POST ANTERIORES
10/07/2011

El último informe publicado por Amnistía Internacional el 6 de julio de 2011 considera que el ejército y los servicios de seguridad sirios han cometido crímenes y otras violaciones de los derechos humanos de forma consciente y sistemática (asesinatos, detenciones arbitrarias o sometimiento a tortura entre otros) contra la población, hechos que pueden calificarse de crímenes contra la humanidad.
La situación que describe el informe no sorprende en absoluto si tenemos en cuenta la naturaleza autoritaria y represiva del sistema erigido por Hafez Al-Asad desde su llegada al poder en 1970, cuando instauró un régimen apoyado fundamentalmente en las fuerzas armadas con el objetivo de asegurar su permanencia en el poder tras una historia marcada por múltiples golpes de Estado. Dichas fuerzas no sólo incluyen al Ejército, del que algunos soldados han desertado estos días en protesta por haberse desvirtuado su labor como protectores del país y la nación, sino también a los servicios de seguridad e inteligencia, que gozan de total inmunidad ante la ley y cuya función es alertar ante potenciales amenazas al régimen y mantener vigilada a la población.
Ante tales medios de disuasión y coerción, sólo el muro del miedo puede explicar la aparente pasividad de la sociedad siria, a pesar de haberse visto privada de todos sus derechos fundamentales, y sometida a constante vigilancia por parte del régimen. Éste, neutralizada la oposición (la falta de coordinación que presenciamos actualmente lo confirma) y anulada la vida política, se ha erigido durante cuatro décadas como el garante de la estabilidad del país bajo el lema “O nosotros o el caos”. La complejidad confesional y étnica de la sociedad siria ha sido la baza con la que el régimen ha jugado durante todo este tiempo para granjearse el apoyo de los sectores minoritarios de la población a la vez que negaba el legítimo derecho de ciudadanía a gran parte de la población kurda, falsamente tachada de separatista. Sin embargo, las manifestaciones pacíficas que recorren las calles del país estos días confirman que la teoría del régimen era falsa al grito de “el pueblo sirio es uno”. En este punto, cabe aclarar que la tensión confesional que en ocasiones se puede observar en la sociedad siria, tal y como sus propios habitantes afirman, no es algo surgido de forma natural, sino que el régimen lo ha instigado para fomentar la desconfianza de las minorías contra la mayoría suní poniendo como ejemplo los sucesos de Hama de 1982.
Muchas han sido las comparaciones entre lo sucedido entonces y lo que estos días está presenciando el país entero; no obstante, como reza el popular dicho, las comparaciones son odiosas y, en muchas ocasiones, poco acertadas. En 1982 los insurgentes estaban en general armados (independientemente de los excesos del régimen contra miles de civiles indefensos), mientras que hoy no es así. Por otro lado, en aquel entonces los Hermanos Musulmanes lograron canalizar el descontento de la antigua burguesía urbana ante una nueva clase burguesa de origen rural y perteneciente a confesiones minoritarias que amenazaba sus intereses económicos. La tendencia a considerar de forma reduccionista que se trató de una “revuelta islamista” contra el “régimen alauí” ha obviado que el régimen sirio se ha conformado en torno a un entramado de relaciones clánico-familiares y clientelares que obedecen más a la lealtad y los intereses comunes que a la confesión. Sin embargo, los Asad poco han hecho para desmentir este error asegurando que lo que hoy sucede esta siendo dirigido, entre otros, por grupos armados de tendencia islamista. Si en algo se parecen ambas revueltas es, por tanto, en la respuesta del régimen y su intento de teñirlo de conflicto confesional, nada más lejos de la realidad a día de hoy.
El pueblo sirio, en busca su dignidad
Querer ser tratados como seres humanos, vivir con dignidad o no ser objeto de detenciones arbitrarias (que suelen ir acompañadas de algún método de tortura física o verbal) demuestra que el régimen sirio lleva cometiendo crímenes durante años y que la privación de derechos ha sido flagrante. La resignación ha dado paso a la caída del muro del miedo: el pueblo quiere que caiga el régimen y con él, todo el sistema ideológico y coercitivo que conlleva el dominio de una familia y su entorno, que no han aportado al país más que corrupción y malestar social. Este malestar y el deseo de combatirlo por medios pacíficos, y ahí viene otra diferencia con lo sucedido en 1982, se ha extendido por todo el país y ha llegado a todos los rincones del mundo a través de las nuevas tecnologías inexistentes entonces. Esta vez, la comunidad internacional no ha podido permanecer callada y mirar para otro lado.
La complejidad confesional y étnica de la sociedad siria ha sido la baza con la que el régimen ha jugado durante todo este tiempo para granjearse el apoyo de los sectores minoritarios de la población
Y es que el régimen de los Asad, a pesar de su retórica antioccidental y de resistencia contra Israel, sabe muy bien que Europa y EEUU lo consideran el garante de la estabilidad de Oriente Medio. Esto ha permitido a Bashar al-Asad seguir la estrategia del palo y la zanahoria: prometer reformas, diálogo y amnistías para que la comunidad internacional las aplauda como pasos positivos hacia la reconciliación nacional, mientras los tanques bloquean las ciudades y el número de víctimas aumenta cada día, hechos que se condenan con la boca pequeña porque el régimen es una pieza demasiado valiosa.
Sólo los intereses geoestratégicos pueden justificar los temores de sus vecinos y el poco interés de Naciones Unidas en presionar a aquellos países que se niegan a aprobar condena alguna contra Siria, bajo el principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países. Basta coger un mapa para entenderlo: el eje Teherán-Líbano pasa inevitablemente por Damasco, por donde también cruza el eje Ankara-Riad. El vecino inmediato de Siria es el desfragmentado estado iraquí en el que Irán cada vez tiene más peso y no parece que vaya a dejar pasar la oportunidad de convertir a Siria en su siguiente objetivo en caso de caer el régimen, algo que no parece agradar a los países árabes del Golfo. Por otra parte, Turquía, cuyo discurso es tan ambiguo como el de Washington, parece tener miedo a que la aspiración de los kurdos sirios a la igualdad de derechos se traduzca en demandas por parte de esta minoría en territorio turco. Finalmente, Israel, cuya frontera con Siria ha permanecido en calma desde 1973, no parece satisfecho ante la posibilidad de perder a su vecino más estable, a pesar de que este haya hecho de la causa palestina su bandera para mantener una legitimidad que quizá nunca existió (Hafez al-Asad llegó al poder por medio de un golpe de estado y su hijo Bashar fue propuesto como único candidato a la presidencia tras adaptarse la edad mínima recogida en la Constitución a la suya, conformando una república hereditaria de facto).
Si Amnistía Internacional dejaba caer la necesidad de que este expediente llegara a la Corte Penal Internacional, la población siria es muy consciente de que ha sido abandonada a su propia suerte y que, efectivamente, hay una conspiración contra Siria, pero no contra el régimen, sino contra el propio pueblo. Las reformas prometidas dejaron de tener eco en el país hace meses, por no decir años, ya que prometer es lo único que ha hecho el presidente desde su llegada. La oposición no logra cerrar filas en torno al objetivo común, la población sufre las consecuencias de la prolongación del conflicto, la economía está cada vez más dañada, el régimen parece dispuesto a luchar hasta “morir matando” y la comunidad internacional se encomienda a la divina Providencia esperando que, en caso de caer un régimen que tanto les ha dado a nivel estratégico, no se produzca un vacío de poder que amenace sus intereses en la región. El miedo al vacío de poder existe, pero las consecuencias que tendría para una población que ya ha sufrido lo indecible parecen no tener importancia en el gran juego de Oriente Medio: Siria no es Libia.
*Naomí Ramírez Díaz es investigadora de la Universidad Autónoma de Madrid
OPINIONES DE LOS LECTORES,
3 COMENTARIOS
3 .- Además, con Libia hay una ligera diferencia. En éste último había ya una guerra civil, con enfrentamientos abiertos entre 2 bandos. Era fácil intervenir atacando las fuerzas del bando "malo". En Siria, lo que hay de momento es guerrilla urbana, por lo que resulta imposible intervenir más allá de un bloqueo armamentístico, político y comercial. Quizás lo que se echa de menos es esto último, que aún no ha ocurrido.
No sé porqué, la gente tiende a simplificar demasiado las cosas sin analizar cada caso.
2 .- Cierto, el articulo destila intervencionismo a raudales... Pero, entonces que se puede hacer? Dejamos que cualquier mandatario en cualquier parte del mundo, por el mero hecho de tener el poder, tenga barra libre para machacar a su pueblo? intervenimos o le dejamos hacer...?
Es decir si solo lo condenamos [cosa que a estos dictadores se la trae al pairo] somos muy blandos; si los sometemos a un bloqueo resulta que quien lo paga es la sociedad civil [esa misma a la que queremos ayudar]; y por ultimo si intervenimos militarmente nos convertimos en la malvada potencia colonial...
Yo humildemente me pregunto... Que puñetas se puede hacer?
1 .- Mandemos nuestras bombas superdemocraticas para liberar al pueblo sirio.
Como con Libia...
Nosotros los que estamos por encima del bien y del mal, los que nunca nos equivocamos, los que sabemos que es lo mejor para los pueblos que están situados a miles de kilometros, los que sabemos todo sobre los lugareños, los que conocemos su historia su complejidad racial, su religión...
Por supuesto el artículo escrito desde el sillón de casa con el aire acondicionado...
Que pasen buen domingo.