


Esteban Hernández
Martes, 03 de octubre de 2006
¿Intelectuales de derecha? Existen, y no están contentos con lo que ven. Siempre ha habido personalidades provenientes del ámbito académico y artístico que promovían ideas encuadradas en la derecha, esa formulación en la que caben tradicionalistas, conservadores, demócrata-cristianos y liberales, entre otros. Pero no siempre se han atrevido a salir al área pública reconociendo esa pertenencia. El historiador Ricardo de la Cierva apunta una explicación: “La derecha tiene bastante recelo en declararse derecha y a sus intelectuales les pasa igual, que se quieren considerar de centro. La derecha está muy acomplejada y sus intelectuales, más”.
En segundo lugar, los intelectuales de ese ámbito solían quedar sepultados por las voces de periodistas y políticos; no sólo se identificaba públicamente las posiciones de la derecha con lo que éstos decían, sino que resultaba difícil que el público supiera que había otras voces dentro de ese mismo espectro, lo que no ocurría con la izquierda. Aunque las cosas parecen estar cambiando. El periodista y escritor José Javier Esparza señala que “los políticos de la derecha siempre han tendido a menospreciar a los intelectuales. Prefieren pensar en soluciones técnicas antes que en soluciones teóricas, aunque una solución técnica pueda ser pan para hoy y hambre para mañana. Alguna élite política está recuperando ahora (en el último gobierno de Aznar y en la oposición de Rajoy), ideas que los intelectuales defendíamos y que la derecha cultural venía planteando desde diez y quince años atrás”.
En todo caso, cada vez hay más presencia pública de los intelectuales de derecha. Y al margen de cuál sea la situación ideológica de la que parten, suele existir cierta coincidencia cuando señalan el origen de las disfunciones. También en este caso: sus diagnósticos varían, fruto de distintos posicionamientos intelectuales, pero todos los encuestados repararon en los mismos asuntos.
La educación
El primero de ellos es la educación. Para el Catedrático de Filosofía de la Universidad de La Coruña, Ignacio Sánchez Cámara, “faltan autoridad y esfuerzo. Las últimas reformas educativas, salvo en parte la del PP, han tendido a disminuir el esfuerzo y la disciplina, lo que está llevando al fracaso de las leyes educativas”. Según José Javier Esparza, “con la educación ocurre una cosa bastante sórdida y es que está en manos de una casta de psicopedagogos a los que ya nadie sigue en Europa pero que en España están bien instalados”.
La familia
Sin duda, un asunto preocupante para la derecha están siendo los cambios en la familia. Para Ricardo de la Cierva, se persigue “la disolución de la familia, no solamente por los casos anecdóticos, como el de los homosexuales, sino que muchos medios están en contra de la misma institución. El fracaso del matrimonio es cosa terrible, he leído en alguna parte que hay más divorcios y separaciones que matrimonios. Eso es una señal de decadencia desde la época clásica. En Roma se disolvió la familia y desapareció la colectividad”.
Falta de valores
Vivir en una sociedad que carece de valores y que se mueve en el utilitarismo más banal es otra de las grandes inquietudes. Según Javier Ruiz Portella, director de la revista El Manifiesto: “Vivimos en el nihilismo, en el intento de fundamentar el mundo sobre nada; sobre ningún valor, ningún principio; sobre nada que no sea el puro, inmediato capricho del individuo degradado en masa”.
Pero este nihilismo, para Ruiz Portella, es utilizado constante y eficazmente por la izquierda en el terreno de las costumbres, “donde tiende constantes trampas a una derecha que cae inocentemente en ellas. El ejemplo más claro es el esperpento denominado matrimonio homosexual”. Burda provocación en la que han caído tanto una derecha como una Iglesia que sólo podrían denunciar legítimamente el esperpento si aceptaran sin reticencia alguna la total legitimidad —denegada durante mil quinientos años— de la condición homosexual”.
El multiculturalismo interno
Subraya Javier Zarzalejos, Director de Constitución e Instituciones de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), que “la condición común de ciudadanos regidos por unas mismas leyes, titulares de los mismos derechos que podemos ejercer en condiciones de igualdad, que es el fundamento de la democracia liberal está siendo socavada por las pretensiones de minorías de diversa índole de imponer su diferencia como fuente del derecho. De este modo se pretende que de la orientación sexual, de la identidad religiosa o ideológica, las preferencias lingüísticas o de cualquier otro elemento de diferencia se deriven derechos específicos. La democracia tiene que defender el principio de igualdad y por tanto respetar y hacer respetar la diferencia en tanto no entre en colisión con el interés general o los valores y principios cívicos y constitucionales”.
El problema no está, pues, en la formulación jurídica sino en las pretensiones particulares. “La sociedad –prosigue Zarzalejos- no es un agregado de minorías cada una con un estatuto jurídico diferente. Es una especie de exarcebación de un multiculturalismo interno absurdo en el que lo que realmente define la posición de una persona en la sociedad y ante la ley no es su condición de ciudadano, con todos los derechos de cualquier otro, sino el hecho de tenga esta u otra orientación sexual, haya nacido o viva una u otra comunidad, hable una lengua determinada”.
Las consecuencias son de todo orden, pero en la que más se ha reparado ha sido en lo que afecta a la ordenación territorial. Al final, señala José Javier Esparza, “España es el único país de Europa empeñado en un suicidio colectivo. España es una unidad histórica, pero eso parece negarse de continuo incluso desde el Estado. Hoy no tendría sentido proponer forma alguna de nacionalismo español, pero es urgente recuperar la conciencia de pertenecer a un mismo conjunto histórico”.
La política
Según el consultor Juan Carlos Girauta, autor de La república de Azaña (Ciudadela libros): “Los gobernantes -de todos los partidos- alimentan una sociedad irresponsable, que lo confía todo a las políticas públicas. Se ha consolidado un doble lenguaje y una doble escala de valores: el de la política y los políticos por un lado; el de los individuos y las empresas por otro. Si los ciudadanos asumieran su responsabilidad en las cuestiones públicas, o si los gobernantes lograran transmitirles la idea de que cualquier decisión política la sufragan ellos, se toma en su nombre y les acaba afectando, se disolvería una gran parte de la hipocresía ambiente”.
Finalmente, el problema es que, según Girauta “la cultura política europea es tremendamente intervencionista. Intelectuales, periodistas, profesores y opinadores transmiten constantemente un mensaje según el cual todos los problemas hay que afrontarlos desde la acción pública, con políticas públicas activas, con más burocracia y más regulación. La experiencia demuestra repetidamente que los resultados son mejores cuando se deja respirar a la sociedad y se confía en la capacidad de la gente y del mercado para obtener soluciones más eficientes, ya sea en cuanto al problema del paro, de las deslocalizaciones industriales, del acceso de los países pobres al circuito comercial internacional (¡más globalización!) o de las expresiones culturales y artísticas (¡más mercado y menos iluminados subvencionados!)”.
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