EL IES MIGUEL CATALÁN DE COSLADA

El Instituto que cambió las reglas de la innovación educativa

Experiencias como la del IES Miguel Catalán (Coslada) demuestran que no son imprescindibles grandes reformas educativas para enseñar de otra manera. Sus planteamientos docentes, surgidos desde
Foto: El Instituto que cambió las reglas de la innovación educativa
El Instituto que cambió las reglas de la innovación educativa

Experiencias como la del IES Miguel Catalán (Coslada) demuestran que no son imprescindibles grandes reformas educativas para enseñar de otra manera. Sus planteamientos docentes, surgidos desde el impulso de unos cuantos profesores, traen consigo innovaciones exitosas a un sistema educativo cada vez más saturado. El caso del IES Miguel Catalán no es el único (hay unas cuantas escuelas e institutos públicos españoles que han apostado por aplicar métodos innovadores), pero sí cuenta con algunas lecciones que pueden ser útiles para quienes pretendan llevar a efecto prácticas similares en otros centros.

 

Entre ellas, que el paso de un sistema de enseñanza estándar a otro más abierto no siempre surge fruto de la planificación El centro estaba sufriendo problemas de convivencia que terminaron por resolverse a través de un programa participativo de gestión de los conflictos, cuyo éxito hizo ver a profesores y alumnos que era posible aplicar nuevas iniciativas a la marcha cotidiana del centro con buenos resultados.

 

Como explica Rafael Feito, profesor de sociología de la educación de la Universidad Complutense que ha estudiado durante varios meses la dinámica del centro, la invención de la figura del mediador (“un estudiante al que se puede recurrir para solventar cualquier problema, desde los conflictos de varios alumnos con otro hasta las dificultades de integración de los nuevos estudiantes”), supuso un gran paso adelante en la medida que motivó a profesores y alumnos a trabajar conjuntamente y a poner en práctica nuevas ideas, también en lo docente. Entre ellas:

  

Los grupos interactivos. El aula se divide en pequeños grupos de cuatro o cinco alumnos. Cada uno de ellos cuenta con un estudiante aventajado capaz de explicar a sus compañeros las cuestiones que se aborden. En los grupos hay además personas ajenas al aula (“desde alumnos de psicología de la Autónoma que realizan allí las prácticas hasta madres de alumnos, así como estudiantes de cursos superiores que dedican a esta tarea la hora de alternativa”), cuya función es garantizar que haya interacción. Su tarea no es tanto poseer conocimientos de la materia que se aborda cuanto asegurar que la interrelación existe y que todo el mundo recibe bien la información. Esta forma de enseñanza, asegura Feito, “ha hecho que todo funcione bastante mejor y que el nivel de conocimientos mejore mucho. Por ejemplo, en matemáticas se nota sustancialmente”.

 

Dos profesores por aula. Como explica Feito, el Instituto ha optado porque el profesor de compensatoria, en lugar llevarse a los estudiantes fuera del aula, trabaje conjuntamente con el titular de la materia. Así evitan estigmatizar al grupo de compensatoria, pero también consiguen, al introducir una dinámica muy diferente y positiva, que el de referencia mejore su rendimiento al contar con dos docentes.

 

Lecturas dialógicas. Consiste en la lectura de un pequeño texto durante aproximadamente 10 minutos para después comentarlo en grupo. Suele ser un texto literario, explica Feito, que es utilizado como punto de partida para el debate. Así, no solamente se intercambian opiniones sobre el texto concreto, sino que éste sirve como orientación para discutir sobre todo tipo de temas relacionados. Participa en los grupos un profesor de lengua, y suelen estar presentes algunos adultos (habitualmente, madres de alumnos) lo que genera un debate intergeneracional enriquecedor para ambas partes. “Algunas madres me han comentado”, asegura Feito, “que antes de estas lecturas cuando se encontraban con un grupo de adolescentes, sentían miedo. Ahora los ven de forma muy distinta”.

 

Uso intensivo de las nuevas tecnologías. Los recursos con los que cuentan, “que no son muchos”, apunta Feito, son empleados con frecuencia. Entre ellos, las pizarras digitales: “La dinámica de clase con ellas es radicalmente distinta, hay mucha más interacción y mucho más deseo de participar”. También están poniendo en marcha la figura del ciberalumno, el estudiante encargado de que todo lo que tenga que ver con la informática esté en disposición de funcionar. “Desde luego, en la medida en que vayan contando con más recursos, irán mucho más lejos en este terreno”.

 

En tanto se trata de un Instituto que “se estudia mucho a sí mismo, que pasa encuestas y realiza balances con frecuencia”, se sabe ya que estas innovaciones están dando resultados muy positivos. Sin embargo, y a pesar de ello, no todo el centro participa en ellas, ya que algunos docentes siguen optando por el sistema de enseñanza tradicional.

 

Además de que “siempre lleva tiempo transmitir una innovación al conjunto del sistema”, Feito señala dos factores como retardadores de los cambios. El primero tiene que ver con la propia arquitectura del IES Miguel Catalán, “que está estructurado en módulos separados, lo que incita a la dispersión”. Pero la causa más importante es la resistencia de algunos profesores a variar su forma de impartir docencia.  “Este tipo de cambios requieren de profesores con una mentalidad favorable a hacer las cosas de otra manera, lo que no siempre es posible encontrar”.

 

Excesiva dependencia de la iniciativa de los profesores

 

Algunos, señala Feito, “están cerca de la jubilación y quieren dejar las cosas como están; otros sólo están interesados en acabar como sea todos los contenidos de un curso y a otros les molesta cambiar la dinámica de funcionamiento del aula, en tanto entienden que una clase donde haya diálogo, que no sea ordeno y mando, no va a generar ninguna ventaja”.

 

Además, señala Feito, hablamos de institutos públicos, “donde los profesores son funcionarios y, por tanto, se coordinan sólo si les parece bien”. Esa libertad de docencia, que a veces promueve el cambio y otras lo frena, hace también que las experiencias que se están dando en este sentido en los centros públicos de enseñanza dependan en exclusiva de la iniciativa de algunos profesores (“heroicos”, les llama Feito). Por lo tanto, “si desaparecen estos docentes claves o se desaniman, todo se viene abajo”.

 

Por eso entiende Feito que determinados servicios de la función pública tendrían que cambiar “para permitir que los centros se conformasen según un ideario, con gente nucleada en torno a un proyecto (igual que ocurre con privados y concertados) de modo que tengan una forma definida de hacer y de enseñar que permita a los padres elegir la educación que quieren para sus hijos”.

 

Eso permitiría también, asegura Feito, que se pudiera profundizar en estas valiosas experiencias educativas, así como extenderlas a otros centros. “Hay Institutos, como el Arcipreste de Hita, que está trabajando por proyectos curriculares, y es una iniciativa que ha funcionado muy bien. Y sería importante que esta clase de iniciativas cuajase, porque no podemos permitirnos tener fracaso escolar”.

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