las purgas, de una virulencia no vista en años

Patriotismo, desarrollo y represión: Xi Jinping quiere ser el nuevo Mao

El actual Secretario General del PC Chino es el líder más poderoso en varias décadas. Los desafíos ante él son formidables, pero el regreso del culto a la personalidad le garantiza la adhesión de millones

Foto: Un vendedor callejero muestra un souvenir con las fotos de Xi Jinping y Mao Zedong en la plaza de Tiananmen de Pekín, en noviembre de 2013. (Reuters)
Un vendedor callejero muestra un souvenir con las fotos de Xi Jinping y Mao Zedong en la plaza de Tiananmen de Pekín, en noviembre de 2013. (Reuters)

Algunos dicen de él que es un ególatra que no ha dudado en llevarse por delante a críticos y rivales. Otros, que es un líder visionario que convertirá a China en la primera potencia mundial a través de sus reformas políticas y económicas. Él es quien ha reducido las libertades sociales hasta ser comparado con Mao Zedong, pero también el encargado de evitar que el país caiga en una crisis económica devastadora. A pesar de su relevancia, cuatro años después de convertirse en el presidente del país más poblado del mundo, Xi Jinping es aún un gran desconocido.

Hijo de Xi Zhongxun, héroe de guerra expulsado del Partido Comunista en los años 60 y rehabilitado en 1978, Xi no fue aceptado como miembro de la organización hasta 1974. Apoyado en su linaje, su ascenso fue meteórico y, con un discurso moderado, pocos podían anticipar la deriva que el ahora presidente chino tomaría una vez alcanzara su actual posición. Considerado como un líder débil, el nombramiento de Xi como Secretario General del Partido Comunista -la antesala a la presidencia- en 2012 llegó de forma un tanto inesperada, a pesar de que su nombre, junto con el de Li Keqiang como primer ministro, aparecían en la mayoría de las quinielas del XVIII Congreso del Partido Comunista chino, celebrado aquel año.

“La llegada de Xi Jinping al poder supuso una sorpresa para muchos. Aunque pocas veces salen a la luz, las luchas de poder en el seno del Partido Comunista de China son frecuentes. Por un lado está el llamado ‘Círculo Popular’, formado por nombres como Hu Jintao o Li Keqiang, que hicieron su carrera desde la base, y por el otro el de los 'Príncipes Rojos', como el expresidente Jiang Zemin o el propio Xi Jinping, hijos de miembros bien posicionados que utilizan sus influencias para ascender. Estas dos facciones buscan ocupar el mayor número de puestos de relevancia y el nombramiento de Xi en 2012, más allá de la sorpresa, causó cierto temor en las filas del Círculo Popular”, asegura Zhang An, analista política e investigadora de la Universidad Jinan de Guangdong.

Poco se sabía entonces del hombre que, hoy en día, es considerado por muchos como el presidente más poderoso de China desde Mao Zedong y Deng Xiaoping. Para aumentar el misterio sobre su persona, poco antes del cambio de presidente el país, algo que, salvo sorpresa, solo ocurre cada diez años, Xi Jinping desapareció.

Era septiembre de 2012 y, a día de hoy, nadie sabe con exactitud qué ocurrió con el por entonces vicepresidente en aquellos días, a dos meses de su nombramiento. Las teorías van desde una lesión en la espalda mientras hacía natación hasta un hipotético intento de asesinato. Sea lo que fuere, obligó a Xi a cancelar encuentros de alto nivel como los que debía mantener con la entonces Secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, o el presidente de Singapur, Lee Hsien Loong. Tras dos semanas de silencio gubernamental, el mandatario chino apareció una mañana de sábado en Pekín, como si nunca se hubiera marchado, durante una visita a la Universidad de Agricultura de la capital.

Xi Jinping durante un encuentro diplomático en la Gran Sala del Pueblo en Pekín, el 19 de mayo de 2017. (Reuters)
Xi Jinping durante un encuentro diplomático en la Gran Sala del Pueblo en Pekín, el 19 de mayo de 2017. (Reuters)

Los tres pilares de Xi

Lo inesperado de la llegada de Xi al poder fue visto por muchos como un signo de debilidad, algo que el nuevo presidente se encargó de solucionar por la vía rápida para preocupación de gran parte del estamento político chino y de los observadores internacionales. Xi Jinping ha unido desde entonces el poder a su figura, rompiendo con la imagen de gobierno colectivo que emanaba de la élite política china y se alejaba del culto a la persona que había propugnado Mao Zedong.

Además, su campaña anticorrupción, destinada a “limpiar” el Partido Comunista de elementos corruptos o, como apuntan otras voces, “a eliminar a posibles rivales políticos”, ha significado retirar el favor del Gobierno a familias que habían contado con él durante décadas. Por último, su ataque a las libertades individuales en pos de la seguridad nacional y la “armonía social” han llevado a China a detener su lenta pero continua apertura y hecho saltar las alarmas de las organizaciones pro-derechos humanos, que alertan de un regreso “a los años oscuros”.

“El Gobierno ha redactado y promulgado leyes que entrañan graves amenazas para la protección de los derechos humanos. Continúa la oleada de represión contra activistas y abogados [...] y las personas que se dedicaban al activismo han sido sistemáticamente hostigadas, vigiladas, intimidadas, detenidas y recluidas”, recoge Amnistía Internacional en su informe China 2016/2017.

A todo esto se une la doble estrategia de China en lo que a su imagen internacional se refiere. En el exterior, el país quiere demostrar el poder creciente de sus fuerzas armadas, lideradas por el propio Xi, y expandir su influencia económica en un momento en que Estados Unidos parece tambalearse bajo el mandato de Donald Trump. De puertas adentro, el nacionalismo, la creación del llamado “sueño chino” y la exaltación de un patriotismo apoyado en el concepto 'wuwang guochi', que pide “no olvidar las afrentas históricas" que Japón y Occidente han infligido a China, son los ingredientes para “blindar” a la opinión pública ante cualquier crítica que del Gobierno se haga fuera o dentro del país.

“Xi Jinping nunca ha ocultado su deseo de emular a Mao Zedong en algunos aspectos, especialmente en llevar a cabo una versión actualizada de la célebre frase de Mao en 1949: ‘Poner en orden la casa antes de tener invitados’. Desde varios sectores se ha apuntado a la pérdida de la ideología socialista de los gobernantes y parece que Xi quiere reconducir al país por esa senda y hacerlo controlando todos y cada uno de los aspectos del cambio”, explica Zhang.

Un hombre mira unos posters de Xi Jinping en Shanghai, China, en marzo de 2016. (Reuters)
Un hombre mira unos posters de Xi Jinping en Shanghai, China, en marzo de 2016. (Reuters)

¿Vuelta a los principios de Mao?

Los movimientos del presidente chino dentro de su país son vistos con preocupación desde otras latitudes y, aunque se considera improbable, se han establecido paralelismos con la construcción del culto a la personalidad que llevó a cabo Mao Zedong y que desembocó en la Revolución Cultural, una persecución de diez años (1966-1976) contra intelectuales y miembros del Partido, entre ellos el padre de Xi Jinping, acusados de traicionar los ideales revolucionarios y que se saldó con unas cifras que, aunque varían según las fuentes, hablan de dos millones de muertos directamente por las purgas y persecuciones y decenas de millones de damnificados.

El “movimiento de limpieza” llevado a cabo por Mao, según varios analistas, tiene su versión actualizada en la campaña anticorrupción impulsada por Xi desde su llegada al poder y en el tono beligerante del mandatario chino a la hora de abordar cuestiones como los territorios en disputa del Mar Meridional de China o la siempre complicada relación con Japón. En los últimos años, la creación de mecanismos para denunciar de forma anónima a funcionarios corruptos, extranjeros sospechosos de ser espías o activistas contrarios al régimen recuerdan a la época en la que vecinos, compañeros de trabajo e incluso familiares aprovechaban cualquier desencuentro para denunciar a una persona cercana instaurando un “estado del miedo” bajo el mandato de Mao.

Los tentáculos del ‘todopoderoso’ Xi han servido, además, para eliminar a potenciales rivales o elementos críticos. Desde 2013, más de un millón de cargos públicos han sido condenados, con nombres tan relevantes como la estrella, caída en desgracia, del Partido Comunista, Bo Xilai, expulsado del Partido en 2012 por abuso de poder y sentenciado a cadena perpetua en 2013, o Zhou Yongkang, exministro de Seguridad Pública, condenado por soborno, corrupción, abuso de poder y revelación de secretos de Estado en 2015, entre ellos.

En 2016, China se situó en el puesto 79, de un total de 176, en el índice que elabora Transparencia Internacional sobre percepción de la corrupción, y con las cifras mencionadas el ejecutivo chino saca músculo e intenta lavar la cara de una institución, el Partido Comunista, cuyos logros económicos son su única legitimación frente a la sociedad. Sin embargo, hay muchos que siguen viendo en esta campaña una excusa para limpiar el Partido no de corruptos, sino de aquellos que puedan amenazar el liderazgo del actual presidente.

“Los llamados ‘Papeles de Panamá’ revelaron que altos funcionarios, actuales o pasados, del Partido Comunista, tenían empresas en paraísos fiscales, entre ellos un cuñado del actual presidente. Hay una creencia generalizada en que dentro del Partido gran parte de sus miembros son corruptos en mayor o menor medida, por lo que si la estrategia de perseguir la corrupción fuera realmente efectiva, China se quedaría sin políticos”, afirma Xu Mingming, socióloga y profesora de Derecho en la Universidad de Pekín.

Vista del 12º Congreso Nacional del Pueblo en Pekín, el 12 de marzo de 2017. (EFE)
Vista del 12º Congreso Nacional del Pueblo en Pekín, el 12 de marzo de 2017. (EFE)

Las purgas: de la política a la sociedad

La búsqueda de “elementos discordantes” no se ha detenido en la clase política, sino que la sociedad civil china ha experimentado un retroceso en la lenta apertura que había experimentado el país en las últimas décadas. Medios de comunicación nacionales y extranjeros, ONGs, periodistas, activistas pro-derechos humanos e, incluso, los abogados encargados de defenderlos, se han convertido en objeto de control por parte de las autoridades chinas.

El pasado 3 de mayo, el abogado Chen Jiangang fue detenido en la provincia de Yunnan y obligado a conducir con vigilancia más de 3.000 kilómetros hasta Pekín, donde estuvo bajo custodia durante 80 horas. Ese tiempo de detención hizo que el letrado no pudiera acudir al juicio de su cliente, Xie Yang, cuya tortura a manos de la policía china había denunciado el propio Chen meses atrás.

Tras el juicio, Xie Yang repitió una fórmula que se ha hecho bastante popular bajo la administración actual. El acusado posa frente a las cámaras y reconoce que “agentes extranjeros” o de otra índole le han lavado el cerebro, que todas las acusaciones hechas por él contra el gobierno son infundadas y que, por supuesto, en ningún momento ha sido torturado. Este mecanismo, cuyo resultado es emitido por televisión, ha sido utilizado, por ejemplo, con el activista sueco Peter Dahlin o con el editor hongkonés Gui Minhai, quien fue detenido en Tailandia mientras, se cree, preparaba un libro crítico con el presidente chino.

En los últimos años, las detenciones ilegales, las desapariciones y las condenas a aquellos críticos con el régimen se han endurecido hasta límites que no se recordaban desde que China comenzó su “Reforma y Apertura” a finales de los años 70. Internet, la última gran esperanza, también ha sido objeto del exceso de celo chino.

“La acción del gobierno sobre Internet desde hace dos o tres años ha sido espectacular. Cientos de páginas web han sido cerradas por no contar con licencia y la mayoría de redes sociales y servicios requieren un nombre y una identificación reales para registrarse, por lo que se sabe perfectamente quién se encuentra detrás de cada comentario o artículo que se publica. Además, las restricciones para acceder a páginas web extranjeras también han aumentado y el Internet chino se asemeja cada vez más a una gran Intranet”, reconoce Lu Xia, desarrolladora en una empresa de VPN (redes privadas virtuales, utilizadas en China para conectarse como si se estuviera en otro país y así salvar la censura).

Protesta a favor del abogado represaliado Jiang Tianyong en Hong Kong, en diciembre de 2016. (Reuters)
Protesta a favor del abogado represaliado Jiang Tianyong en Hong Kong, en diciembre de 2016. (Reuters)

Control en casa, expansión fuera

Elevar el sentimiento patriótico y terminar con las voces discordantes es la receta que Xi Jinping aplica a nivel nacional. Hacia el exterior, el dirigente chino quiere construir una imagen de país temido en lo militar y deseado en lo económico. En un momento en el que el modelo de la economía china comienza a mostrar signos de agotamiento, sus dirigentes han puesto el foco en la expansión internacional de las empresas chinas y el impulso del consumo interior como claves para mantener la buena salud de un país que, desde comienzos de siglo, ha multiplicado por siete su PIB y mantenido el mismo en porcentajes de crecimiento cercanos al diez por ciento entre los años 2003 y 2011. Para 2017, y de cumplirse las previsiones, China crecerá por debajo del 7%, cifras modestas para el gigante asiático.

Entre otras, Xi Jinping ha presentado su iniciativa “La Franja y la Ruta” como proyecto estrella para la expansión hacia el Oeste. Con una notable presencia en África, donde el comercio y los proyectos conjuntos con naciones como Guinea Ecuatorial, Angola o Congo crecen de manera exponencial, o en América Latina, donde Brasil, Chile o Bolivia son importantes socios comerciales de Pekín, el ejecutivo chino busca ir un paso más allá.

Enarbolando la bandera del “desarrollo y el beneficio conjunto”, China ha resucitado la idea de la antigua Ruta de la Seda para diseñar un proyecto que afectará, según las estimaciones de Tian Guoli, presidente del Banco de China, a 4.400 millones de personas en 65 países. Con este plan, Pekín, con Xi Jinping a la cabeza, busca dar oxígeno a su economía al tiempo que extiende su influencia por África, Europa y América Latina.

“La idea de la Franja y la Ruta supone un desafío en lo económico pero también una oportunidad inmejorable para que China conecte, de manera definitiva, el éxito de su desarrollo al de las economías de otros países. Asimismo, es una gran oportunidad de consolidar a China como la principal potencia mundial en un momento en el que la Unión Europea atraviesa una crisis de modelo y busca qué camino seguir y Estados Unidos vive un periodo de incertidumbre tras el resultado de las elecciones”, comenta Chang Longwei, economista.

Xi Jinping, si se cumple la tradición, permanecerá en el poder hasta el año 2022. Sin embargo, son varias las voces a que apuntan a que el mandato del presidente chino podría, incluso, ir más allá. Con una parte importante de la población apoyando sin fisuras a su líder mientras dure la bonanza económica y una comunidad internacional que condena cada vez con menos fuerza los atropellos contra los derechos humanos que se cometen dentro del país, el dirigente chino sigue quemando etapas en su plan de convertir al país en la primera potencia mundial y, en lo personal, llegar a ser el líder más poderoso en la historia de China.

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