Al iniciarse nuestra democracia, las expectativas eran muy optimistas y, con más o menos acierto, se logró una fórmula de la que hemos estado razonablemente orgullosos durante décadas. A la altura de 2012, sin embargo, la decepción crece de manera alarmante, aunque se puede apostar porque la mayoría de los españoles aún cree, y hace bien, que los errores de la democracia se podrán corregir con una democracia mejor y más verdadera, no sin ella.
Lo que ocurre es que, a diferencia de 1977, no está muy claro qué es lo que hay que hacer, por obvio que sea lo que se pretende evitar. En 1977 se aplicaron fórmulas jurídicas conocidas, pero en lo que resultaba necesario atreverse a innovar, las cosas no han ido demasiado bien. Me refiero, en particular, a la estructura y funcionamiento de los partidos, que es lo que los españoles, al ver a los políticos, como clase o como casta, expresiones que no se pueden usar sin preocupación, consideran uno de los principales problemas que padecemos.
Hay un vacío legal sobre la naturaleza, funciones y régimen de los partidos, porque la ley se limita a normas de registro administrativo y a lo establecido, y sin cumplir, sobre la ilegitimidad de los partidos que amparen el terrorismo. Esta carencia permite errores de bulto, e invita a que los defectos crezcan y se oculten, dando lugar a una enorme opacidad, lo que favorece conductas enteramente inapropiadas que amparan la corrupción, la irresponsabilidad, el nepotismo, el cesarismo, la ausencia absoluta de democracia interna, que es mandato constitucional, y que convierten a los partidos en instrumentos que impiden el florecimiento de una cultura democrática exigente y eficaz.
Con la cínica disculpa de la disciplina, se ha convertido a los partidos en entidades sin vida propia, y se ha hecho de ellos algo completamente incapaz de canalizar la creatividad política y las iniciativas de la sociedad española. Este periódico informó recientemente, por ejemplo, de que Rubalcaba estaba encargando a un numeroso grupo de jóvenes la definición de la política socialista del futuro, lo que supone, por supuesto, asumir la idea de que el PSOE pueda reducirse meramente a ser una organización que se dedique a aplaudir lo que se les ocurra a estos beneméritos expertos cuya legitimidad para ejercer esa función es enteramente inexistente.
Esta degeneración de la naturaleza y hábitos de los partidos está a la raíz de la mayoría de los problemas que nos agobian, pero es consecuencia de errores graves de los políticos, muy en especial en los últimos diez años. Hacer una sucinta enumeración de esos errores ocuparía más espacio del que dispongo, pero no quiero dejar de mencionar los que me parecen nucleares.La democracia se concibe únicamente como un sistema de legitimación, olvidando completamente su función innovadora. Esto comporta que los políticos lo subordinen todo a la victoria electoral y, consecuentemente, que se practiquen las más burdas simplificaciones, la manipulación más grosera y la mentira política.
En primer lugar, la democracia se concibe únicamente como un sistema de legitimación, olvidando completamente su función innovadora. Esto comporta que los políticos lo subordinen todo a la victoria electoral y, consecuentemente, que se practiquen las más burdas simplificaciones, la manipulación más grosera y la mentira política. Por supuesto, también sufre la coherencia que es virtud que, al parecer, se reserva a los orates.
La política se ejerce, en consecuencia, de manera dogmática, maniquea y sectaria, lo que ha hecho imposible pactos que hubieran debido llevarse a cabo en función de los verdaderos intereses de España y de los electores. Esto obliga a que los políticos sean completamente inmunes a la reflexión y a la autocrítica, y acaben viendo como traidores a quienes les recuerdan, por ejemplo, cosas básicas que supuestamente deberían defender. Nada importa, por ejemplo, robarle el programa al partido de la oposición si con ello se supone, frecuentemente de manera equivocada, que eso garantiza la permanencia o la conquista del poder. Esta mezcla de sectarismo y confusión de programas de gobierno es enteramente específica de nuestra situación y no puede contemplarse sin pasmo.
Por último, esta manera de entender y practicar la política arruina la confianza de los electores en la democracia y esteriliza la labor de los gobiernos porque todo se va en maniobras de despiste y medidas coyunturales, enteramente estériles, ya que nadie se atreve a promover políticas valientes y de largo aliento, que es lo que realmente se necesita en presencia de una crisis como la que padecemos. La desconfianza de los políticos en la inteligencia de los electores se vuelve contra ellos en forma de desprecio.
Como para legitimar ese sentimiento, los partidos se dedican a colocar a personajillos irrelevantes, sin preparación, sin capacidad y sin el menor encanto, al frente de responsabilidades importantes, porque lo único que parece importar es la lealtad perruna, los resultados están a la vista. Hay que aprender de los errores. La crisis va a ser lo suficientemente honda como para que los buenos políticos, que los hay, se den cuenta de que no se puede seguir así. La alternativa es muy clara, el hundimiento completo, hipótesis preferida de los aventureros.
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LA OPINIÓN DE LOS LECTORES
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COMENTARIOS
12d-@penas 23/08/2012 | 11:13
Estoy de acuerdo con su análisis político señor Quiros.La degeneración política es un problema importante en nuestra democracia.El sistema democrático sin ser perfecto,es el mejor posible,pero ocurre,que los españoles,somos dados al individualismo,y esto para un concepto de estado es peligroso,porque solo pensamos en nosotros en vivir lo mejor posible,y el que venga detrás que arree.Hemos tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre,el sentimiento de patria,y parece que no la amamos,que no queremos un país unido.Por hache o por b,siempre estamos enzarzados en discursiones estériles,El nacionalismo proviene del rechazo a ser igual que el otro,si no tenemos el sentimiento de pertenecer a una nación ,si las instituciones no ayudan a está unión .Habrá que buscar una solución para salir de está situación caótica.Efectivamente la democracia es innovación,es movimiento y es libertad,tenemos la obligación de defenderla,de todo aquello que la pueda frenar.El movimiento es vida. El inmovilismo es muerte.
111946 16/08/2012 | 20:24
Los problemas de España no se circunscriben sólo a la democratización interna de los partidos,sino a la concepción misma del sistema democrático implantado por los propios partidos y que ha devenido en lo que conocemos por partitocracia.Esto es,el dominio absoluto de las Instituciones por parte de los mismos,conculcando la famosa división de poderes.Por otra parte,el devenir del Estado de las Autonomías en un reino de taifas ingobernable,que se permiten desde desobedecer sentencias judiciales firmes hasta chantajear descaradamente con amenazas independentistas al propio Gobierno de la Nación.Es verdad que ahora la principal preocupación de los ciudadanos es la crisis económica,pero tarde ó temprano,habrá que revisar nuestro sistema democrático,para hacerlo,por supuesto,más democrático y más justo.
10luo 16/08/2012 | 16:47
Son muy ciertas sus reflexiones y denuncia pero, con todo, la peculiaridad de España no está tanto en el funcionamiento de los partidos como en la falta de consenso sobre su propia existencia como nación.
Si hiciéramos abstracción de este problema veríamos que los partidos mayoritarios se pueden reformar e incluso autorreformar. Sus fuentes de financiación pueden cambiar.
El sistema electoral puede cambiar sin grandes traumas. Se pueden implantar primarias abiertas, dobles vueltas, más referenda.
Los caciques y kingmakers de cada partido pueden perder poder en favor de la sociedad civil y de personalidades de reconocido prestigio ciudadano.
La sociedad será más o menos afecta al sistema, según sea la situación económica, como pasa en todos los países.
Lo que complica todo, es inasumible por el sistema y de difícil solución es el "Catalonia is not Spain" y similares.
Como dijo Maragall "el drama está servido". ¡Vaya si lo está!
9Martes Carnaval 16/08/2012 | 15:57
Querido José Luis:
Efectivamente, no hay mejora de la democracia sin la renovación de nuestros partidos, que deberían ser democráticos en cuanto a su estructura interna y funcionamiento por precepto constitucional.
Se podría empezar por dos cosas:
1 ] Reducirles las subvenciones estatales para que del modelo de movilización general o de partidos de masas se tendiese a un modelo de partidos electoralistas que hibernasen en los períodos no electorales y se activasen en los electorales. Con eso nos ahorraríamos mucho dinero y posiblemente se atenuaría la lacra de la financiación ilegal
2 ] Evitar que sea papel mojado otro precepto constitucional, el que dice que los representantes de la soberanía no estarán sometidos a mandato imperativo.
2.1 ] Aquí entran las listas abiertas que permiten aflorar liderazgos dentro de la lista de un partido.
2.2 ] Se tendría que contemplar, también, la regulación del voto de conciencia.
2.3 ] Sería obligatorio el reconocimiento dentro del partido de tendencias organidas, siempre que cumplan unos requisitos mímimos.
2.4 ] Se impondría por ley un sistema de primarias para la provisión de cargos públicos e internos.
Un abrazo.
8observando 16/08/2012 | 13:36
El tema es peliagudo ya que cualquier reforma con sentido de futuro no solo exigiría reforma de la Constitución, sino que ha de ser puesta en práctica mediante consenso mayoritario de partidos, y -como usted bien afirma- éstos están más preocupados por conservar o acrecentar sus cuotas de poder que por impulsar las reformas que los ciudadanos y la situación de ricos venidos a menos, exigen.
Aunque nunca he visto bien el liderago de Rajoy, que ni es liderazgo ni es nada, comprendo las enormes dificultades a que se está enfrentando, con una inercia del déficit que a ver quién es el guapo que detiene e invierte, con oposición y nacionalistas egoistamente en contra, y una UE que nos trata como a los gastosos irresponsables que hemos sido, negándonos una oportuna ayuda financiera.
Navegar entre la desconfianza de los inversores y UE, y la de los ciudadanos, generada por intentar superar la de inversores y UE, son fuerzas contrapuestas potenciadas por la oposición, nacionalistas y sensacionalismo mediático [cuando no sectario].
En esta tesitura, ¿quién y cuando le mete el diente a reformas politicas de calado? ¿Quien puede encontrar consenso? ¿Quienes se autoinmolan en el trance?