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José Antonio Zarzalejos.- 14/08/2011

En la entrevista que en 2010 mantuvo Peter Seewald con Benedicto XVI publicada en formato de libro bajo el título de Luz del Mundo, el periodista alemán se refiere, citando a la revista Der Spiegel, a “la cruzada de los ateos”. El Papa, en su respuesta, ofrece la certeza de que la Iglesia, efectivamente, es víctima de ataques, a veces sutiles, a veces abiertos, y sostiene que “el cristianismo se ve así expuesto a una presión de intolerancia que, primeramente, lo caricaturiza -como perteneciente a un pensar equivocado, erróneo-, y después, en nombre de una aparente racionalidad, quiere quitarle el espacio que necesita para respirar”.
Precisamente sobre la intolerancia laicista -pero también atea- se ha construido en Europa un fuerte movimiento anti católico que adopta formas diferentes. En los países más maduros, esa cruzada es de naturaleza intelectual y teológica, es decir, muy académica con poco impacto social pero alto en las elites. Pero en otros, como es el caso de España, con una izquierda militantemente anticlerical y muy condicionada por el papel de la jerarquía eclesiástica en la Guerra Civil, el pulso con la Iglesia se dilucida en la calle, en los periódicos y en una tensión social perfectamente detectable (incluidas huelgas oportunas en el metro y del personal de tierra en aeropuertos). Especialmente detectable en nuestro país en fechas como las actuales, vísperas de la visita del Papa para presidir los actos de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid.
La gran cuestión es que los datos que sirven para sostener que España es “menos católica” -gran argumento del laicismo militante- sirven también y todavía para aseverar lo contrario. Porque más del 70% de los españoles se declara creyente (el 56% de los jóvenes)
La gran cuestión es que los datos que sirven para sostener que España es “menos católica” -gran argumento del laicismo militante- sirven también y todavía para aseverar lo contrario. Porque más del 70% de los españoles se declara creyente (el 56% de los jóvenes). La mitad de ellos disponen de titulación académica universitaria y el 53% vive en las ciudades. La mayoría de los hijos son bautizados (63%) y es muy significativo el porcentaje de matrimonios canónicos (aunque en 2009 eran mayoría las parejas que se casaban sólo civilmente) y de rituales como la primera comunión de los adolescentes de los que un 71% acuden a clases de religión por deseo de sus padres.
Los tiempos cambian
Es verdad que hace diez años -siempre según el Centro de Investigaciones Sociológicas- estas cifras eran más favorables a la Iglesia. Pero, pese a su decrecimiento, siguen siendo lo suficientemente importantes como para que un sociólogo reputado como Alfonso Pérez Agote, catedrático de la Universidad Complutense, haya declarado que hemos pasado de ser “un país católico en los años setenta a ser un país de cultura católica. Hubo un desinterés progresivo y bajó la práctica religiosa”, pero advierte el docente que “ahora se está rompiendo con eso, sobre todo los jóvenes”.
El grave problema de la Iglesia católica en España es que la jerarquía no obtiene una buena consideración de los ciudadanos en general. En el gran trabajo demoscópico realizado por el equipo coordinado por el sociólogo Juan José Toharia (Pulso de España 2010. Un informe sociológico) tres de cada cuatro de los encuestados (la muestra contempló las respuestas de 5.000 consultados), es decir, el 75%considera que la Iglesia tiene problemas para adaptarse a la realidad social, porcentaje que se desglosa de la siguiente manera entre quienes mantienen este criterio: 72% de los católicos poco practicantes; 81% de los católicos no practicantes y 91% de los no creyentes. Son mayoría -salvo en el segmento de los católicos practicantes- aquellos que observan en la Iglesia más “dureza y condena” que “bondad y perdón”. En el ránking de confianza institucional, la Iglesia aparece en un puesto muy retrasado, el 23º.
Aunque la tendencia, en consecuencia, no es positiva para la creencia religiosa católica -tampoco para las que pudieran ser alternativas- España sigue siendo un país de cultura católica al que el papa Benedicto XVI va a dedicar su tercer viaje, convirtiendo nuestro país en el destinatario de su clara preferencia, debida a dos factores: de una parte, el influjo español en los países latinoamericanos y, deotra, la preocupación de la Santa Sede por las políticas laicistas del Gobierno de Rodríguez Zapatero que ya causaron graves tensiones con el Vaticano e, incluso, declaraciones del Papa tan cuestionables como aquella que remitía la situación aquí a la de los años treinta del siglo pasado.
El nivel de autofinanciación de la JMJ es muy alto, la afluencia de asistentes dejará en la capital importantes remanentes y Benedicto XVI, como jefe espiritual de los católicos y como jefe del Estado Vaticano, tiene toda la legitimidad para que el Estado incurra en gastos
Sin embargo, “la cruzada atea española” -que atiende más a la calle que a los libros- está planteando una confrontación anacrónica a la JMJ y al Papa, denunciando despilfarros, esgrimiendo el carácter aconfesional del Estado, así como la puesta a disposición de bienes y servicios públicos al servicio de una confesión concreta. Y atribuyéndole a la Iglesia un carácter antidemocrático que es propio de su naturaleza: la Iglesia, efectivamente, es jerárquica.
Ninguna de las acusaciones sobre aspectos materiales de la visita papal es convincente. El nivel de autofinanciación de la JMJ es muy alto, la afluencia de asistentes dejará en la capital importantes remanentes y Benedicto XVI, como jefe espiritual de los católicos -mayoría en España- y como jefe del Estado Vaticano, tiene toda la legitimidad para que el Estado incurra en gastos indirectos -sanidad, seguridad pública, transportes- que serán seguramente compensados por los peregrinos.
Sin coherencia en la crítica
No parece que la izquierda anticristiana militante haya protestado por el coste -altísimo- de, por ejemplo, el Día del Orgullo Gay en Madrid u otros acontecimientos de distinta naturaleza. Esos argumentos son coartadas de escaso valor aunque sea perfectamente legítima la discrepancia con el pontífice, la jerarquía eclesiástica, los criterios morales católicos y hasta con la propia visita, aunque en muchos casos le falte a la crítica coherencia y solidez.
En la Jornada Mundial de la Juventud, ciertamente, se encierra un mensaje de carácter político en un momento crucial para España, citada a las urnas el 20N, y que consiste en la visualización de una gran marea humana que secundará al Papa, patrocinado el evento por una fundación que reúne a las grandes empresas nacionales que han contribuido, algunas con largueza, al fondo de financiación de esta visita.
Aunque no de modo expreso, se va a producir esta próxima semana una suerte de respuesta a la izquierda que forma esa pequeña y agitadora cruzada atea pero también a iconos de la política zapaterista que el socialismo progresista supone son grandes logros de estas dos últimas legislaturas: la ley del aborto, la ley del matrimonio homosexual, la del divorcio exprés y -muy sutilmente- la propia ley de memoria histórica. No hay que olvidar, por lo demás, que la JMJ nació en 1985 de la mano de Juan Pablo II como respuesta al Festival Mundial de la Juventud que celebraban los países en la órbita de la URSS.
El Estado aconfesional -que bien debería adjetivarse de laico- no debe entrar en confrontación con las confesiones religiosas, sino asumirlas como movimientos con voz colectiva y, por lo tanto, con manifestación legítima de criterios atendibles.
La Iglesia ha de estar en su ámbito que no es el de imponer, sino el de inspirar políticas públicas desde la persuasión y conforme a categorías muchas veces trascendentes difícilmente conciliables con la pluralidad social. La jerarquía española -que no ha sido en los últimos tiempos, especialmente en la primera legislatura de Zapatero, un dechado de sutileza, ni de cohesión interna- ha de extraer lecciones de sus errores y ver cómo mantiene la cultura católica de España que, modestamente, creo está en su identidad histórica y actual. Cultura que debiera ser compatible con decisiones que separen a la Iglesia del Estado de manera radical, aunque entre ambas instancias se produzca -como con otras confesiones- una adecuada colaboración.
Y en cuanto a la cruzada de los ateos -esos que se rasgan las vestiduras por la retirada en Mérida de un cristo desnudo cubierto su pubis con un crucifijo- habría que exigirles más argumentación que agitación. El anticlericalismo, muy español, ha pasado a mejor vida; y el cristianismo en todas sus versiones (y otras creencias como el judaísmo o el Islam) sigue ofreciendo un horizonte trascendente a muchos millones de hombres y mujeres que, más allá de su militancia en las prácticas religiosas, les resulta vitalmente útil y reconfortante. No hay que confundir, además, los mensajes con los mensajeros: aquellos permanecen, éstos son coyunturales. En otras palabras, la Iglesia tiene tras de sí dos mil años y sus jerarcas no han conseguido que merme su horizonte de futuro. Mucho menos lo han conseguido sus detractores, que la propia Iglesia utiliza para cohesionar a sus fieles.
OPINIONES DE LOS LECTORES,
571 COMENTARIOS
571 .- #570 Muchas gracias, y perdone si me pasé de susceptible con su ejemplo.
¡Hasta otra!.
570 .- #569 Me parece muy buena acción por su parte.
Y no olvide que lo de charlatán de feria no iba por Vd. Era sólo un ejemplo.
569 .- #568
Muchas cosas no son fáciles de ver ni de comprobar. Estoy de acuerdo con ud.
Charlatanes de feria también hay: yo mismo; para mí es más fácil teclear que hacer la comida.
Pero primero es vivir y despues filosofar, así que, si me disculpa, este charlatán, se va a guisar para un hijo y sus padres.
Saludos.
568 .- #567 Porque algunas cosas no resulten fáciles de ver [o de comprobar] no podemos caer en la tentación de darlas a todas por supuestas.
Ya que en ese caso estamos a merced de cualquier charlatán de feria...
:_[[
567 .- #566
"Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospechas con tu filosofía [..] No busques siempre con los párpados bajos a tu noble padre..." y tal, decía el Hamlet.
No me diga que esta charla fue un sueño, solo porque no puedo ver su alma, empujándole a teclear por internet invisibles bits, hasta que se reflejan en mi pantalla.
Rezaré por los ateos que se creen dioses, según consejo reciente del Papa, un filósofo sabio. Y por mi antigua soberbia, que fue mayor. Al prójimo como a ti mismo. Amén.