MÁS SOMBRAS QUE LUCES en el inicio presidencial

Donald Trump en la Casa Blanca: 100 días de caos y aprendizaje

El estándar establecido por Franklin D. Roosevelt sigue siendo el baremo por el que se mide cuán prometedor es un mandato presidencial. Trump no ha logrado evitar que su popularidad siga cayendo

Foto: Donald Trump jura el cargo como presidente de los Estados Unidos en Washington, el 20 de enero de 2017. (Reuters)
Donald Trump jura el cargo como presidente de los Estados Unidos en Washington, el 20 de enero de 2017. (Reuters)

Donald Trump se presenta hoy a examen, un examen informal, simbólico, posiblemente injusto. Los medios de comunicación ejercen de tribunal para analizar los primeros 100 días de un presidente amigo de la incertidumbre, sin experiencia pública previa, y salvajemente impopular. 100 días de ensayo y error, vaivenes y funambulismo.

Su mandato comenzó bajo la lluvia un lejano 20 de enero. Donald Trump surgió de entre las figuras del establishment, al pie del Capitolio, para luego arrasarlas en un discurso abrupto. Desde entonces ha practicado equilibrios entre la llamarada populista que le dio el poder y una agenda conservadora al uso. El resultado son una cincuentena de leyes y decretos de superficie, tres de ellos bloqueados por la justicia, una administración semivacía (queda por nombrar al 90% de los cargos clave), abundante en filtraciones y disputas internas, y con todas las reformas de calado, aún, en el tintero.

“No es como ninguna de las presidencias que hemos visto desde la Segunda Guerra Mundial”, dice a El Confidencial Cary Covington, profesor asociado de ciencias políticas en la Universidad de Iowa. “Se ha distanciado de aliados americanos importantes, cuando la mayoría de los presidentes pasan sus primeros meses tranquilizándolos. Y se la jugó, cosa que otros presidentes no hacen tan pronto, intentando aprobar una importante ley y fallando totalmente”, añade, en referencia a la contrarreforma sanitaria. “Una de las cosas más sorprendentes es su falta de popularidad. La mayoría de los presidentes pasan por una ‘luna de miel’, pero él ha tenido un rechazo del 50% desde el día en que juró el cargo. Es muy inusual”.

Covington cree que la única manera que tiene Trump de llegar a los estadounidenses que le rechazan es “crear un gran número de empleos” y estimular la economía. “Pero si los primeros tres meses son una indicación, no creo que tenga una forma de atraer a los votantes que ya han decidido que el presidente está haciendo un mal trabajo”.

Donald Trump firma una orden ejecutiva en el Departamento de Asuntos de Veteranos de Guerra, en Washington, el 27 de abril de 2017. (Reuters)
Donald Trump firma una orden ejecutiva en el Departamento de Asuntos de Veteranos de Guerra, en Washington, el 27 de abril de 2017. (Reuters)

"Demasiadas cosas en poco tiempo"

El profesor Richard Benedetto, experto en política presidencial de la American University, matiza las críticas. “El presidente tiene poca experiencia política y ha intentado hacer demasiadas cosas en demasiado poco tiempo”, explica por correo electrónico. “Si hubiese entendido mejor el sistema político, se habría dado cuenta de que la estructura de gobierno en EEUU fue diseñada para funcionar de manera lenta y considerada. Es un principio que ni siquiera entienden los medios de comunicación”.

Benedetto ve indicios de que Donald Trump está “aprendiendo sobre la marcha”. “Parece que ha encontrado una voz en política exterior, donde los presidentes tienen una autonomía considerablemente mayor, y también ha usado el ejército para enviar mensajes. Sus propuestas fiscales parecen más en línea con la tradición”.

El bombardeo a una base militar siria, como respuesta a un ataque químico sobre población civil, ha sido por ahora su momento decisivo. Uno de esos golpes inesperados que retuercen la opinión pública como si fuera un chicle. En el plazo de unas horas, 59 misiles Tomahawk anularon su retórica de campaña, opuesta al intervencionismo; truncaron la potencial amistad con Rusia y le granjearon el apoyo casi unánime de republicanos y demócratas, mientras sus seguidores extremistas le daban la espalda.

Es la dimensión intangible de un hombre obsesionado por las apariencias, que, a veces, también cuentan como política. A pesar de que Donald Trump no ha lanzado ninguna reforma migratoria, de que el muro con México sigue siendo un proyecto y de que sus decretos para limitar los viajes desde siete países musulmanes han sido bloqueados por la justicia, la inmigración a EEUU ha descendido: tanto la legal como la ilegal.

Las detenciones en la frontera del sur han pasado de 40.000 al mes, de media, en 2016, a 12.193 el pasado marzo, lo que refleja un descenso en los intentos de cruzar. La admisión de refugiados ha caído un 80% desde el pasado otoño y las peticiones de la visa de trabajo H1B han descendido por primera vez desde 2013.

El senador Ron Johnson habla con el secretario de Seguridad Interior John Kelly y un agente de la patrulla fronteriza durante una visita a la valla con México en San Diego, California, el 21 de abril de 2017. (Reuters)
El senador Ron Johnson habla con el secretario de Seguridad Interior John Kelly y un agente de la patrulla fronteriza durante una visita a la valla con México en San Diego, California, el 21 de abril de 2017. (Reuters)

¿Un estándar ridículo?

Por eso, aunque los tachara de “estándar ridículo”, estos 100 primeros días cuentan en la agenda de Trump, que sólo esta semana ha presentado el plan de reforma fiscal, ha querido incluir el muro con México en los presupuestos e intenta nuevos asaltos contra la ley sanitaria “Obamacare”. Como si quisiera acercarse al listón que él mismo se puso en campaña, cuando prometió aprobar estas leyes nada más ocupar el cargo.

La marca de los 100 días fue patentada por el presidente Franklin D. Roosevelt. Estados Unidos, sumido en la Gran Depresión, estaba sediento de medidas drásticas, y Roosevelt respondió con 76 leyes en 100 días; una reforma, el New Deal, que transformaría para siempre el Gobierno de EEUU y sentaría un canon de actividad.

Desde entonces a muchos presidentes les molesta este estándar. John F. Kennedy explicó que su impacto presidencial no se podría medir en 100 días, ni en 10 años, y ni siquiera en la duración de una vida, o puede que nunca. Otros casi no llegan a cumplir esta marca. Ronald Reagan alojó un balazo en el pecho cuando llevaba 69 días en el poder; encamado, firmó algunas leyes en el hospital.

El caso más trágico fue el de William H. Harrison, investido presidente en 1841. Orgulloso héroe de guerra, Harrison insistió en dar su discurso de investidura sin abrigo ni sombrero, pese al frío que hacía ese día en Washington. Llegó al Capitolio montado en su caballo y pronunció el discurso inaugural más largo de la historia: casi dos horas. Enfermó de neumonía y murió 31 días después.

“Trump llegó al Gobierno con el índice de aprobación más bajo de un presidente, y ha continuado bajo los primeros cien días”, declara el profesor Benedetto. “Dos cosas sí sabe: una buena economía es la clave de la reelección. Él ha estado trabajando en ello, como muestran sus recientes propuestas fiscales y el esfuerzo para moderar la regulación a las empresas. Y sabe que la seguridad nacional es la clave en unas elecciones (…). Tiene mucho tiempo para apuntarse tantos. 2020 aún queda muy lejos”.

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