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CINE

Crisol bizarro de sensualidad,
sudor y blues

@María José S. Mayo

Viernes, 01 de junio de 2007

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BLACK SNAKE MOAN

Director y guionista: Craig Brewer.
Fotografía: Amy Vincent.
Música: Scott Bomar.
Intérpretes: Samuel L. Jackson, Christina Ricci, Justin Timberlake y S. Epatha Merkerson, entre otros.

www.apple.com/trailers

"Todo es más caliente en el sur", reza su publicidad. Y a eso es a lo que juega Black Snake Moan, a mostrar esa Norteamérica sureña empapada en sudor, salmos bíblicos y ánimos encendidos con un aire de película de autocine de los 70.

Después de Hustle and Flow, Craig Brewer se lanza a dirigir otro de sus guiones -que le vuelve a producir el chico del barrio, John Singleton- con la participación de dos potentes protagonistas: Christina Ricci, la niña de los Addams sacando todo su sexappeal, y Samuel L. Jackson, en una nueva vuelta de tuerca a uno de esos devotos (ya sea de la Biblia, de la orden Jedi o del cómic) que tan bien se le dan.

Aunque de este equipo solvente no sale una película redonda, si una más que interesante apuesta cinematográfica que nos confirma varias cosas que Hustle and Flow ya había apuntado. La primera, que Brewer es mejor director que guionista. Sus diálogos redundantes y la extraña estructura de su relato estropea la enorme fuerza de las interpretaciones, de esas brillantes atmósferas enrarecidas y de esa autenticidad que despliegan muchas de sus escenas. La segunda, que rueda de maravilla las escenas musicales, un mundo que le apasiona. Se nota. La tercera es que le encantan las féminas de aire frágil capaces de todo, como la que interpreta la estupenda Christina Ricci, aunque no puede evitar imprimir en ellas cierto aire misógino: parecen ser siempre molestas, casi incapaces de llevar el rumbo de su vida. Esta sensación puede ser respaldada por su historia un tanto original: la de una chica de tormentoso pasado a la que el viejo Lázarus pretende salvar de sí misma encadenándola a su estufa.

Con todo, y yendo más allá de las apariencias, la bizarrez de la historia no es el problema -de hecho, es una de las cosas que la hacen más atrayente-, sino más bien la incapacidad de integrar adecuadamente las diferentes tonalidades que en ella se dan la mano. La cinta juega a ser espiritual-sobrenatural, a ser cine de juerga adolescente, a ser un eminente retrato de la Norteamérica profunda, e incluso a ser una comedia con tintes absurdos. Brewer no sabe muy bien con qué quedarse, ni está muy claro el hilo argumental que lo une a todo. Quizá simplemente sea, como se deduce de momentos como el curioso final -que apunta por donde debía haber ido toda la película-, el poder curativo de la música, su capacidad de amansar a las fieras del alma humana.

Así queda expuesto por el gran Samuel L. Jackson, al que se nota más que cómodo en su papel de viejo blues-man. Él es junto a Ricci lo mejor de esta cinta irregular, pero sorprendente y refrescante, que gustará especialmente a los espectadores amantes de los retos, y por supuesto, a los que disfruten de todo lo que huela a blues (del bueno).


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