculos, en una peligrosa superioridad moral: “porque el buen ejemplo genera mala conciencia, pero el mal ejemplo, a la larga, genera buena conciencia”.

Detrás de estas actuaciones “está una cultura política que se sostiene sobre la escasa responsabilidad individual, fruto de la herencia católica”, asevera Vallespín. “No es baladí recordar que los diez países con mayor calidad democrática son protestantes. En los países protestantes, el individuo asume la responsabilidad de sus actos. Nadie va al cura a pedir perdón. ¿La solución? No dejar pasar ni una”, propone. Sin embargo, de nuevo, se niega a valorar por igual todas las conductas. “Meter a Leire Pajín en el mismo saco que los EREs de Andalucía o Camps sería una barbaridad”.

Para filósofos, sociólogos y politólogos, estas actuaciones esparcen en el sistema desafección social, desconfianza, sospecha, pérdida de legitimidad y a la larga una complejidad legal innecesaria. “La inmoralidad de los gobernantes, afirma Gomá, difunde un ejemplo negativo que luego ellos mismos se ocupan de reprimir mediante leyes más severas y restrictivas de las libertades”.

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