fuertemente cuestionado, con eficacia limitada y amenazas de ruptura

El acuerdo UE-Turquía, en vilo

Un año después de la firma del acuerdo, las críticas llegan de organizaciones defensoras de los derechos humanos, las autoridades turcas o los gobiernos europeos que desconfían de Ankara

Foto: Las banderas de la Unión Europea y Turquía, junto a un hotel de Estambul. (Reuters)
Las banderas de la Unión Europea y Turquía, junto a un hotel de Estambul. (Reuters)

“Tenemos un acuerdo. Pero si queréis, cada mes abrimos el camino a 15.000 refugiados y perdéis la cabeza”. La amenaza va dirigida a la Unión Europea. Y la firma nada menos que el ministro de Interior de Turquía, Süleyman Soylu, en la víspera del aniversario del acuerdo de readmisión de migrantes y refugiados firmado por ambas partes ha cumplido este sábado un año.

Tras doce meses de dudosos éxitos, las críticas llegan de frentes tan diversos como las organizaciones defensoras de los derechos humanos, las autoridades turcas o los gobiernos europeos que desconfían de Ankara. Pero Bruselas y, muy especialmente, Berlín siguen defendiéndolo como una alternativa realista que ha frenado la llegada de refugiados por mar, tratando se sortear las tensiones que amenazan con romperlo.

Frenar a los refugiados

El acuerdo estableció que Ankara aceptaría recibir de vuelta a refugiados que hubieran llegado hasta Grecia desde Turquía, país que la UE declaró “seguro” para los huidos de Siria. Por cada uno de los deportados, la Unión acogería a un refugiado por la vía legal. Un intercambio. Además, se comprometió a hacer llegar a su vecino 6.000 millones de euros, a revitalizar las sempiternas negociaciones para la entrada del país en el club comunitario y a conceder la exención de visados a los ciudadanos turcos.

Varios niños esperan la llegada de oficiales en un campamento turco. (Reuters)
Varios niños esperan la llegada de oficiales en un campamento turco. (Reuters)

Doce meses después, ningún refugiado sirio ha sido retornado a Turquía -aunque 960 personas sí han regresado de manera voluntaria tras denegársele el asilo-, la situación de los 60.000 refugiados bloqueados ha convertido a Grecia en el gran campo de refugiados de Europa, el dinero europeo no termina de fluir al ritmo esperado hacia los proyectos dedicados a atender las necesidades de los refugiados que están en suelo turco, no hay liberalización de visados y las negociaciones de adhesión siguen estancadas.

El mayor logro del acuerdo ha sido frenar las llegadas por mar. “Esto ya es un éxito”, según el portavoz del Ministerio de Interior germano, Tobias Plate. Éste recalca que las llegadas irregulares a las islas griegas desde Turquía se han reducido a "unas pocas decenas" diarias, con días en las que nadie alcanza las costas helenas. Una importante diferencia respecto a las más de 2.000 que ACNUR calcula que desembarcaron en febrero de 2016, justo antes de que se comenzara a aplicar el acuerdo.

El acuerdo firmado con Turquía establecía que, por cada uno de los deportados, la Unión acogería a un refugiado por la vía legal. Un intercambio

Pese a sus deficiencias, la fórmula ha convencido tanto que se estudia aplicarla también con Egipto y con Libia. Aunque la falta de control de Trípoli sobre el territorio libio complica hasta el imposible que se logre cerrar la conocida como ruta del Mediterráneo Central, la que utiliza el 90 % de las personas que tratan de llegar a Europa. La Comisión Europea calcula que en 2016 unos 181.000 migrantes y refugiados llegaron a las costas italianas por este camino, uno de los más mortíferos, donde se estima que un “número récord” de personas se dejaron la vida el año pasado.

Turquía, el gendarme de Europa

"Fue una política errónea poner nuestra seguridad en manos de Turquía”. Así de tajante se ha mostrado el primer ministro húngaro, el conservador Viktor Orban, uno de los críticos internos del acuerdo. El hombre que en plena crisis migratoria decidió levantar alambradas para detener a los centenares de miles de refugiados que querían cruzar hacia otros países, como Austria y Alemania, mantiene su apuesta por fortificar su frontera meridional, por si Turquía decide cumplir sus amenazas y hace saltar el acuerdo por los aires. Y por mostrar mano dura con los migrantes que entren ilegalmente, a los que desde este mes detiene de manera sistemática, tengan o no derecho a asilo.

Mientras los socios europeos se convencen de la necesidad de reforzar su cooperación en seguridad y defensa, con el acento puesto en la protección de las fronteras exteriores, Ankara tiene en sus manos un modo de presionar a una UE que no quiere reabrir un nuevo frente -que tensa siempre las relaciones entre los cuatro de Visegrado y el resto de socios- en un momento en el que se enfrenta al inminente Brexit y a su aún incierto futuro a Veintisiete. La cuestión es especialmente delicada para Angela Merkel, que se encuentra a seis meses de unas elecciones en las que se ve presionada por el ascenso del candidato socialista, Martin Schulz. La canciller no quiere remover las aguas del pantano que más apoyo le ha hecho perder en Alemania.

En esta situación, la UE “está dando legitimidad a un régimen cada vez más autocrático, cada vez más envalentonado, al que se ha criticado mucho menos de lo que debieras por miedo a que inunde la UE de refugiados”, lamenta la investigadora de The U.S. / Middle East Project, Itxaso Domínguez. Un punto muy criticado también por los defensores de los derechos humanos, que se llevan las manos a la cabeza ante la tibia respuesta europea a la purga iniciada tras el fallido golpe de Estado turco o los constantes envites a la libertad de prensa.

“Nazis” vs “islamistas”

El acuerdo migratorio tampoco ha contribuido a acercar a ambas partes, sino todo lo contrario. “Ha envenenado las relaciones”, explica a El Confidencial Laura Batalla, Secretaria General del grupo de Amistad con Turquía en el Parlamento Europeo. Tras más de treinta años de aspiraciones comunitarias de Turquía y dos décadas de negociaciones sin apenas avances, Turquía y la Unión Europea se acercan a un momento decisivo.

El presidente turco Tayyip Erdogan, en un acto celebrado en Eskisehir. (Reuters)
El presidente turco Tayyip Erdogan, en un acto celebrado en Eskisehir. (Reuters)

"Han empezado una cruzada, no hay otra explicación. Europa se acerca a los tiempos de antes de la II Guerra Mundial”, según el presidente turco, el islamista Recep Tayyip Erdogan. Ankara tampoco ha dudado de calificar de “nazis” el rechazo de Holanda y Alemania a que ministros turcos hagan campaña en sus países para el referéndum por la reforma constitucional convocado en Turquía el 16 de abril que entregaría todo el poder ejecutivo al presidente, es decir, a Erdogan. Una banalización que ha caído como una jarra de agua fría en Europa.

El ruido que ha creado este los cruces de declaraciones cubre en parte el verdadero motivo de preocupación en la UE: la reforma constitucional. Por ello, el referéndum “marcará un antes y un después”, explica Batalla. El motivo es que, a los ojos de la Comisión de Venecia, si Erdogan gana el país pasará a ser un régimen autocrático de facto. Con lo que se terminaría por cerrar esa puerta, bloqueada pero que aún deja pasar un hilo de luz, de aire, entre la Unión y Turquía.

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