raúl castro se retirará en 2018

La foto funeraria que explica el (incierto) relevo en las filas del castrismo

Si Cuba siguiese las mismas reglas de la URSS, la vieja guardia seguirá en el poder por mucho tiempo. Pero un hombre más joven se perfila como el sucesor más probable de Raúl Castro: Miguel Díaz-Canel

Foto: Los miembros del Buró Político del PCC, durante el homenaje de despedida a Fidel Castro. (YouTube/C. Castellón)
Los miembros del Buró Político del PCC, durante el homenaje de despedida a Fidel Castro. (YouTube/C. Castellón)

Las normas del protocolo soviético lo establecían con exactitud milimétrica: quien presidiera los funerales de cada máximo líder del Partido Comunista de la Unión Soviética, sería el hombre designado para sucederle en la conducción del país. La fórmula funcionó con notable fidelidad durante más de 70 años y fue adoptada fielmente por el resto de los países del llamado Campo Socialista. Solo China, con su peculiar sistema de sucesión por etapas ideado por Deng Xiaoping, se atrevió a romper el canon.

Como para no obviar ninguna de sus singularidades, Cuba se adentra en el campo de lo desconocido —el final de la era Castro— sin una hoja de ruta definida, ni referentes claros de lo que podría ocurrir en el futuro inmediato. De haberse seguido la tradición del Kremlin, no sería Raúl quien encabezase los homenajes a su hermano; de optar por el modelo chino, los diversos actores habrían definido sus roles desde hace tiempo y solo quedaría cumplir el protocolo funerario, dando rienda suelta a las muestras de emoción —espontáneas u organizadas— que cabe esperar.

Para anticipar lo que ocurrirá en Cuba, no sirven siquiera las coordenadas de la Transición española, con la que en principio parece compartir algunas similitudes. A diferencia de la España pos-Franco (próspera en lo económico, estable en lo internacional), La Habana de estos días tiene muy poco de Madrid y demasiado de Mogadiscio, con sus barrios en derrumbe y su agónica búsqueda de inversores.

Será esa la ciudad, el país, con que deberá lidiar el futuro hombre fuerte de la isla. Un hombre —casi con absoluta seguridad un hombre— que no contará a su favor con el rédito político de haberse forjado en la lucha guerrillera de Sierra Maestra, ni con el respaldo poco menos que fanático de la mayoría de la población.

El Buró Político del PCC, en su despedida a Fidel Castro. (Fuente: CubaDebate)
El Buró Político del PCC, en su despedida a Fidel Castro. (Fuente: CubaDebate)

Una fotografía y una fecha condicionan el destino previsible del último gran experimento comunista de nuestra época. En la primera, están los 17 miembros del Buró Político del Partido Comunista rindiendo guardia de honor a la cenizas de Fidel. La escena fue tomada en la mañana de este martes en el Edificio Sierra Maestra, sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la cartera que durante décadas asumió Raúl Castro y en la que —incluso 10 años después haber ascendido a la presidencia— parece seguir sintiéndose más cómodo. No por casualidad retorna hasta allí siempre que alguna coyuntura 'excepcional' lo obliga a asumir con mayor firmeza las obligaciones que se derivan de sus múltiples cargos.

La fotografía mencionada resulta ilustrativa. En primera fila, Raúl y los principales comandantes de la Revolución que aún viven: Ramiro Valdés y Guillermo García. Son viejos (tienen 84 y 88 años respectivamente) y no cuentan ya en la línea sucesoria. Sin embargo, disfrutan de una gran influencia personal sobre Raúl (sobre todo Valdés, creador del omnipotente Ministerio del Interior y cuya opinión resultará decisiva a la hora de poner nombres en los diferentes asientos del Consejo de Estado). Tanto ellos como José Ramón Machado Ventura y Esteban Lazo, ocupantes de la segunda fila, quedan fuera de cualquier posible aspiración presidencial debido a razones biológicas (Machado Ventura cumplió los 86 años en octubre) y de capacidad personal (Lazo solo preside la Asamblea Nacional por las contadas competencias de esa instancia legislativa, el hecho de ser negro y su fidelidad a ultranza respecto al sistema).

Miguel Díaz-Canel, el 'delfín del castrismo'

Es el otro integrante de esa fila, el 'joven' Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien concentra la atención de todos los conocedores de la realidad cubana. Con 56 años cumplidos y una larga trayectoria de servicios dentro de las instancias del Partido, quienes lo conocen lo describen como un hombre capaz y discreto, que evita prometer más de lo posible y tiene sus pies mucho más cerca de la realidad que sus compañeros en las principales instancias del poder en Cuba.

Miguel Diaz-Canel habla con Raúl Castro durante las celebraciones del Primero de Mayo de 2016. (Reuters)
Miguel Diaz-Canel habla con Raúl Castro durante las celebraciones del Primero de Mayo de 2016. (Reuters)

Es el último sobreviviente de los llamados 'delfines del castrismo', un grupo en el que se contaron figuras como Roberto Robaina, Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, por solo citar a los que más recientemente fueron defenestrados bajo acusaciones de corrupción, tráfico de influencias y —lo peor de todo— aspirar a suceder al Comandante. Por una extraña sucesión de acontecimientos, que en muchos detalles remite a la peculiar historia de Nikita Jrushchov en la URSS, Díaz-Canel consiguió transitar incólume las sucesivas crisis que entre finales de los noventa y comienzos del presente siglo eliminaron a todos los sucesivos candidatos de la 'generación intermedia'. Mientras aquellas tempestades estremecían la capital del país, el ahora vicepresidente primero ejercía como jefe del Partido en dos de las provincias más importantes de Cuba: Villa Clara (su región natal, al centro de la isla) y Holguín (donde nacieron Fidel y Raúl Castro, en el oriente).

En ellas, Díaz-Canel se encargó de 'eslabonar' una historia de eficiencia y preocupación por sus conciudadanos. Eran los tiempos en que viajaba en bicicleta o hacía 'autostop' —como la inmensa mayoría de los cubanos—, lucía viejas camisetas con la imagen del Che Guevara y hacía colas para adquirir sus alimentos de la cuota normada. “El Díaz-Canel que conocimos los villaclareños no se parece mucho al de ahora, pero la gente espera que detrás de esa imagen de dirigente formal él siga siendo el muchacho que se emocionó como un niño cuando regresó el Che desde Bolivia o defendió proyectos tan irreverentes como El Mejunje [un bar que sirvió como epicentro del movimiento LGTB en Cuba]. En Santa Clara, muchos creen que él solo se reserva para cuando le llegue la hora de tomar las decisiones”, cuenta una periodista que lo conoció de cerca cuando conducía los destinos de la provincia central.

Pero ni su aplaudida labor al frente del Ministerio de Educación (2009-2012), ni su inédita designación como vicepresidente primero de los consejos de Estado y de Ministros, que lo convirtió en el primer hombre en la línea sucesoria, le garantizan a Díaz-Canel un camino expedito hacia lo más alto de la colina del Palacio de la Revolución. Además, el hecho de no haber sido nombrado segundo secretario del Partido en abril de este año, durante el séptimo congreso de la organización, pone en duda la capacidad real de su poder de gestión una vez alcanzada la tan difícil como anhelada meta de conducir la isla.

Despedida a Fidel Castro en la plaza de la Revolución de La Habana, en noviembre de 2016. (Reuters)
Despedida a Fidel Castro en la plaza de la Revolución de La Habana, en noviembre de 2016. (Reuters)

“Él deberá equilibrar tres puntos de poder”, considera Christopher Sabatini, académico de la Universidad de Columbia. “El de la nueva generación, de la cual no se conocen opiniones y perspectivas; el de los 'históricos', que pese a la muerte de Fidel siguen en el mundo político, y el del sector popular. Díaz-Canel es visto como un puente entre esa nueva generación y los 'históricos”.

Rivales bien posicionados

En definitiva, de llegar a la oficina mayor del Palacio de la Revolución, ese hombre alto, de pelo profusamente cano y mirada escrutadora, estará obligado a pactar con las familias del Gobierno (los militares, sobre todo), incentivar la inversión extranjera y buscar un lenguaje común con el ciudadano de a pie, que en estos días hace filas interminables para rendir homenaje a 'su Comandante', pero que cuando pase el luto deberá volver a lidiar con sus mil y una batallas cotidianas.

Haber sido ubicado en el primer puesto 'electivo' de la guardia de honor de Fidel no le garantiza a Díaz-Canel paso franco para la principal posición del enrevesado aparato estatal cubano. Sin duda, su nombre es el que más papeletas podría acumular ante una eventual elección de la Asamblea Nacional... si esta se realizara en el futuro cercano. Pero faltan todavía 15 meses para que ese momento llegue, el 24 de febrero de 2018.

El coronel Alejandro Castro Espín, hijo del presidente cubano, Raúl Castro, en 2009. (EFE)
El coronel Alejandro Castro Espín, hijo del presidente cubano, Raúl Castro, en 2009. (EFE)

Hasta entonces, Raúl Castro tendrá atadas, y en su mano, todas las riendas del país. Lo saben todos en Cuba, desde la población hasta los diplomáticos extranjeros y la cúpula gobernante, que debe sus poderes y prebendas solo a la buena voluntad del gobernante.

“La muerte de Fidel ha hecho virtualmente invulnerable a Raúl, mucho más cuando la gente sabe que aspira a mantenerse en el cargo nada más que hasta 2018. Salvo que se produzca una debacle —que no veo posible—, él será quien decida el orden de su sucesión y los plazos en que esta transcurrirá. A los cubanos solo nos queda esperar para ver lo que sucede”, opina Eusebio, un periodista que, bajo seudónimo, acepta valorar los posibles derroteros del futuro de la isla.

Otros nombres, como el de Alejandro Castro Espín (el capaz hijo mayor de Raúl, que dirige lo más granado de la Inteligencia cubana y participó activamente en las negociaciones previas al 17-D, como se conoce en Cuba al restablecimiento de relaciones con EEUU) y el de Gerardo Hernández (jefe de la Red Avispa y protagonista de la última gran historia de heroísmo de Cuba), se barajan en los más hipotéticos escenarios, pero lo más probable es que Raúl Castro apueste por el pragmatismo de evitar sorpresas, para que el sistema viva su cambio de mandos con las menores turbulencias posibles. Aunque el general-presidente encabeza el homenaje a su hermano fallecido, sabe que —a diferencia de la URSS— no le corresponde a él preservar el legado que entre ambos construyeron. Esa será la tarea de su elegido, el hombre que tal vez en la foto de este martes haya pasado por fin al primer plano.

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