Adolescentes sin límites

“Cuando asistes en comisaría a un chico que no llega a los 15 años y que le está diciendo al policía, 'Madero, me he tirado a
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Adolescentes sin límites
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    “Cuando asistes en comisaría a un chico que no llega a los 15 años y que le está diciendo al policía, 'Madero, me he tirado a más tías y más buenas que tú', te preguntas cómo se ha podido llegar a esto”. Ciertamente, lo que describe M.G., abogado del turno de menores, no es usual. Pero estas exhibiciones de arrogancia, antes impensables, ocurren hoy con creciente frecuencia. Lo que estaría demostrando, según los expertos, que los adolescentes están cambiando y no para bien.

     

    Según los datos publicados por el INE, en 2007 se inscribieron 13.631 menores condenados, de los cuales el 85,0% eran varones. De ellos, el 83,1% tenían nacionalidad española. En cuanto a la distribución por edad, el 33,2% alcanzaba los 16 años y el 28,2% tenía 15 años. El delito más habitual fue el robo, (28,9% del total) seguido de las lesiones (10,0%) y los hurtos (5,9%).

     

    Pero, al margen de que aumenten los delitos porque se contemplan como tales conductas antes ignoradas por el Código Penal, (el acoso escolar, por ejemplo) lo cierto es que los cambios no sólo se dejan sentir en las cifras. Por ello, afirman los expertos, deberíamos contemplar el problema desde una perspectiva amplia, ya que estamos fundamentalmente ante un síntoma social. Según argumenta Emilio Calatayud, un juez que se hizo popular por dictar sentencias en las que condenaba a aprender a leer y escribir a un menor que había robado material de construcción, o en las que obligaba a unos gamberros que se habían burlado de un minusválido a colaborar con una institución de asistencia a personas con discapacidad, no podemos esperar encontrar en los chicos más que un espejo de su tiempo: “Vivimos en un mundo violento, y los chavales no son otra cosa que un reflejo de la sociedad”.

     

    La primera causa de este incremento de la agresividad juvenil consiste, según la psicoterapeuta Teresa Pont, autora de Profiling, El acto criminal (Ed. UOC),  en que “no se ponen límites a los adolescentes. Se les intenta hacer las cosas lo más fáciles posible, no se les enseña autocontrol, apenas se les dice 'no'. Y eso ha ocasionado que los chicos se hayan acostumbrado a hacer lo que les da la gana; a vivir en la cultura del placer y no en la del esfuerzo. Con consecuencias muy perjudiciales…”. Coincide en el diagnóstico Emilio Calatayud, quien percibe una sociedad “acomplejada, a la que le da miedo poner normas y que se ha habituado a hablar de derechos pero no de obligaciones. Y eso ocurre en todos los ámbitos, desde la familia hasta la escuela”.

     

    Serían ese contexto educativo y esas actitudes, los que, en última instancia, llevaron a tres adolescentes catalanes a quemar viva a una mendiga (ex secretaria de dirección) en un cajero de Barcelona. O, por citar otro caso últimamente de actualidad, las que provocaron que Amanda Knox, una americana de 20 años y su novio, un italiano de 24, violaran y degollaran con ayuda de una tercera persona a Meredith Kercher, la estudiante inglesa con la que la primera compartía piso en Perugia. Los acusados en ambos procedimientos aseguraron que sus intenciones eran otras (gastar una broma a la mendiga, dar un escarmiento a la coinquilina), pero que todo se les fue de las manos. Probablemente, dicen los expertos, porque nadie les dijo antes que hay cosas que no se pueden hacer, ni siquiera de broma.

     

    Futuros delicuentes en todas las clases medias y altas

     

    Pero estos casos también nos indican que no sólo las clases menos favorecidas y las familias completamente desestructuradas, como antes era creencia común, son el entorno en el que crecen los futuros delincuentes. Más al contrario, donde se está notando hoy esa falta de autoridad es en las clases medias y altas, allí donde los padres son más proclives a darles a sus hijos todos los caprichos. “Tuve que defender hace poco a un adolescente denunciado porque pegaba a sus padres. Y se reía de mí diciéndome: 'Letrado, vaya mierda de móvil que llevas, mira el que tengo yo'. Esos padres a los que maltrataba le compraban todo lo que quería…”. Y lo más peculiar, asegura M.G., “es que no suelen ser malos chavales. Están desorientados, no tienen referencias claras, pero se les puede rehabilitar”.

     

    Esta clase de actitudes tienen que ver, asegura la psicoanalista Jorgelina Rodríguez O’Connor, con el lugar que ocupan los niños hoy en la familia: “Son niños muy queridos, que viven muy protegidos y a los que no se les quiere frustrar. Por eso muchos padres perciben los límites como algo negativo, sin reparar en que tienen un lado muy beneficioso. Aprender a pararse en un semáforo, por ejemplo, nos protege y protege a los demás; no es una limitación ni un atentado contra uno mismo, sino algo que nos ayuda y nos enriquece. Hay que empezar, pues, a pensar en las normas como algo que nos guía en lugar de verlo como algo que nos limita”. Lo que ocurre, afirma Rodríguez O’ Connor, es que en muchas ocasiones son los propios padres los que no se ponen límites: “Vivimos en una sociedad que te dice que debes disfrutar de todo sin renunciar a nada y muchos adultos se lo terminan creyendo”.

     

    Pero, por más que las causas se originen en la familia, las consecuencias alcanzan a toda la sociedad. Por ello, desde muy diferentes ámbitos, desde el educativo hasta el jurídico, se intenta dar respuesta a la pregunta acerca de qué hacer con una juventud que no ha aprendido a controlarse. Según el juez Emilio Calatayud, autor de Mis sentencias ejemplares (ed. La esfera de los libros), la primera piedra tiene que ser “la recuperación del sentido común. No debemos tener complejo de joven democracia. Tenemos que educar desde los valores, rescatando algunos que parecen haberse perdido, tanto en la familia como en la escuela, caso de la autoridad. Y los medios tienen que ayudar en esa tarea, porque, en especial la televisión, más que reflejar cómo es la juventud la están influyendo negativamente”.

     

    Para Teresa Pont, la capacidad de acción de la sociedad en lo que se refiere a la reeducación de los jóvenes delincuentes es amplia. Y pasa por tomar medidas encaminadas, más que a castigarles, a obligarles a reparar el daño causado. “Además de pagar por lo que han hecho, han de caer en la cuenta del dolor y el daño que han generado sus acciones”. Cree Pont que hemos pasado de una época en la que había excesiva mano dura a otra en la que somos demasiado blandos. “Y ninguno de ambos extremos es bueno. Los padres, por ejemplo, han de tomar medidas firmes, pero no imponiéndolas porque sí, lo que estimula la rabia, sino explicándolas y razonándolas”.

     

    Reincidentes

     

    Esta clase de acciones pueden resultar útiles, aseguran, en la mayoría de los casos. Pero hay otros, que suelen ser los que subrayan los medios de comunicación, que generan mayores dudas, ya sea por la especial violencia empleada en la comisión del delito, ya porque estamos hablando de una frecuente reincidencia. En esos casos, aseguran algunas voces alarmadas, sólo sirve la mano dura: ya no estaríamos hablando de reinsertar al delincuente, sino de proteger a la sociedad. Algo con lo que no está de acuerdo Rodríguez O’Connor. “Las causas se pueden revertir con tiempo, medios y dedicación. La repenalización no arregla nada.  Llevamos mucho tiempo trabajado con prácticas que no reinsertan a los chicos; se les enseña a cumplir una disciplina, pero no a pensar en el otro. Y de este modo se someten pero no aprenden. Y lo importante es educar para aprender”.

     

    El último escalón en esa tarea, y de importancia crucial, según Emilio Calatayud, es el de los medios de comunicación, “quienes deberían concienciarse de su función: ya está bien de transmitir la idea de que vivimos en la impunidad. Así, muchos adolescentes creen que, por ser menores de edad, pueden hacer cualquier cosa sin que les pase nada. Y luego se llevan la sorpresa…”.

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