Jueves, 28 de diciembre de 2006
Hoy por hoy, el porno televisivo es un producto que está al alcance de cualquiera, además de un negocio muy lucrativo. Atrás quedaron aquellos vilipendiados dos rombos que cuando uno era niño y aparecían en pantalla sabía de sobra que su tiempo en la sala de estar con toda la familia había concluido. O las escenas de sexo duro del Plus los viernes por la noche, que muchos padres se negaron a pagar para que sus hijos pudieran sobrevivir con mejores prestaciones a la adolescencia, obligándoles a hacer un ejercicio imaginativo desmesurado para intuir las curvas del pecado entre aquel amasijo de puntos negros y blancos.
Las cosas han cambiado. La pornografía ha entrado en nuestras casas sin pedir permiso y se ha colado hasta la cocina. Y la gratuidad de estos contenidos se la debemos, ante todo, a la enorme red de televisiones locales que existe en la actualidad y que, sumidas en la más absoluta ilegalidad -las cosas aquí funcionan así en casi todos los ámbitos de la ‘res’ pública-, abastecen a un sinfín de ‘sexoadictos’ cada madrugada.
Y es que los gestores de estas cadenas de barrio, muchos de los cuales se siguen colocando cada mañana la boina calada en la cabeza y no saben ni lo que es una ‘cortinilla’, han descubierto en los contenidos eróticos y/o pornográficos un filón para engrosar sus arcas al mando de emisoras ‘pirata’ que, sin licencia y sin identificación, operan en nuestro territorio con total impunidad.
La parrilla de emisión diurna de estas realidades televisivas de corto alcance es un ejercicio protervo de improvisación que, a modo de trámite, cada cual soluciona como buenamente puede hasta dar con la medianoche. A partir de esa hora, la fórmula es bien sencilla: a un lado un ventanuco que ‘caliente’ al personal con cuatro guarradas caseras de serie B un tanto infumables; y al otro, un chat interactivo y en directo que, se supone que por influjo de las imágenes, los espectadores llenan de mensajitos solicitando compañía inmediata para desfogarse.
Con esta receta tan de andar por casa, las locales se hacen con un 8% del pastel cada madrugada y ya se están empezando a convertir en un enemigo a tener en cuenta por las grandes cadenas de ámbito nacional. Ya que ‘Otras’, que es como denomina la jerga televisiva al conjunto heterogéneo que conforman el espectro local y temático de forma conjunta, se ha consolidado definitivamente durante la presente temporada como la quinta opción del mercado televisivo español al hacerse, mes a mes, con más de un 10% de cuota de pantalla.

Videncia a la luz del sol
Los índices de share que logran estas cadenas locales en la madrugada son muy superiores a los que consiguen una vez ha cantado el gallo –3,3%-. La mayoría de estas emisoras, sobretodo aquellas que operan sin licencia, se pasan la jornada emitiendo programación en cadena, lo que supone una violación al ultranza de los preceptos legislativos que las impiden poblar más del 25% de su ‘parrilla’ de los mismos contenidos.
La mayor parte de las horas de luz, las ocupan con espacios dedicados a las artes adivinatorias. Octavio Acebes, la Bruja Lola y muchos otros parodiantes se la pasan echando las cartas a todo aquel que esté dispuesto a dejarse los cuartos por un par de ‘buenos’ consejos. De todos ellos, la mejor sin duda es Norma Andrea, que trabaja a las ordenes del señor Frade en Canal 7 de Madrid. Un portento de pitonisa, una diosa de la evidencia, a la que si se le pregunta qué tal le va a ir a uno en un juicio, ella te contesta: “¿Y tu abogado qué dice al respecto?”.
Salvo estas cadenas ‘pirata’ que subsisten de la buena fe de los cuatro bien pensados que aún sobreviven en este país, lo cierto es que el resto de canales de ámbito local que pueblan el espectro radioeléctrico español lastran de manera evidente las cuentas de los grupos de comunicación a los que pertenecen. Algo que bien explicaba Óscar Garrido en un artículo publicado no hace mucho tiempo en este mismo diario, en el que analizaba el caso particular de Prisa –con Localia- y Vocento –con Punto TV-.
Vacío legal
Es imposible determinar cuál es el número real de televisiones locales que existe actualmente en nuestro país, pero probablemente ya superen con mucho el millar. La situación de estancamiento normativo al respecto es evidente, puesto que la ley que coordina el sector es nada menos que del 95, lo que a la larga ha derivado en la configuración de un espectro mal gestionado, heterogéneo en lo que se refiere a los modelos y, como todo, concentrado en muy pocas manos.
Para solucionar el problema de los canales ‘piratas’ se ha previsto un Plan Técnico que obligará en 2008 al apagón analógico y dificultará en gran mediada la posibilidad de emitir sin licencia. Sin embargo, la carestía del proceso de conversión y el ‘gap’ tecnológico que deriva de la inexistencia en nuestro país de un número de descodificadores suficiente como para afrontarlo con garantías, complican mucho un proceso en el que las licencias se han adjudicado en función de intereses políticos y económicos en lugar de profesionales, comunicativos, mediáticos y de territorio.
Y mientras el legislativo se aclara, los cuatro listillos de turno seguirán haciendo caja gracias a al porno gratuito. Ya lo decía Woody Allen: “Sólo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo”. Vivimos sumidos en una sociedad en la que todo es pornografía: el cine, el deporte, la publicidad, incluso la política... La construcción de cualquier mensaje pasa por la intención tácita del emisor de excitar a su interlocutor. Es por ello que la gente pide cada vez algo más duro, más explícito. Y es ahí donde nace el negocio del porno en abierto.
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