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Las agencias de rating y los gobiernos: ni contigo ni sin ti

BIOGRAFÍA

En su columna Monetae mutatione, Antonio España (Málaga, 1973) combina la aplicación del instrumental analítico desarrollado por la escuela austriaca de economía con su personal apreciación de los hechos económicos y monetarios que periódicamente sacuden la economía en forma de ciclos económicos. Casado y con tres hijos, Antonio España es Ingeniero de Telecomunicación por la Universidad de Málaga, MBA por el IESE y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos. Con una importante trayectoria profesional como directivo y consultor de negocio, actualmente trabaja asesorando a grandes compañías en estrategia y operaciones, aunque las opiniones y tomas de posición expresadas en este blog son exclusivamente suyas.

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Antonio España.-  24/01/2012

Supongan que realizamos el siguiente experimento: tomamos un grupo de escolares de primaria con un coeficiente de inteligencia similar y los distribuimos al azar en dos clases. Al profesor de una de ellas le decimos que sus alumnos son normales, mientras que al de la otra clase le indicamos que sus estudiantes han sido especialmente seleccionados por estar dotados de un talento excepcional —aunque en la práctica no exista tal diferencia. ¿Cuál creen que sería el resultado? ¿Se sorprenderían ustedes al descubrir que las notas del grupo supuestamente de los “listos” son superiores a las de los hipotéticamente “del montón”? Pues eso es lo que ocurre. Se conoce como efecto Pigmalión, y algo así sucede con las calificaciones de las agencias de rating, que en cierto modo son también una profecía autocumplida.

Este experimento lo realizó en realidad en 1964 el profesor de psicología social de Harvard, Robert Rosenthal con ayuda de Leonore Jacobson, directora de un colegio de San Francisco. Fueron ellos quienes acuñaron el término de efecto Pigmalión para referirse a aquellas situaciones en las que las expectativas del observador influyen sobre la realidad observada, produciendo como resultado profecías autocumplidas. Más adelante se descubrió que el fenómeno funciona en ambas direcciones, tanto en la positiva como en la negativa.

Pues bien, a nadie se le escapa que cuando agencias de rating como Standard & Poor’s, Moody’s o Fitch dan a conocer los resultados de sus análisis de riesgo de impago y otorgan sus famosas calificaciones a los bonos emitidos por empresas y estados, el mero hecho de su publicación influye sobre el título calificado. Y esto sucede, bien reforzando su solvencia si la nota es buena, bien hundiéndolo más aún en la miseria si le ponen un suspenso en calidad crediticia —sobre todo si consideramos que las rebajas suelen aplicarlas a toro pasado, cuando todo el mundo conoce los problemas.

Así, si una emisión de deuda de una empresa o un estado determinado recibe la máxima calificación de las agencias de rating, eso provoca que bajen los costes de financiación del emisor en cuestión lo que, de algún modo, refuerza su solvencia, sea ésta real o no. Esto fue lo que ocurrió en la anterior fase de boom, cuando en plena carrera por multiplicar el crédito, las entidades financieras literalmente se inventaban instrumentos como los MBS o los CDO que no entendían ni ellas mismas, mucho menos los becarios de las agencias de rating que los evaluaban.

Por otro lado, si la calificación crediticia sufre una revisión a la baja, el efecto es el contrario: se encarece el crédito para el emisor y, si éste ya estaba en dificultades, éstas se agravan, dado que habrá inversores que ya ni siquiera quieran oír hablar de prestarle dinero y, los que lo hagan, exigirán unos intereses que pueden poner en duda la sostenibilidad de la empresa o del estado. Esto es lo que ocurre en la actualidad con la deuda pública de los países europeos. Por cierto, que si la última rebaja no ha tenido apenas efecto negativo en los mercados es porque puede que ya estuviera descontada pero, sobre todo, porque el BCE mantiene abierta la barra libre de dinero.

¿Quiere decir esto que las agencias de calificación son las culpables de la crisis por no haberla predicho y luego haberla agravado? Mucho se ha hablado y escrito sobre las miserias de las agencias de calificación y sobre cuánto tienen que tienen que ver con que hayamos llegado a la situación actual. Lo malo es que casi siempre se ha hecho para reclamar mayor intervención de los poderes públicos en su regulación, cuando no para pedir abiertamente la creación de una agencia pública europea que esté libre del pecado capitalista.

Entre los principales problemas que se han planteado, suelen mencionarse los siguientes: (1) que demostraron una incompetencia manifiesta al no saber anticipar la crisis subprime —Lehman Brothers disfrutaba de la triple A en el momento de quebrar—, (2) que su objetividad está en entredicho por el conflicto de intereses que supone obtener sus ingresos de aquellos a quienes evalúan —con la excepción de los estados de los países desarrollados, cuya deuda califican gratis— e incluso prestarles servicios de asesoramiento para obtener mejores ratings, (3) que conforman un poderoso oligopolio capaz de condicionar el destino económico de países enteros, (4) que además está en manos de unos pocos fondos de inversión, (5) que su proceso de evaluación y las metodologías que emplean no son transparentes y, cómo no, (6) que están insuficientemente reguladas por las autoridades.

Todos estos problemas son ciertos —salvo el de la insuficiente regulación—, y es lo que lleva a los intervencionistas a pensar que las empresas de calificación tienen buena parte de la responsabilidad sobre el advenimiento de la Gran Recesión. Y no diré que no tengan parte de razón. Pero, ¿se han preguntado por qué pese a adolecer de tan graves pecados, siguen manteniendo su posición?

Y es que, lo que muy pocos de los que han escrito recientemente sobre estas agencias han destacado es, quizás, su característica más importante y que responde a la pregunta anterior. Si las casas de rating tienen la influencia que tienen, es gracias al privilegio otorgado por el estado, que sistemáticamente distorsiona e introduce ruido allí donde mete mano.

Porque, díganme ustedes, si el negocio de estas empresas depende de su reputación, obtenida merced a su acierto en las calificaciones de riesgo crediticio que otorgan, ¿por qué no han quebrado desde hace tiempo, dado el ojo clínico que han demostrado tener en sus evaluaciones? Mucho antes del fiasco de las titulaciones hipotecarias absurdamente infladas que estalló en la crisis subprime, ¿alguien se acuerda de la calificación que tenían otros protagonistas de sonoros escándalos como el de Enron, Parmalat o Worldcom? En efecto, todas disfrutaban de la triple A o similar.

¿Creen ustedes que el mercado es muy dado a tolerar tamaños fracasos con tanta magnanimidad? Claro que no. La respuesta entonces hay que buscarla en la intervención del estado. Si las tres grandes agencias, S&P, Moody’s o Fitch, continúan en el negocio de la calificación es porque viven calentitas al abrigo de la regulación, que obliga a bancos e inversores institucionales mantener en sus carteras bonos y otros títulos de deuda con una nota mínima determinada.

Nota que, curiosamente, sólo es válida si la otorga alguna de las empresas de calificación que aparezcan en el listado de las “nationally recognized statistical rating organizations (NRSRO)” de la SEC norteamericana o de las “agencias de calificación externas” (ECAIs por sus siglas en inglés) en la versión europea de la EBA. Les invito a ver aquí el listado actualmente vigente para conocer quienes detentan el privilegio de ser las únicas reconocidas por el Banco de España. Les aseguro que no habrá sorpresas.

Por tanto, es la regulación la que ha blindado a estas agencias ante los rigores de la competencia, protegiéndolas de la amenaza de nuevos entrantes y bloqueando la innovación en su sector. Este hecho ha reducido, además, el incentivo a cuidar de su propia reputación mediante la emisión de calificaciones precisas y que sean fiel reflejo de la realidad.

Por ese motivo, las empresas de calificación que forman parte del selecto club de las Big Three, no necesitan preocuparse de acertar con sus evaluaciones —ni con el timing a la hora de revisarlas a la baja— para mantener su reputación en el mercado. Tienen asegurada por el estado la demanda de su producto. No me negarán que el negocio es redondo. Como todo buen monopolio concedido por el poder político.

Visto lo visto, díganme, ¿se trata de verdad de un problema de falta de regulación de las agencias de rating? ¿Hay un exceso de libre mercado o sobra intervención del estado? ¿No creen que más que haber poca regulación, lo que hay es mucha y, además, deficiente?

 

OPINIONES DE LOS LECTORES, 5 COMENTARIOS

5 .- Efectivamente, si las agencias tienen este poder hoy día es porque en el pasado a alguien le interesó su modo de actuar, a pesar de los grandes errores cometidos. Esperemos que con el cambio de Gobierno se tomen medidas encaminadas a reducir la dependencia de este oligopolio...

econofrik

24/01/2012, 17:59 h.

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4 .- #1 Alekhine, gracias por su aportación. En efecto, existen intereses cruzados en mantener el statu quo.

Sus sugerencias son interesantes, aunque no me gusta mucho la primera [la segunda me parece buena idea]. El BM y el FMI son órganos gubernamentales y, desde mi punto de vista, bastante desprestigiados. No hace falta más burocracia.

Tenga en cuenta que la deuda pública debería poder calificarla cualquier inversor profesional medianamente cualificado: hay montañas de estadísticas, los presupuestos y previsiones son públicos, el modelo de gastos e ingresos es conocido y los productos de deuda no son sofisticados. Desde mi punto de vista,no hace falta otra agencia de rating que actúe al dictado de los calificados, ¿no cree?

Gracias de nuevo por su comentario.

Un saludo,
Antonio.

antonio espana

24/01/2012, 13:04 h.

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3 .- #2 manuelgar, gracias por el comentario con el que estoy en esencia de acuerdo con un par de matices:

1. Hay que considerar que un gran número de fondos e inversores institucionales mantienen en sus estatutos que sólo pueden mantener títulos de determinado nivel. Esto significa que ante una bajada del rating de un bono determinado, se ven forzados a deshacerse de él, incluso incurriendo en pérdidas. Esto, sin duda presiona a la baja el precio si se trata de títulos "populares", como deuda pública o blue chips.

2. A este efecto hay que unirle las obligaciones regulatorias de determinados tipos de fondos [i.e. los money market funds] que en el cómputo de sus necesidades de capital, un determinado bono cuenta o no cuenta en función de su rating, y si este baja el resultado es similar.

En todo caso, la mayor relevancia debe darse en las fronteras entre "investment grade" y especulativo o "bono basura" y en cierta medida también entre la menor de las A's y la mayor de las B's.

Claro que hay otros inversores que les da igual y sólo usan el rating como guía. En todo caso, cuando es a la baja, estoy 100% de acuerdo en que operan "a toro pasado"

Un saludo,
Antonio.

antonio espana

24/01/2012, 12:58 h.

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2 .- Excelente!!

Solo un matiz importante, en lo relativo al efecto Pigmalión o influencia de las agencias de rating en el mercado yo creo que la influencia es muy pequeña.

Las agencias son seguidoras del mercado. El precio de los activos que se descubre gracias a la intervención de múltitud de agentes siempre va a ser un proceso muchísimo más eficiente y dinámico que el análisis de un agente particular, como puede ser una agencia de calificación.

Tengo clarísimo que al mercado le da exactamente igual lo que diga S&P sobre Grecia, porque tiene su propio criterio. Igual que le dió exactamente igual la nota que le pusiesen a Bear Stearns o a Lheman Brothers en su momento.

manuelgar

24/01/2012, 12:29 h.

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1 .- Este tema de verdad creo tiene cansados a todos. Es obvio que existen grandes intereses en que este timo siga funcionando.

Dos cambios podrían ser útiles:

Rating de Países: Solamente podría hacerlo el Banco Mundial y/o el FMI.
Rating de Empresas: Las agencias, y como parte del rating, digamos AAa, agregar una letra indicando quien pagó por el rating y cuanto. Digamos AAa 1A. 1 sería [emisor] y A [por ejemplo: 1 al 5% del valor de la emisión]. Así sería transparente el valor que tiene el rating, para evitar el "así te cobro, así te califico".

En fin, este problema debería atajarse desde la UE con rapidez.

Alekhine

24/01/2012, 09:58 h.

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