Miércoles, 01 de noviembre de 2006
El 20% de la población mundial vive en ciudades consideradas insanas, expuestas a la contaminación de la atmósfera que perjudica sobre todo los niños y los ancianos, además de a los enfermos asmáticos y cardíacos. José Luis Izquierdo Alonso, experto en insuficiencias respiratorias de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), dice que esta situación provoca "un verdadero problema de salud pública".
Según una nota de la SEPAR, el juicio de este neumólogo coincide con el criterio de la OMS que, en su reciente Congreso Internacional de Ciudades Saludables y Ecológicas, cifró en nada menos que 1.200 millones el número de habitantes de planeta que viven "en ciudades donde la contaminación de partículas en suspensión supera los límites recomendados".
Los principales responsables de esta contaminación son los vehículos motorizados, tanto de gasolina como de diesel, que emiten dióxido de nitrógeno, un gas irritante que penetra en las finas ramificaciones de las vías respiratorias. También las industrias y los sistemas de calefacción, que emiten dióxido de azufre, humaredas negras y ozono, contribuyen gravemente a la contaminación urbana, que no sólo afecta a los seres humanos, sino también a la vegetación y a los edificios.
Según estudios del Centro de Epidemiología Medioambiental de Wiscosin (EE.UU), casi el 6% de las admisiones hospitalarias debidas a infartos o crisis cardíacas puede atribuirse al monóxido de carbono procedente de los escapes de los motores de vehículos.
Asimismo, en la literatura médica mundial se recogen episodios históricos de lluvia ácida, como los ocurridos en el Valle de Mosa (Bélgica, 1930), en Donora (Pensilvania, 1948) y en Poza Rica (México, 1950), que demuestran los efectos negativos que tienen en personas predispuestas las concentraciones medias diarias de 1.000 microgramos de dióxido de azufre en el aire urbano.
Pese a todo, dice la nota, la evidencia de que la polución atmosférica entraña un riesgo para la salud no se corresponde con una absoluta certeza científica, aunque se sabe que los ancianos y las personas con una salud más débil son quienes más tienen que perder. El asma y retraso del crecimiento en los niños, así como las bronquitis crónicas en adultos, son otras de las consecuencias de la exposición prolongada a las sustancias contaminantes.
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