TENDENCIAS
corrupción, política, democracia
@Juan Carlos Escudier - 31/10/2009
Siendo sinceros, la clase política siempre estuvo desprestigiada. Si por algo destacaba el político en el imaginario popular era por su capacidad para disfrazar la mentira, por hacer de cada solución un problema y por anteponer sus intereses personales a los colectivos. De un político siempre podía esperarse que prometiera construir un puente aunque no hubiera río, y esa impresión se mantiene en la actualidad, con la diferencia de que ahora tenemos la certeza de que a lo largo de la obra alguien se llevará la comisión correspondiente.
A la desconfianza en los políticos ya se refería Clemenceau, quien fuera primer ministro de Francia en la I Guerra Mundial: “Cuando un político muere, mucha gente acude a su entierro. Pero lo hacen para estar completamente seguros de que se encuentra de verdad bajo tierra”. La cita es lo suficientemente ilustrativa.
De los políticos siempre se ha hablado muy mal y se ha generalizado injustamente. Es obvio que los manilargos son la abundante excepción entre quienes se dedican a la actividad pública, aunque en los últimos tiempos, debido a la proliferación de los casos de corrupción, se ha consolidado la vieja creencia de que todos están cortados por el mismo patrón. Esta presunción de que todos son iguales tiene efectos demoledores para el propio sistema democrático, que se basa en la confianza de que los que hacen las leyes no dedican la mitad de su tiempo a estudiar cómo transgredirlas.
Suya es la culpa de este creciente desapego en la democracia. La ciudadanía sabe que la corrupción ha existido siempre y que no es exclusiva de ninguna casta, y precisamente por eso no se la puede tomar por idiota. A un partido le puede salir rana desde el tesorero al presidente autonómico, pasando por el alcalde, el concejal y hasta por el vigilante jurado de la puerta. Lo que ya no cuela es que ninguno de estos maleantes sea señalado por quienes le rodean. Es demasiada casualidad que las corruptelas de un político siempre sean descubiertas por los jueces o por la prensa, pero nunca por sus compañeros de partido, por lo que cabe suponer que está gente vive en la inopia -en Babia, si son de León- o que practican un silencio cómplice, una suerte de omertá mafiosa que protege y ampara a los delincuentes.
Indulgencia del electorado
En un artículo publicado esta semana en El País, el catedrático Ignacio Sotelo se refería a otro tipo de silencio, nacido en torno al propio sistema de selección de los políticos, a quienes callar y acatar las decisiones de sus cúpulas les garantiza la supervivencia a costa de amparar la corrupción, que encuentra en este mutismo el caldo de cultivo en el que reproducirse. Según Sotelo, mientras la participación electoral no caiga por debajo del 50%, la política social descienda a un ritmo tolerable y los escándalos se dosifiquen en el tiempo no es de esperar que los políticos traten de poner coto a sus propios desmanes.
Los tiempos de reacción de los políticos están medidos. Siempre hay quien, media hora después de conocerse la reincidencia de un violador, pide regular la castración química, o quien, tras ver los titulares de los periódicos sobre un crimen cometido por un niño de 12 años, exige ipso facto que se rebaje la edad penal de los menores. Para atajar la corrupción, sin embargo, nadie tiene prisa. En septiembre del año pasado, una delegación del Grupo de Estados contra la Corrupción del Consejo de Europa (GRECO) visitó España e hizo público un informe en el que recomendaba endurecer las penas por cohecho y tráfico de influencias, intensificar el control fiscal de los partidos con auditorias internas y perseguir los sobornos en el sector privado. De estas sugerencias nunca más se supo, lo que no ha de extrañar en un país que corre a firmar cualquier protocolo internacional por muy surrealista que sea pero que se resiste a estampar su firma en el Convenio de Derecho Penal sobre la Corrupción.
Ello quizás se deba a la indulgencia que el electorado manifiesta con los cargos públicos sospechosos de haber saqueado la caja fuerte, de tal guisa que podrían presumir de sus atracos sin temor a ser castigados en las urnas. Argumentar como ha hecho ese brazo de mar llamado Francisco Camps que, en medio de la tempestad del caso Gürtel, el PP arrasaría en Valencia si convocase ahora mismo elecciones sólo puede producir sonrojo, esencialmente porque lleva razón. Cuanto más extendida está la corrupción, menor es la disposición de la ciudadanía a exigir responsabilidades.
La llegada de salvadores
Lo que parece ignorarse es que la democracia es un conjunto de valores y no un mero instrumento por el que se elige a las elites que gestionan las instituciones y configuran la razón de Estado. El sistema funciona razonablemente bien cuando la sociedad asiste al devenir cotidiano con una mezcla de tranquilidad y aburrimiento; en situaciones convulsas, tal es el caso de esta crisis económica sin precedentes, tiende a resquebrajarse. Y el desencanto por la democracia suele precipitar la llegada de salvadores, que se camuflan en el paisaje y que prometen, no el puente sobre el inexistente río, sino el propio río para sacar partido al puente, y todo ello televisado en directo por una de sus cadenas, como haría Silvio Berlusconi.
El caso de Italia es un anticipo de lo que podríamos encontrarnos aquí si no se pone remedio. Siguiendo el ejemplo de sus políticos, una sociedad entera se corrompe y se arroja en brazos de un demonio con pelo de madelman, que está dispuesto a desmontar el Estado de Derecho para edificar un nuevo y jubiloso fascismo. Ni Berlusconi ni sus socios engañan: contra la inmigración, ametralladoras; contra los maricones, limpieza étnica, proclaman. He ahí un futuro esplendoroso.
Tanta veces se han llenado la boca hablando de alarma social que, por una vez, los políticos deberían ser capaces de reconocer que son sus propias conductas las que la generan. La explicación de que el afloramiento de la corrupción es la demostración de que el sistema funciona y persigue a los culpables no es un argumento válido. La experiencia sugiere que se ampara a los delincuentes porque se les teme, y que se compra su silencio a costa de más descrédito. La regeneración de la vida pública es inaplazable por el bien de todos.
Opiniones de los lectores (16)
16.
Gelabert de Cruïlles»01/11/2009, 19:27 h.
Cierto, no todos los políticos son iguales.
En Catalunya sabemos del cierto que estos son los más iguales de todos:
http://www.youtube.com/watch?v=8aKd-Lx-zlU
15.
500»01/11/2009, 11:19 h.
El Economista
31-10-2009
Miles de personas ocupan el centro de Valencia al grito de "Camps dimissio"
http://ecodiario.eleconomista.es/politica/noticias/1660834/10/09/Miles-de-personas-ocupan-el-centro-de-Valencia-al-grito-de-Camps-dimissio.html
14.
camellovolador»01/11/2009, 11:16 h.
Es verdad todos los politicos no son iguales porque cada uno tiene su propio método par acercarse a la fuente de donde emana la pastita y tomas algo de ella. Unos con cántaro, otros con camión cisterna. Ninguno es igual pero todos se guarecen bajo el paraguas de la irresponsabilidad, la irrepresentatibidad y la sumisión al partido de que se trate. No son iguales, pero son calificables con el mismo adjetivo.
http://ulpilex.es/Vitruvius/
13.
russell brown»31/10/2009, 22:59 h.
#12 Estimado forero.
Estoy mas seguro que Vd que habia paternalismo, servilismo y cohecho pasivo a mansalva.
Regalos con quesos, jamones, cajas de vino, excelentes habanos y llegando a la cesta de gallinas.
Lo que si es clarisimo es que habia menos personajes en los puestos criticos capaces de arramplar con el 30% del presupuesto de una carretera.
Tan clarisimo que los alcaldes franquistas no tenian las posibiliaddes actuales de recibir maletines. No es que fueran mas honrados, que tambien, es que el palo era colosal.
Ahora, democraticamente, todos los alcaldes pueden sacar tajada. No todos lo hacen. Pero todos han tenido la tentacion.
Y de cifras, no creo que lo diga en serio.
12.
piabell89»31/10/2009, 21:05 h.
#11 Todo lo que dices son g.lipolleces, yo SI he estado cerca del dictador: jugaba con los hijos de jueces, un par de ellos, del TOP que dictaron sentencias de muerte [para los jovenes, el Tribunal de Orden Publico juzaba delitos politicos como alteraciones del orden publico], varios Directores Generales de esa epoca consiguieron a buen pecio chalets en Mirasierra [Madrid, una zona agradable y carisima, una especie de parque donde huele a campo, pegadisima a Madid - 10 min. hasta el metro Herrera Oria-]; Lo carisimos regalos de Navidad estaban a la orden del dia [El pavo del guardia de trafico que se ve en algunas peliculas de la epoca estaba prohibidisimo, la bufanda, la cesta del Director General NO]. En la epoca de Suarez puede que no, estaba todo en avanzado estado de putrefaccion,incluido Suarez y el generalisimo, asi que no habia sitio ni para eso [.....?] . De todas formas, Suarez no tiene algo que ver con el negocio de las tragaperras?.
NO TRATE DE HACERME CREER QUE AQUELLA EPOCA ERA MEJOR Y MAS LIMPIA, tengo 52 annos, pero recuerdo muchas conversaciones de mi familia y lo de ahora es calderilla.
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Dice Ambrose Bierce que el reportero es un escritor que, con suposiciones, se abre camino hasta la verdad para dilapidarla seguidamente con una tempestad de palabras. Dilapidando verdades y palabras llevo más de 20 años. Nací en Diario 16; crecí en El Mundo y me licencié en este Confidencial. He sido corresponsal político de 20 Minutos en este siglo XXI adC (antes de la crisis). Comparto este Sin Enmienda con una columna diaria en Público. Si conocen un trabajo respetable, háganmelo saber.
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