




Jueves, 24 de marzo de 2005
En Etiopía, a 640 kilómetros al norte de la capital Addis Abeba y a 2.500 metros de altitud, una pequeña localidad llamada Lalibela se despereza cada mañana desde hace siete siglos entre la indiferencia de gran parte del resto del mundo. Nada la hace distinta de otros pueblos de Etiopía, de otros lugares del África negra. Las mismas calles embarradas, la misma pobreza. Nada, a simple vista, justifica que sea meca para viajeros de los cinco continentes. Y, sin embargo, Lalibela es una maravilla. Maravilla de piedra y fe. De roca e incienso. De templos trogloditas y rezos. Once iglesias y un espacio monástico, además de varios sepulcros y otros lugares sagrados, forman una laberíntica ciudad excavada bajo el nivel del suelo en un reducido espacio de siete kilómetros cuadrados.
Ciudad santa para los cristianos ortodoxos etíopes, cada uno de estos templos fue erigido cincelando la roca de la montaña como si de una escultura se tratase. Los hay que aprovechan las cuevas naturales del macizo donde se levantan, como Bieta Medani Alem. Los hay excavados en la pared de roca, como Bieta Abba Libanos. Y los hay separados de la roca madre, como Bieta Ghiorghis, cuya planta de cruz griega parece surgir desde las mismas entrañas de la tierra. No es extraño por ello que allá por el siglo XVI el primer europeo que las vio, el padre Francisco Alvares, capellán de la embajada portuguesa, afirmase en su diario: “No quiero escribir más acerca de estas obras, porque temo que si escribo más, nadie me va a creer, y lo que escribí dará ya a más de uno motivo para llamarme mentiroso”.
Pero el religioso luso ni mentía ni exageraba. Lalibela es única, impresionante, desconcertante, prodigiosa, inexplicable, enigmática... ¿Quién la levantó? Cuenta una leyenda que, a finales del siglo XII, reinaba en el imperio un soberano al que llamaban Lalibela -en amhárico, la lengua de los etíopes, “al que respetan las abejas”-, porque de niño un enjambre cubrió su cuerpo sin causarle daño alguno. Cuenta también que ya adulto, su hermano lo envenenó y, fruto de la ponzoña, el monarca cayó en estado de catalepsia. Mientras permaneció postrado, un ángel llevó su alma al cielo y allí pudo observar construcciones maravillosas. Dios se dirigió a él y le ordenó que repitiera aquellos edificios en la tierra. Al cabo de tres días, devolvió su alma al mundo terrenal y lo despertó del letargo en el que estuvo sumido. A partir de ese momento, hombres y ángeles, codo con codo, construyeron en pocos días Lalibela, una copia africana de Jerusalén.
La historia, siempre más prosaica, asegura que no fueron ángeles, sino cristianos coptos huidos de un Egipto musulmán que les perseguía, los que plasmaron su arte en las rocas. Sostiene que tuvieron que dedicar bastante más tiempo del que afirma la leyenda, quizá cerca de un siglo, para terminar el conjunto. Y atestigua que su recóndita ubicación no fue fruto de un designio divino sino que respondía al propósito de ocultar los templos a las incursiones musulmanas, entonces muy frecuentes en estas tierras.
A pesar de esta explicación histórica, aún hoy miles etíopes siguen dando plena validez al origen milagroso del más espectacular santuario cristiano de África. Miles de etíopes que cada 19 de enero, cuando se celebra la Epifanía etíope, acuden a esta pequeña localidad para participar de la festividad más importante de su religión. Una festividad protagonizada por sacerdotes y monjes vestidos con coloristas túnicas que concluye con un gran bautismo colectivo.
Sin embargo, que no crea el viajero que la espectacularidad de la ‘Jerusalén africana’ se reduce sólo a estos días. Basta cruzar el umbral de cualquiera de los templos, recorrer los pasadizos excavados en la roca que unen unos y otros, admirar la belleza de sus biblias, escuchar los rítmicos cantos litúrgicos para retroceder en el tiempo sea el día que sea del año. Los suelos siguen cubiertos de paja y ásperas esteras. El mobiliario es escaso. La luz, mortecina. Y los sacerdotes surgen de la penumbra para dar su bendición al recién llegado con una gran cruz que portan en su mano. Estamos en el África más desconocida e ignorada. Estamos en Lalibela, la ‘Jerusalén negra’.
HOJA DE RUTA
Cómo llegar: No hay vuelos directos entre España y Etiopía. No obstante, Alitalia y Egyptair, entre otras, enlazan sus vuelos procedentes de nuestro país en Roma y El Cairo, respectivamente, con los que llevan al país africano.
Cómo moverse. Ethipian Airlines une la capital Addis Abeba, con las principales localidades del país, incluido Lalibela. A la ‘Jerusalén africana’ también se puede llegar por carretera, aunque hay que tener en cuenta que es necesario que el vehículo sea todoterreno, ya que el 80 por ciento de las carreteras del país están sin asfaltar. Conviene, por ello, evitar la época de lluvias.
Documentación. Es necesario tener el pasaporte con una vigencia mínima de seis meses y obtener un visado. Éste se puede tramitar en la Embajada de Etiopía en París (Avda. Charles Floquet, 35. 75007 París).
Todos los derechos reservados © Prohibida la reproducción total o parcial
