DE IRÁN A CUBA, PASANDO POR EXTREMO ORIENTE

Cómo la UE puede beneficiarse comercialmente del 'America First' de Trump

El nuevo aislacionismo de EEUU y la retirada y renegociación de acuerdos comerciales abren una ventana de oportunidad para otras potencias como la Unión Europea. Salvando las distancias, claro

Foto: Caídas en la bolsa de Tokio, arrastrada por el proteccionismo decretado por el presidente Trump, el pasado 24 de enero de 2017 (EFE)
Caídas en la bolsa de Tokio, arrastrada por el proteccionismo decretado por el presidente Trump, el pasado 24 de enero de 2017 (EFE)

La política comercial de Donald Trump va camino de no dejar títere con cabeza. Si cumple lo que dice, el primer mandato del nuevo inquilino de la Casa Blanca va a dejar una larga lista de damnificados en la cuneta. Pero al mismo tiempo, eso está abriendo la puerta a nuevas oportunidades para la Unión Europea en Asia, Latinoamérica y Oriente Medio.

Antes de cumplir sus primeros 100 días, Trump ha enterrado el Acuerdo Transpacífico (TPP) que iba a integrar los mercados de los países ribereños del Océano Pacífico (con la clamorosa excepción de China, a quien se esperaba arrinconar y contener de esta manera). También ha eliminado cualquier posibilidad de pacto de libre comercio entre la Unión Europea y su país, al mismo tiempo que intenta explotar las fracturas internas del Viejo Continente. Está iniciando el proceso de revisión del NAFTA, el tratado que ha integrado comercialmente a Estados Unidos, Canadá y México. Por último, ha disparado declaraciones incendiarias contra la Organización Mundial de Comercio (dando orden, además, de puentearla en lo posible), contra Cuba, contra Irán y, sobre todo, contra China y México.

Para empezar, la revocación de la Asociación Transpacífica y la revisión de la estrategia del "giro a Asia" significan que Corea del Sur y los países de la región que tienen disputas territoriales con China (Japón, Taiwán, Malasia, Islas Filipinas, Vietnam y Brunéi) seguirán dependiendo enormemente de un gigante asiático que dictará, cada vez más, las normas de su vecindario. Eso explica, por ejemplo, los rapidísimos movimientos del primer ministro nipón, Shinzo Abe, a la hora de apoyar al nuevo presidente estadounidense.

En segundo lugar, la eliminación de la posibilidad de un pacto de libre comercio con Europa (TTIP), junto al modo en el que está procurándole a Londres artillería para negociar su Brexit (apoyando su salida y prometiéndole una relación comercial privilegiada), reducen considerablemente las opciones de que Bruselas y Washington puedan coordinarse para imponer a China y al resto del mundo su propia agenda para las instituciones globales. Sin el consenso transatlántico, difícilmente continuarán expandiéndose la globalización liberal y la transformación democrática que supone en muchos casos.

Pero la agenda occidental se va resquebrajar no sólo por ese debilitamiento del consenso transatlántico, sino también por el impacto de las declaraciones incendiarias y las decisiones que tome el nuevo presidente americano en contra de la Organización Mundial del Comercio. Como candidato, Trump ya amenazó con la posible retirada de Estados Unidos de la OMC y anunció que impondría unos aranceles a los productos chinos y mexicanos absolutamente prohibidos por la legalidad internacional. Como jefe del Estado, ha seguido amenazando con tasas ilegales a México y Pekín al mismo tiempo que daba la orden de buscar fórmulas para puentear los mecanismos de sanción y supervisión de la OMC. A las malas relaciones con México y China, se añaden ahora la tensión con el resto de sus principales socios comerciales y la desconfianza con la que ha tratado últimamente a países como Cuba e Irán.

Productos iraníes expuestos durante la feria "Presentación de Irán" en Roma, Italia, el 22 de noviembre de 2016 (Reuters)
Productos iraníes expuestos durante la feria "Presentación de Irán" en Roma, Italia, el 22 de noviembre de 2016 (Reuters)

Grietas en el orden mundial

México destaca, muy especialmente, entre los países más atacados por la retórica de Trump, y también por sus acciones. Aunque buena parte de sus comentarios suelen ser un ejercicio de pirotecnia tuitera y relaciones públicas, la situación con el país azteca es muy diferente. Ha iniciado las gestiones para construir el humillante muro que separará si país de su vecino del sur, ha presionado para forzar la salida de las multinacionales estadounidenses que fabrican en México para dar servicio a los consumidores de la primera potencia mundial y, finalmente, ha dado el pistoletazo de salida a la revisión del acuerdo de libre comercio de Norteamérica (NAFTA) con el evidente objetivo de empeorar las condiciones de México.

Una de las grandes preguntas del momento es si todas estas convulsiones se concretarán en un profundo vacío de poder que otra gran potencia, como la Unión Europea, esté en condiciones de aprovechar y llenar para su beneficio. La respuesta es un ‘sí’ con muchos matices. Por ejemplo, la UE ha dado muestras, en las últimas semanas, de que desea ocupar el lugar que había conseguido Estados Unidos con la Asociación Transpacífica. Bruselas está intentando seducir a diez de los doce firmantes de ese tratado de libre comercio y algunas de estas conversaciones son nuevas (es verdad que la mayoría llevan meses e incluso años fraguándose).

Jordi Bacaria, catedrático de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Barcelona y director del think tank CIDOB, cree que el Viejo Continente “puede aprovechar la oportunidad cerrando acuerdos con los países del Pacífico y, muy especialmente, con Japón”. Al mismo tiempo, advierte, “ocupar el lugar de la primera potencia mundial exigiría un poder militar y un despliegue de tropas en Asia de los que Europa carece”.

Esa debilidad militar comunitaria y su falta de presencia en Asia no se van a resolver ni a corto ni a medio plazo. Como recuerda Ángel Saz-Carranza, director de ESADEgeo, la UE “lleva quince años negociando”, con muy poco éxito, el incremento de las partidas de Defensa de los presupuestos públicos y una mejor coordinación de los ejércitos de los Estados miembros. Aunque hubiese auténtica voluntad política, la deuda de los países no deja mucho margen de maniobra en estos momentos y las prioridades en Siria, Rusia, Turquía o Ucrania imponen que cualquier despliegue se produzca antes en el vecindario europeo que, por ejemplo, en el Mar del Sur de China.

De todos modos, es verdad que el nacionalismo unilateralista de Donald Trump libera espacio para que la UE y China jueguen un papel de ‘actores responsables’ a la hora de defender la legalidad internacional que encarna la Organización Mundial del Comercio. Sin embargo, apunta Federico Steinberg, analista senior del Real Instituto Elcano, “hay que reconocer que el orden internacional que conocemos probablemente no resistiría si su arquitecto, Estados Unidos, le diera la espalda”.

Dicho de otra forma, si Washington se conforma con unas pocas escamaruzas con la OMC y un puñado de frases altisonantes, entonces Europa podría sacar provecho de las ‘travesuras’ de la primera potencia mundial… pero si Washington rompe la baraja, apunta Steinberg, “el orden internacional quedaría desacreditado y no sabemos honestamente qué podría pasar… pero no le beneficiaría a nadie y a Europa tampoco”.

Un camión cruza la frontera entre México y EEUU en Nuevo Laredo, el 28 de enero de 2017 (Reuters)
Un camión cruza la frontera entre México y EEUU en Nuevo Laredo, el 28 de enero de 2017 (Reuters)

México pierde su brillo

La revisión del NAFTA para perjudicar a México abre otra ventana de (ambigua) oportunidad a la Unión Europea. Jordi Bacaria, del CIDOB, señala que, por un lado, “México se ve obligado a diversificar en serio los destinos de sus exportaciones y ha empezado a negociar la actualización del tratado comercial que firmó con la UE hace 15 años”. Por otro lado, sin embargo, sigue, “uno de los principales atractivos de México para la UE es que es una puerta de entrada privilegiada para exportar a Estados Unidos”. Irónicamente, si la Casa Blanca obliga a diversificar al país azteca y éste decide apostar por el bloque comunitario como su pareja de baile, entonces es probable que el bloque comunitario se lo piense dos veces.

Si al vecino del sur le han caído como bofetadas los ataques de Trump, se puede decir algo parecido de China y, en menor medida, de Irán o Cuba. Ese repunte de la tensión puede ser un caldo de cultivo interesante para la intervención europea.

De hecho, Pablo García Estévez, profesor del Colegio Universitario de Estudios Financieros (CUNEF), cree que “China y Europa van a fortalecer sus relaciones en un contexto así”. Pekín lleva años negociando con Bruselas un tratado de intercambios e inversiones que podría terminar convirtiéndose en un tratado de libre comercio. Todo parece apuntar a que las conversaciones se venían intensificando desde antes de la sucesión de Barack Obama. Es posible que las amenazas con aranceles del 45% al gigante asiático y las intrigas con el Brexit para favorecer a Londres se conviertan en incentivos para que China y la UE lleguen a un acuerdo.

¿Ocurrirá lo mismo con Cuba e Irán? Aquí las opiniones de los expertos están más divididas. Ángel Saz-Carranza, director de ESADEgeo, no cree que Bruselas deba iniciar un acercamiento, en ningún caso, sin el permiso de los estadounidenses. Jordi Bacaria, de CIDOB, opina que “acercarse a Irán es peligroso fuera del marco de la ONU”, pero que “hay espacio para un acuerdo comercial y de cooperación entre la Unión Europea y Cuba siempre que no toque aspectos políticos”. Federico Steinberg, del Real Instituto Elcano, apuesta por “acercarse a Cuba gradualmente” y por evitar a Irán “porque, además de los otros problemas, los acuerdos de libre comercio no incluyen el petróleo y ésa es la partida que más puede interesarle a Europa”.

Es posible que Estados Unidos, con el sorprendente liderazgo de Trump, esté creando oportunidades para el Viejo Continente, pero es difícil saber si las amenazas serán mayores o si la UE tendrá margen de maniobra y habilidad para jugar bien sus cartas. El ascenso del populismo en Francia y Holanda, el debilitamiento de Angela Merkel, la ruptura que supone el Brexit, el fracaso del TTIP o la defunción que ha estado a punto de sufrir el pacto de libre comercio con Canadá no anticipan un camino fácil para firmar nuevos acuerdos comerciales. Incluso si llegaran a firmarse, algunos de ellos tendría que ratificarlos los parlamentos de países miembros. El éxito es mucho más que incierto.

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