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Manuel Muela.- 15/08/2011
La crisis de la globalización económica y financiera, que está mostrando su peor cara en los meses recientes, ha abierto la caja de Pandora y los gobernantes, los nuestros y los de más allá, que habían sesteado y convivido cómodamente con ese universo global, se aprestan despavoridos a instrumentar medidas que, cual nuevo bálsamo de Fierabrás, calmen el ansia desmedida del capitalismo financiero. No saben, o quizá pretenden ignorar, que ya es tarde para todo aquello que no sea revisar drásticamente las políticas que nos han conducido a este prólogo del infierno, entre las que se encuentra el olvido del interés nacional en nombre de otros intereses supranacionales, cuyo mantenimiento nos puede arrastrar a males mayores en un tiempo inmediato.
Durante los años recientes, por causa de la crisis y de la lenidad de los gobiernos, se va poniendo de manifiesto en las sociedades europeas un descontento creciente con quienes integran la clase política establecida y todo aquello que la acompaña en el desempeño de sus responsabilidades públicas: medios de comunicación, foros de opinión, grupos económicos, entramados burocráticos etc. Las protestas, variadas y multiformes, se van extendiendo: Grecia, España, Portugal, Inglaterra, pronto Italia, son muestra de ello y, en mi opinión, son solo el aperitivo de lo que aguarda en el futuro inmediato si se sigue por el camino emprendido por algunos gobiernos, que aparecen desnortados ante la magnitud de los problemas.
Los países que forman la Unión Europea representan en conjunto el núcleo más desarrollado de Europa y también el más socializado, si bien con diferencias notables entre ellos. Pues bien, con motivo de los objetivos de saneamiento de las cuentas públicas acometidos por los gobiernos europeos para alumbrar la unión monetaria y con la excusa de la construcción europea, se ha hecho almoneda de valores como el equilibrio y el bienestar social, amén de la propia seguridad, devaluando y desprestigiando al Estado y lo público en general en contraposición con un individualismo que, en la práctica, se viene traduciendo en el desamparo de amplias capas de la sociedad.
Los ciudadanos de esos países, que han crecido y se han educado en un mundo de valores que había recuperado para Europa los sentimientos de la seguridad y del equilibrio social, cuya pérdida anterior había causado graves estragos al Continente, han pasado del desconcierto inicial a la protesta cuando no a la desafección al propio sistema político. Hasta el momento, las sucesivas llamadas de atención se vienen despachando con escasa autocrítica por parte de la estructura dirigente, cuyo inmovilismo doctrinal y de gestión resulta cada vez más chocante. El espectáculo de estos días en Italia y en España, aquí con un gobierno agónico en constante huida hacia delante, nos da idea de la profundidad del desbarajuste y de la incapacidad de la gestión.
El Estado nacional, creación europea y motor de progreso para nuestras sociedades modernas, ha sido puesto en crisis en la UE de forma prematura, cuya Unión Monetaria es el cadáver insepulto al que me refería en anterior comentario: las llamadas instituciones comunitarias carecen de vigor y de eficacia, solo basta ver estos días a sus portavoces de guardia, impotentes funcionarios distinguidos que balbucean lugares comunes. En realidad, tales instituciones, a los ojos de la mayoría de los ciudadanos, no pasan de ser una tecno estructura lejana que vive en un Olimpo burocrático desde el que se lanzan reiterados mensajes que, en la mayoría de los casos, suelen ser sembradores de inquietud.
El origen de las protestas ciudadanas
Pero lo grave no es que tales mensajes se lancen desde Bruselas o Luxemburgo, también desde Berlín, sino la aquiescencia generalizada de los gobiernos nacionales sin distinción ideológica alguna. Ese es, en mi opinión, el punto de partida de la protesta de los ciudadanos, que observan a los gobernantes que ellos han elegido poco resueltos en la defensa del interés nacional. Lógicamente el nivel de esa protesta varía en función de la fortaleza del propio Estado. No son lo mismo Francia o Italia con Estados impregnados de valores nacionales y republicanos que España con un Estado débil sin apenas proyecto nacional. No obstante las diferencias, el Estado sigue siendo punto de referencia y de exigencia para los electores porque no se ha conseguido fraguar una alternativa al mismo. El fracaso evidente de las organizaciones supranacionales, entre ellas las europeas, es la demostración.
Los logros y avances obtenidos en la política comunitaria, sobre todo aquellos que han promovido el desarrollo de los países y regiones más deprimidos de la Unión, no justifican la abdicación apresurada de responsabilidades de los políticos nacionales, cuyo primer deber era y es atender las necesidades de sus ciudadanos, además de velar porque el Estado cumpla con los objetivos fundamentales que justifican su existencia: la libertad, la seguridad y la justicia.
Hemos vivido tiempos en que se han creado y estimulado burbujas económicas y políticas que han despreciado tanto a la economía real como a la política cercana y tradicional. Ha sido un vendaval de tal intensidad que no ha distinguido el grano de la paja y, si nos descuidamos, puede hacer tabla rasa de los valores de seguridad e igualdad especialmente apreciados en la Europa de la posguerra y que están en el origen del bienestar actual, gravemente amenazado por la crisis financiera.
Hay que esperar y exigir una rectificación del rumbo y que otros gobernantes, porque los actuales ya están inhabilitados, recuperen el interés por los problemas de sus compatriotas, aunque a veces pueda parecer algo prosaico frente al oropel de la política comunitaria y el aplauso de intereses espurios. De no ser así, puede ocurrir que, tomando como símil unas lejanas palabras de D. Manuel Azaña, el arroyuelo murmurante de gentes descontentas se convierta en ancho río que, en éste caso, no sería anuncio de libertad y justicia.
OPINIONES DE LOS LECTORES,
3 COMENTARIOS
3 .- #2 cierto ,desde unos presupuestos comunes para la unión funcionando como un todo ,
huyendo de localismos estatales ,una política economica y fiscal común ,también emisión de deuda de un modo común ,no por estados
pero para que eso acontezca deberemos de hacer el trabajo sucio interno ,depurando todos los vicios adquiridos durante años de mangoneo y picarescas variadas ,sin hablar de corrupciones varias
LA CEE DEBE FUNCIONAR COMO UN TODO ...o se irá al garete no muy tarde
y los propios enemigos de esto son los propios estados que no quieren ceder cuotas de poder ,porque hay mucha desconfianza del vecino ,y los mandatarios actúales todos demedio pelaje no son los adecuados para que esa desconfianza decrezca ....
2 .- El problema y lo he dicho antes. Se han creado instituciones comunitarias globales a medias, como el €, sin acompañarlas de otras, como políticas presupuestarias y fiscales únicas, porque los políticos no están dispuestos a ceder esas parcelas de poder. Al final lo que se generan son desequilibrios, que aunque en principio afecten negativamente a unos cuantos, a la larga terminarán por alcanzar a todos. Necesitamos más integración, o necesitamos volver atrás, pero en el medio, jamás.
1 .- Que la UE no funciona como tal, es un hecho demostrado.Cada país ha barrido para adentro y, sálvese el que pueda.Una prueba: El "hobby" francés de desvalijarnos y destrozar nuestra fruta allende nuestras fronteras.
El desencanto por las instituciones politicas, se está extendiendo y las politicas económicas van encaminadas a desproteger al ciudadano corriente de sus derechos y libertades.
Un verdadero peligro en ciernes.