TENDENCIAS
Estatut, Cataluña, Tribunal Constitucional
@Juan Carlos Escudier - 28/11/2009
Se desconoce cómo nos libramos del desgarro porque las advertencias eran clarísimas y los signos en el cielo definitivos. Con el Estatut España estaba condenada a romperse o, por lo menos, a hacerse un siete a la altura del Ebro de esos de tirar el pantalón. Durante tres años aguzamos el oído para escuchar el ruido atronador de la fractura, el inconfundible sonido de la falla que separaría Lérida de Fraga y Amposta de Vinaroz, pero el desgarro no fue tal y no hubo que llamar a Florentino para que construyera los puentes y los pasos fronterizos. Justo ahora que creíamos conjurado el peligro se escuchan otras voces que alertan de la gigantesca grieta que se abrirá entre Cataluña y el resto del país si el Tribunal Constitucional se atreve a enmendar una sola coma del Estatut. El abismo está a la vista. Esto nos pasa por confiarnos.
La intensidad del terremoto se presupone de tal calibre que hasta la prensa catalana nos lo ha advertido al unísono, en un editorial conjunto en el que explica que lo que está en juego en la sentencia del Estatut no es la inconstitucionalidad de algunos artículos sino el avance hacia la España plural o su bloqueo. Así, para demostrar que el espíritu del 77 sigue vivo y no cercenar de raíz la complejidad española, el Tribunal tendría que dar el visto bueno a la definición de Cataluña como nación, con sus símbolos nacionales, su poder judicial propio y su capacidad para relacionarse con el Estado en un plano de igualdad. Y si no lo hace y daña la dignidad de unos catalanes que pagan impuestos, son solidarios con los pobres extremeños y, además, usan una lengua que no envidia en hablantes a varios idiomas oficiales de Europa, es porque es un órgano ilegítimo y con varios magistrados irreductibles y bastante carcas. Hasta Montilla, quien, por supuesto, ni ha sido el impulsor del artículo ni conocía su contenido, se ha emocionado de lo bien escrito que estaba.
Uno, que ve con simpatía la pluralidad, que acepta que Cataluña llevaba años castigada financieramente, que no cree que el mapa se haga jirones porque se mencione en un preámbulo el término nación, que siente respeto por el catalán, por el castellano y hasta por el swahili, y que también paga impuestos y es solidario, empieza a estar cansado de este victimismo provinciano, según el cual todo el mundo es anticatalán por principio, y conforma una humanidad anticatalana, reconocible porque odia al Barça y no se sabe de memoria la letra del Els Segadors, a la que se puede culpar de cualquier fracaso.
Es verdad que el Constitucional es un órgano deslegitimado –no ilegítimo-, pero no porque cuatro magistrados ejerzan un mandato prorrogado, una vacante por fallecimiento esté sin cubrir o uno de ellos esté recusado, sino porque los partidos políticos, incluido CiU, que ahora se rasga las vestiduras cuando siempre que ha podido ha colocado su peón en el Tribunal, lo han convertido en uno más de sus apéndices. Lo que inquieta a este catalanismo transversal no es la politización sino justamente lo contrario, es decir que el bloque que se suponía progresista y mayoritario se haya roto dando ventaja a sus teóricos oponentes. Y esa es la razón de que se ponga el grito en el cielo en estos momentos y no hace tres años, cuando concurrían las mismas circunstancias que en la actualidad.
Es de suponer que ni los partidos catalanes, ni sus periódicos, ni la sociedad catalana en su conjunto se han enterado ahora de que la última palabra sobre el Estatut la tenía el Constitucional porque se trataba de una regla del juego conocida. Lo deseable habría sido que, para este tipo de casos, en los que se exige la convalidación en referéndum, se hubiera mantenido el recurso previo de constitucionalidad, aunque ya de nada sirva lamentarse. La soberanía, como ha apuntado Alfonso Guerra, no es divisible. No existe la soberanía del pueblo catalán, la del andaluz o la del vasco sino la del conjunto del pueblo español o, al menos, eso es lo que la Constitución proclama.
En esa Constitución, que muchos han sacralizado hasta la caricatura, está el germen de los males que nos aquejan. Si se quería la descentralización, se debería haber caminado hacia un modelo federal como el de Estados Unidos, en el que, por cierto, quienes lo conforman no tienen derecho a la secesión sin el consentimiento del resto de los estados. En cambio, se optó por un híbrido en el que las competencias viajan del centro a la periferia sin que sepamos exactamente cuándo se concluyen los traspasos o qué hay que traspasar, lo que alienta a la vez la voracidad y el desánimo.
Con Cataluña nada parece suficiente. Si se culmina un Estatuto de diseño, avanzadísimo en sus competencias, hay quien advierte, por si acaso, de que se trata de un paso previo a la independencia, una aspiración que no se plantea porque es más rentable como objetivo que como exigencia; si se pone en marcha una nueva financiación claramente beneficiosa no falta quien reclama un concierto económico como el vasco; si se lleva el AVE a Barcelona, se destaca que la unión con Francia sigue empantanada o que se ha humillado a Cataluña porque la infraestructura llegó con retraso y se hundieron las vías. Esta insatisfacción permanente, en ocasiones justificada, es la que alienta el anticatalanismo, que, siendo real, es más una reacción que un instinto.
Un hipotético recorte del Estatut provocará tensiones, aunque no muy distintas a las ya conocidas. La clase política, ofendidísima, será la que más sufra porque, tras arroparse en la afrenta y en el pretendido ataque a la dignidad colectiva, tendrá que explicar en qué se cambia la vida de los ciudadanos por definir la senyera como un símbolo de Cataluña en vez de como un “símbolo nacional”, si es que, finalmente, ésta es una de las dramáticas alteraciones respecto al texto aprobado. Habrá ruido, rechinar de dientes e, incluso, un adelanto electoral, en el que puede darse la paradoja de que la suma de Convergencia y el PP permita una mayoría distinta a la actual. La diferencia respecto a etapas anteriores es que Artur Mas no habrá ido al notario. Y hasta es posible que entonces nos riamos todos.
Opiniones de los lectores (75)
75.
tadeoteveo»29/11/2009, 19:02 h.
Pues nada Sr. Casado a por el Estado federal. Quien duda además, que dado el hartazgo de la ciudadanía hispana que producen las continuas reivindicaciones de los nacionalistas catalanes, una vez configurado el Estado Federal y reformada la Constitución, accederan de mucho gusto a la secesión de Catalunya.
Con esa medida todos contentos unos y otros y El Confidencial se quedará sin uno de los temas recurrentes, que por cierto ya empieza a pudrirse en todos los aspectos.
74.
nou»29/11/2009, 18:40 h.
#73 Pues sin nada de eso ha durado hasta nuestros días, será que es una cosa natural que los catalanes amen sus cosas.
73.
patriotadehojalata»29/11/2009, 17:36 h.
#72 Mas o menos el mismo arraigo que causaría su practica extinción si no dispusiera hoy dia, por medio del apoyo del PSC, de los infinitos recursos de la Generalitat para propagar la paranoia antiespañola y atizar el monstruo nacionalista contra fantasmas que existen solo en sus cabezas, buen hombre.
72.
nou»29/11/2009, 16:57 h.
#71 Pues menos mal que este arraigo es ridículo, buen hombre, dicen unas cosas..
71.
ESPON»29/11/2009, 14:54 h.
EL ASQUEROSO DISCURSO DE MONTILLA
El arraigo del nacionalismo en Cataluña es ridículo, como lo ponen de manifiesto los últimos resultados de las elecciones generales de 2008 en esa comunidad:
PSC-PSOE-PP-C´s Total 2.311.000 votos.
CIU-ERC-ICV Total 1.246.000 votos.
Lo que ocurre es que en las autonómicas, cuando el PSC no se presenta con las siglas PSOE, se produce una enorme abstención y REDUCE SUS VOTOS A LA MITAD, de manera que para acceder al poder ha tenido que aliarse con ERC y ICV, practicando un discurso nacionalista y traicionando a su electorado de cultura y lengua española.
Lo dijo en su día Boadella, dramaturgo perseguido durante el franquismo, y ahora enemigo del nacionalismo catalán, la enorme tragedia de Cataluña es que el PSC para acceder al poder autonómico y desbancar a CIU, ha tenido que asumir el asqueroso proyecto nacionalista.
Todo lo contrario de los socialistas vascos que han desbancado al PNV del poder a través de un pacto con el PP. El mayor enemigo ahora mismo de Patxi López no es el PNV, ni el PP; es el PSC con su repugnante discurso nacionalista del autogobierno y la nación catalana, que da alas a ETA.
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