CHINA APROVECHA EL VACÍO QUE DEJA EEUU EN LA ZONA

Trump está destruyendo la 'doctrina Obama' en Asia a marchas forzadas

El presidente saliente de EEUU ha dedicado ocho años a dar un "giro hacia Asia" en la política exterior estadounidense. Su sucesor está desmantelando su legado con unos pocos gestos

Foto: Ilustración de Donald Trump en un diario local, semicubierta por la bandera taiwanesa, en Taipei, el 12 de diciembre de 2016. (EFE)
Ilustración de Donald Trump en un diario local, semicubierta por la bandera taiwanesa, en Taipei, el 12 de diciembre de 2016. (EFE)

A Barack Obama le habría gustado que en política exterior el legado definitivo de su presidencia, más que el acercamiento a Cuba o el acuerdo nuclear con Irán, hubiese sido el "giro a Asia", la reorientación de los intereses de Estados Unidos hacia el Pacífico, la región que económica y políticamente está llamada a definir el siglo XXI. El presidente saliente siempre consideró que la necesidad de prestar atención a teatros como Libia, Siria, Afganistán o Irak eran incordios que le distraían de su verdadero objetivo, al que dedicó enormes esfuerzos.

Pero Obama no contaba con que su sucesor sería nada menos que Donald Trump, un individuo que ha basado parte de su campaña en la hostilidad hacia una China a la que acusa de haber destruido la economía estadounidense, pero que está yendo aún más lejos, hasta el punto de desmantelar a marchas forzadas la política cuidadosamente establecida por su antecesor. Por ejemplo, mientras Obama ha ordenado congelar la venta de armamento a la policía de Filipinas como respuesta a la brutal “guerra contra las drogas” lanzada por el presidente Rodrigo Duterte —que ha provocado más de 4.500 muertes en cinco meses—, este asegura haber recibido una larga llamada de Trump en la que le alababa por ella. El estadounidense no lo ha desmentido.

Trump también ha dicho que países como Japón y Corea del Sur, que alojan importantes contingentes militares estadounidenses, deberían hacer más para defenderse por sí mismos, lo que ha provocado inquietud en Tokio y Seúl. Pero el último episodio de alcance ocurrió este fin de semana, cuando el presidente electo estadounidense, en una entrevista con Fox News, aseguró que no veía motivos para continuar con la política que Estados Unidos ha mantenido hacia China y Taiwán en los últimos 40 años: la llamada 'doctrina de una sola China', que establece que Taiwán es considerada de forma oficial parte de la misma nación que la China continental, un conflicto sin resolver en el que solo existe un asiento para la República de China en las Naciones Unidas, que hasta 1971 ocuparon los taiwaneses.

“Comprendo totalmente la política de 'una China', pero no sé por qué tenemos que estar atados por ella, a menos que hagamos un trato con China relacionado con otras cosas, incluido el comercio”, declaró Trump. Las autoridades chinas han reaccionado con firmeza ante estos comentarios. “Quiero destacar que la cuestión de Taiwán tiene un peso en la soberanía y la integridad territorial de China”, aseguró ayer Geng Shuang, portavoz del Ministerio de Exteriores chino. “La adhesión al principio de 'una China' es el pilar político del desarrollo de las relaciones entre China y EEUU. Si es puesta en riesgo o cuestionada, el crecimiento seguro y continuado de dicha relación bilateral, así como la cooperación bilateral en áreas importantes, quedarían totalmente descartados”, añadió.

Probablemente Trump —de quien las autoridades chinas afirman que es “tan ignorante como un niño” en materia de relaciones internacionales— ha subestimado la importancia que China otorga a este asunto. O bien podría estar influido por la 'conexión taiwanesa' de varios de sus asesores, que se alinean firmemente con Taipei en su desencuentro con Pekín. Pero la razón principal parece ser económica: la obsesión de que China es en gran parte responsable de un supuesto declive de la grandeza estadounidense.

En ese contexto, parece casi contradictorio que una de las principales medidas del nuevo presidente contrarias a la 'doctrina Obama' en Asia haya sido anunciar la retirada estadounidense del Acuerdo Trans-Pacífico (TPP), el mayor tratado comercial de la historia entre una docena de estados que, en conjunto, suman casi el 40% del PIB del planeta. Un análisis del Instituto Peterson para la Economía Internacional calcula que para EEUU, el TPP supondría un incremento de ingresos por valor de 131 millones de dólares para 2030, y un crecimiento de las exportaciones de 357.000 millones de dólares. China, en cambio, se oponía férreamente a ello. A mediados de noviembre, la agencia de noticias oficial china lo calificaba de “brazo económico de la estrategia geopolítica de la Administración Obama para asegurar que Washington sea el gobernante supremo de la región”.

Los líderes mundiales participantes en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico celebrado en Perú el pasado noviembre. (Reuters)
Los líderes mundiales participantes en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico celebrado en Perú el pasado noviembre. (Reuters)

"Vuestra credibilidad como aliado"

Sea como fuere, el acuerdo señalaba de forma inequívoca el compromiso estadounidense en la región. “Con el 'giro asiático' de Obama y el impulso al TPP, EEUU quería enfatizar y reforzar su presencia en Asia Oriental entendiéndola como un área prioritaria, tanto como lo que supone en sí misma como en relación a la emergencia de China, como un signo de compromiso hacia sus aliados en la zona. Iba a actuar de forma proactiva en la región, en señal de apoyo a aquellos que ven el ascenso de China como una amenaza”, explica Mario Esteban, investigador principal de Asia-Pacífico del Real Instituto Elcano.

En ese sentido, la retirada del TPP supone un torpedo al liderazgo de EEUU en la región. Como le expuso el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, a Trump: “[Lo que está en juego] Es vuestra credibilidad como aliado. ¿Cómo puede alguien seguir creyendo en vosotros?”. En el marco del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico celebrado en Perú, Lee insistió: “Si al final, mientras esperamos en el altar, la novia no llega, creo que la gente va a estar muy dolida”.

En el mismo sentido se expresaba el angustiado primer ministro japonés, Shinzo Abe, uno de los que más se han expuesto políticamente en su propio país en defensa de un tratado en el que inicialmente no creía: “El éxito o el fracaso [del TPP] marcará la dirección del sistema de libre comercio global y del entorno estratégico en Asia-Pacífico”.

“La retirada del TPP no es el detonante de una nueva situación, pero sí que es el indicio de una nueva política de Washington para Asia-Pacífico, que a mi modo de ver la interpreta en clave interna y debilita el papel de EEUU como actor principal en la región”, opina Oriol Farrés, asistente de investigación de temas asiáticos del Centro de Barcelona para Asuntos Internacionales (Cidob). “El fracaso del TPP es el fracaso de una geometría que deliberadamente excluía a China y que, en cierto modo, promovía una lógica confrontacional: tomar posiciones frente al ascenso comercial de China y, por ejemplo, intentar sentar las bases y dar forma a la gobernanza comercial: qué estándares, que regulaciones...”, comenta.

Como apuntaba el analista J. Berkshire Miller, experto en Asia Oriental del Consejo de Relaciones Exteriores de EEUU, en un reciente artículo en la revista 'Foreign Policy', “muchos de estos compromisos de reforma tenían un alto coste político para los aliados estadounidenses, como Japón, y para amigos emergentes en la región como Vietnam, a quienes ahora se deja con la decisión de si abandonan un acuerdo en el que han invertido mucho tiempo y capital, o aceptar un 'casi TPP' sin Estados Unidos a la vista”. Así, el Acuerdo Trans-Pacífico “era importante porque apuntaba a relaciones menos establecidas en el Sudeste asiático con estados emergentes clave como Vietnam y Malasia”.

Estos dos países, por ejemplo, “veían en el TPP una oportunidad de ver eliminados los aranceles de algunos sectores exportadores clave”, indica Farrés, quien cree que el TPP aún podría salir adelante sin la participación estadounidense, pero “perdería una de las bazas principales en juego, como es el libre acceso al mercado norteamericano”.

Un soldado filipino patrulla una playa de la isla Pagasa, en las Spratly, en mayo de 2015. (Reuters)
Un soldado filipino patrulla una playa de la isla Pagasa, en las Spratly, en mayo de 2015. (Reuters)

No solo gana China

En ese sentido, escribía Miller, “el comercio era el punto unificador efectivo para muchos estados que anhelaban lazos más fuertes con Washington pero no querían unirse plenamente a un bloque de contención de China”, como es el caso de países como Filipinas y Tailandia, que sin formar parte del TPP son aliados formales de EEUU en la región. Sin embargo, añade, “estas relaciones son frágiles y se han convertido en el talón de Aquiles de la red de seguridad de Washington en la zona, debido a la emergencia de políticas de liderazgo autoritario en ambos países”. Tanto Filipinas como la junta militar tailandesa han expresado su deseo de mejorar sus relaciones con China.

Así pues, lo que abandona Washington en la región, ¿lo gana Pekín? Así parece, al menos en el terreno comercial. “Al no participar China en el TPP, si este se hubiese firmado, el efecto de desvío económico habría afectado al comercio chino. Ahora, no solo es que China no vaya a sufrir esa penalización sobre su comercio, sino que es la señal de que EEUU es un actor más aislacionista y por tanto menos atractivo para los países de la región, y abre espacio para el crecimiento de la influencia china”, sostiene Esteban.

“Es de prever que China mueva ficha e intente copar el espacio central que EEUU había logrado y del que ahora se retira”, cree Farrés. “Pekín ya ha tenido éxitos en el terreno económico —baste citar la creación del Banco Asiático de Infraestructura e Inversión—, y es poco probable que deje escapar la oportunidad de promover ahora una nueva estructura comercial en su entorno, dando impulso por ejemplo a la propuesta alternativa ya existente, el foro de Asociación Económica Exhaustiva Regional [o RECP, por sus siglas en inglés], que excluye a EEUU”, subraya.

El panorama político, en cambio, es menos claro. “De momento, sabemos lo que va a perder EEUU, pero aún está por ver la capacidad de China de llenar el vacío con propuestas”, comenta Farrés. “La geopolítica asiática es compleja y tiende a buscar permanente una jerarquía, por lo que cualquier mutación del peso y lugar de los actores desencadenada un conjunto de ajustes y toma de nuevas posiciones. Filipinas ha sido un primer aliado de Washington en oler el cambio de vientos y acercarse en primer lugar a Pekín, menospreciando su tradicional relación en materia de seguridad. La lluvia de beneficios para Manila, justo en un momento en el que la relación bliateral con China —a raíz de la sentencia del Mar de China— se había tensado al máximo, nos habla de la volatilidad existente, en un contexto de grandes cambios como el actual”, dice este experto.

En ese sentido, también podría crecer el peso de otras potencias regionales. “Como algunos de estos estados tienen una preocupación con el ascenso de China, lo que van a intentar, si EEUU se retira, es diversificar su política exterior. Así, es posible que veamos a India, Australia o Japón teniendo un papel más activo en el Sudeste Asiático”, apunta Esteban.

El cambio de postura estadounidense, en cualquier caso, no sería sino una continuación coherente de las promesas hechas en campaña por Trump, que incluían un mayor proteccionismo comercial y la cancelación de todos los tratados de libre comercio o su sustitución por “mejores acuerdos”. No es el caso de sus declaraciones recientes sobre Taiwán, que tiran por tierra cuatro décadas de la estudiada diplomacia triangular del Departamento de Estado. Otros escenarios son aún más inquietantes, como los mensajes contradictorios enviados sobre Corea del Norte, o la promoción de la idea de que se debería permitir a Japón y Corea del Sur hacerse con armas nucleares y después dejar su defensa en sus propias manos. “Si pelean [con Corea del Norte], sabes, sería una cosa terrible. Terrible… Pero si lo hacen, lo hacen”, aseguró en un evento de campaña en Wisconsin el pasado abril.

Lo que está claro es que, por ahora, ni los socios ni los rivales asiáticos de Estados Unidos saben a qué atenerse con Donald Trump. Y eso convierte la región de Asia-Pacífico —y el resto del mundo— en un lugar mucho más incierto e inestable, y por tanto peligroso.

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