Colonia Dignidad

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Colonia Dignidad

Refugio de exoficiales nazis, fábrica de esclavos, nido de pederastas y centro de tortura, Colonia Dignidad y sus horrores son todavía el secreto mejor guardado de Chile. Durante casi medio siglo, sus moradores sedujeron, sobornaron y chantajearon con el único fin de atar en corto a las personalidades más influyentes del país.

El epicentro de la trama es Paul Schäfer, un hombre rubio de ojos claros y rostro afable, vagamente atractivo. Antiguo cabo del ejército nazi, huyó de Alemania cuando llegaron a los tribunales denuncias de que la secta que había fundado tras el fin de la II Guerra Mundial era, en realidad, una tapadera para dar rienda suelta a sus instintos pedófilos.

Schäfer se refugió en Chile en 1961 junto con 230 acólitos de su secta. El Estado les concedió un terreno cerca del pueblo de Parral, unos 380 kilómetros al sur de Santiago. En aquel enclave, Schäfer construyó una comunidad autosuficiente, aislada del mundo, profundamente devota, temerosa y entregada en cuerpo y alma a su líder. Hoy, Colonia Dignidad es Villa Baviera, un ‘resort’ turístico que proyecta un ideal de la vida rural alemana.

Quienes sirven a los visitantes son los mismos que sufrían violaciones y palizas brutales a manos de Schäfer y sus jerarcas. Más de medio siglo después, Paul Schäfer ha muerto, aunque su sombra negra sigue proyectándose sobre las víctimas de su tormento. El silencio que amarraba la Colonia ha perdido brío, pero sus vastos prados color esmeralda todavía no han dicho la última palabra.

Fotografías de Colonia Dignidad
Pederastia y humillaciónLas pesadillas del almacénLos aliados de la coloniaQuién es
quién
Armas, gas sarín y bombasEl síndrome Colonia Dignidad

Los niños de la infamia

El pederasta Paul Schäfer partió con ventaja desde el principio. Sedujo a las autoridades chilenas con el proyecto de fundar la Sociedad Benefactora y Educacional Dignidad, una escuela y un hospital al servicio de niños huérfanos y pobres. El Estado eximió a la sociedad de pagar impuestos y tasas aduaneras, y financió el hospital, que disponía de la tecnología más avanzada de la época.

Estos fundamentos dieron alas a Schäfer para asentar las bases de una comuna sectaria a su medida. Bajo su régimen, no existía otra relación que la de los acólitos con su líder. Hombres y mujeres, niñas y niños vivían separados y jamás entraban en contacto. Los pequeños ignoraban quiénes eran sus padres y sus hermanos, las relaciones sexuales estaban prohibidas y las muestras de afecto, amor y empatía se pagaban con sangre.

Los niños aprendían a leer con adaptaciones de la Biblia fuertemente censuradas. “Todo lo que tenía que ver con el amor, la sexualidad, la maternidad y la reproducción era borrado y parcheado”, asegura Horst Schaffrik, que admite que hasta los cuarenta años no supo de dónde venían los niños. “Yo pensaba que los ángeles traen bebés del cielo y los dejan aquí. Se escondía de qué familia eran los niños y nunca vimos una mamá embarazada”, afirma Schaffrik, que durante décadas fue víctima del régimen de Schäfer.

Las relaciones sexuales y las muestras de afecto estaban prohibidas y se pagaban con sangre

Adolescentes que vivieron en Colonia Dignidad

Algunos de los adolescentes que vivieron en Colonia Dignidad.
Imagen cedida por la Asociación por la Memoria y los Derechos Humanos Colonia Dignidad.

Violento, obsesivo y extremadamente paranoico, Schäfer impuso sobre los habitantes de la Colonia, en especial sobre los niños, su dictadura particular. Debían espiarse unos a otros y escribir informes periódicos para delatar a sus compañeros. “Incluso nos delatábamos a nosotros mismos: si habíamos mirado de reojo a las niñas, si habíamos tenido malos pensamientos contra él”, recuerda Schaffrik.

Schäfer degradaba y humillaba a los niños, unas veces en su despacho y otras frente al resto de colonos. Incluso obligaba a la comunidad a participar en palizas de castigo. “Todos lo hacíamos, todos estábamos igual de asustados y sabíamos que cualquier día podíamos ser nosotros recibiendo palos”, cuenta Schaffrik.

Banderines de los niños que habitaban en Colonia Dignidad
Despertadores de los niños que habitaban en Colonia Dignidad

Banderines y despertadores de los niños que habitaban en Colonia Dignidad.

El control absoluto permitía al líder mantener relaciones sexuales con los niños sin que nadie le cuestionara. En el internado intensivo, un edificio convenientemente alejado del resto, vivían los miembros de su siniestro grupo de élite, la Juventud Vigilia Permanente. “Eran niños de piel y ojos claros, esos eran los que iban a ser violados por Schäfer. Eran seleccionados y él los vestía como 'boy scouts', con pañuelines y símbolos”, cuenta Hernán Fernández, el primer abogado que denunció en Chile los casos de pederastia dentro de la Colonia.

“El internado tenía esa imagen limpia y ordenada, era como una película de Disney”, explica. Sin embargo, vestir uniforme de 'boy scout' “implicaba entrar en la cama de Schäfer”. El pedófilo suministraba tranquilizantes y otras drogas a todos los miembros de la finca y, en especial, a los niños. “Así entendimos por qué muchos no le rechazaban”, aclara Fernández, que se estremece al añadir: “Era tan restringida la comunicación afectiva, que ir a la cama de Schäfer para niños que no conocieron a sus padres, que no tenían familia, era un privilegio”.

La prohibición de mantener relaciones sexuales hundió los nacimientos en la Colonia, pero Schäfer encontró otras formas de alimentar su internado. “Él era un pederasta irrefrenable, necesitaba abusar de niños así que acudió a buscar a niños chilenos”, relata Fernández. Las supuestas obras de beneficencia del hospital garantizaban el apoyo incondicional de los vecinos, y la pobreza de la región aseguraba una retahíla interminable de niños faltos de ropa, comida y techo.

Sin embargo, algunos consiguieron huir. “Cada niño que salía, sus madres me pedían que les representara”, explica Fernández. Sus testimonios permitieron abrir el primer proceso judicial contra Schäfer en Chile. En 1996, el juez Jorge Norambuena lo acusó de abusos sexuales a menores. Un año después, el pedófilo esquivó el cerco que se estrechaba a su alrededor y huyó. El tribunal lo condenó 'in absentia' y Schäfer se convirtió en el hombre más buscado de Chile. En 2005, una investigación de Fernández con los periodistas de Canal 13 Carola Fuentes y Gustavo Villarrubia consiguió dar con él a pocos kilómetros de Buenos Aires, en Argentina.

Fue condenado a 20 años de cárcel por 20 delitos de abuso deshonesto y cinco violaciones a menores. Junto a él, otros 26 jerarcas fueron condenados. Schäfer murió en la cárcel el 24 de abril de 2010.

Los niños de la infamia vivieron en la colonia una vida marcada por los abusos del 'profesor'

Paul Schäfer junto a algunos niños en Jordania

Paul Schäfer junto a algunos niños en Jordania, después de huir de Alemania y poco antes de viajar a Chile para fundar la Colonia.
Fotografía cedida por Mauricio Wiebel.

Capítulo II: Una pesadilla en el almacén

Una pesadilla en el almacén

“Nos llevaron a los buses con amenazas y gritos, nos pusieron una capucha negra y cinta adhesiva en los ojos. El viaje duró alrededor de dos horas y llegamos al amanecer a un lugar que era muy frío. Se sentía una brisa helada. Nos hicieron descender escalones de cemento. Nos tuvieron incomunicados, amarrados a una especie de lona dura. Viví en el infierno por siete días”

No fue hasta que lo liberaron que el periodista Gabriel Rodríguez supo que había sido encerrado y torturado en Colonia Dignidad. El Chile de 1975 era un lugar peligroso para cualquiera que hiciera amago de crítica del golpe del 11 de septiembre de 1973 que, con el general Augusto Pinochet al frente, había derrocado al socialista Salvador Allende.

Las semillas que Schäfer y los jerarcas de la Colonia habían sembrado entre los militantes de la extrema derecha chilena florecieron en aquellos años. Pinochet y Manuel Contreras, el director de su temible policía secreta, la Dirección de Inteligencia Nacional o DINA, visitaron con frecuencia el lugar. Agentes de la DINA asistían fascinados a sofisticadas sesiones de tortura que empleaban técnicas importadas de la Alemania nazi y que a menudo presidía el mismísimo Schäfer.

Rodríguez fue liberado al cabo de una semana, pero otros corrieron peor suerte. De las 350 personas que se estima que fueron torturadas en Colonia Dignidad, un centenar desaparecieron, según Margarita Romero, presidenta de la Asociación por la Memoria y los Derechos Humanos Colonia Dignidad. Los investigadores no han encontrado un solo cadáver en el lugar, pero sí han desenterrado vehículos de detenidos desaparecidos bajo los campos fértiles de Villa Baviera.

Agentes de la DINA asistían fascinados a sofisticadas sesiones de tortura con técnicas nazis

Aspecto actual del almacén de papas

Este es el aspecto actual del almacén de papas.

El jerarca Gerhard Wolfgang Mücke confesó ante el juez que grupos de una veintena de personas llegaban a la Colonia y eran encerrados en el sótano del almacén de patatas. Más tarde, “fueron llevados por caminos y se les disparó (...) los cuerpos de las personas a los que se les disparó fueron enterrados en fosas, las que al parecer horas antes había mandado excavar Paul Schäfer”.

Más tarde, Pinochet quiso borrar las huellas de las masacres en la Colonia y en decenas de centros de tortura a lo largo del país y puso en marcha la Operación Retiro de Televisores para borrar el rastro de más de 40.000 desaparecidos y de miles de torturados.

En la finca alemana también hubo “limpieza de terrenos”. Mücke reveló que tres colonos se dedicaron a la desagradable tarea de desenterrar cadáveres durante dos o tres semanas. Sacaron entre 18 y 21 cuerpos de cuatro o cinco fosas. Los restos estaban “en descomposición, aún tenían partes blandas”. Para hacerlos desaparecer, los quemaron con fósforo y arrojaron las cenizas al río Perquilauquén.

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Sala de escuchas del interior de los pasadizos de la Colonia

Sala de escuchas del interior de los pasadizos de la Colonia.

Con la mayoría de los supervivientes a las torturas en el exilio o en la clandestinidad, las investigaciones acerca de lo que había ocurrido en los sótanos de la Colonia tuvieron que esperar hasta los albores de la democracia. En 1991, Patricio Aylwin, el primer presidente tras Pinochet, resolvió cancelar la personalidad jurídica de la Colonia ante las denuncias de que había sido usada como centro de tortura. Terminaban así las subvenciones al hospital y, al menos sobre el papel, el apoyo del Estado a la institución.

El gesto dio esperanzas a los familiares de detenidos desaparecidos de encontrar los restos de los suyos. Sin embargo, tuvieron que esperar hasta el año 2000 para que las autoridades incautaran los primeros archivos de la Colonia. Decenas de miles de fichas quedaron bajo custodia judicial como parte de los procesos en marcha contra Schäfer y sus jerarcas, hasta que a principios de este año fueron declarados Monumento Nacional.

Una de las ambulancias en las que se trasladaba a los heridos

Una de las ambulancias en las que se trasladaba a los heridos.

En Agosto, la Asociación presentó una querella criminal para buscar a los responsables de la tortura y el asesinato de presos políticos en el enclave. “Schäfer fue condenado por pedofilia, pero no por crímenes de lesa humanidad”, cuenta Romero, cuya hermana estuvo encerrada en la Colonia. “Hay quienes llevan 40 años buscando a familiares que podrían haber desaparecido en ese lugar”.

Hoy, la flamante Villa Baviera da la espalda a su pasado como centro de tortura. Un Tour Colonial invita a los turistas a conocer la historia del lugar y ofrece una versión extrañamente azucarada de las barbaridades que Schäfer cometió con los colonos. Pero el guía evita referirse al exterminio de opositores políticos. El almacén de patatas ha sido reformado y varios carteles señalan que allí se construirá un museo sobre la historia de la Colonia. Ni palabra de torturados o desaparecidos.

“Queda mucho por conocer todavía y, como todo lo que tiene que ver con la Colonia, nunca vamos a terminar de sorprendernos”, asegura Romero.

Capítulo I: Los niños de la infamiaCapítulo III: Los tentáculos de la colonia

Los tentáculos de la colonia

La pregunta surge obvia, punzante y violenta: ¿cómo?

“No tiene ningún sentido, el conocimiento de lo que allí sucedía era amplio”, asegura Winfried Hempel, criado dentro de la Colonia y hoy abogado de 120 víctimas. La clave es que “la Colonia siempre ha comprado los favores, sobre todo a nivel local”.

El trato para quienes cuestionaban a Schäfer era implacable. La historia de la Colonia está repleta de jueces y funcionarios públicos cómplices, documentos misteriosamente desaparecidos y causas judiciales interrumpidas sin razón aparente.

Durante los años sesenta, el intendente de la región, Héctor Taricco Salazar, denunció los abusos sexuales a menores al Congreso y al Gobierno. Fue procesado y su destino habría sido la cárcel si no hubiera sido por la labor de su defensor, el abogado Patricio Aylwin, el futuro presidente de la República que cancelaría la personalidad jurídica de la Colonia. Aylwin mismo envió decenas de testimonios y pruebas al Gobierno, expuso el tema frente al Congreso y, de nuevo, nada ocurrió.

La historia de la colonia está repleta de jueces y funcionarios públicos cómplices

Las conexiones con el Gobierno de unidad popular de Allende son menos claras. Pero el exsenador del Partido Por la Democracia Jaime Naranjo cuestiona: “Si Allende colectivizó las tierras de cultivo de todas las grandes fincas de Chile entre el 71 y el 73, ¿por qué no tocó las de la Colonia?”.

Mucho más explícito era el apoyo de los alemanes a los grupos paramilitares de extrema derecha que comenzaron a operar meses antes del golpe de Estado. Roberto Thieme, uno de los líderes del grupúsculo ultraderechista Patria y Libertad, reconoció en una entrevista haber recibido entrenamiento militar en Colonia Dignidad.

Los lazos con la policía secreta de Pinochet, la DINA, eran todavía más estrechos. Tanto que los alemanes terminaron cediéndoles una casa en Parral desde donde podían usar sus potentes sistemas de comunicaciones.

El investigador Roberto Teruel apunta a que la radio de la Colonia podría haber sido la mismísima Condortel, que permitía a la policía secreta chilena coordinarse con el resto de cuerpos de represión de las dictaduras de América del Sur para atrapar, torturar y hacer desaparecer a disidentes, dispositivo conocido como Operación Cóndor.

Paul Schäfer fue interrogado por la Interpol

El 14 de marzo de 2005 Paul Schäfer fue interrogado por la Interpol.
Fuente: Reuters.

Con la llegada de la democracia, en 1990, la red de Schäfer en las altas esferas del poder se afianzó. Aylwin anuló los privilegios fiscales de la Colonia, pero los líderes de la incipiente derecha acudían a formaciones y seminarios en la finca alemana.

Uno de ellos era Hernán Larraín, un joven prometedor que pronto fue elegido senador. Larraín formaba parte del grupo Amigos de Colonia Dignidad y defendió con fiereza a Schäfer y a sus secuaces cuando comenzaron a lloverles demandas por abusos sexuales y esclavitud: “Forma parte de un montaje. Esa gente, quienes denunciaron los abusos que ocurrían en el lugar, tiene que haber recibido algún favor”, afirmaba en una entrevista. Hoy, Larraín es presidente del partido conservador Unión Democrática Independiente (UDI) y jefe de la oposición. Jamás ha condenado los crímenes ocurridos en la Colonia.

Los aliados de la Colonia dificultan las maniobras de los abogados de las víctimas. “Como abogado, no puedo demandarles por la vía laboral por haber esclavizado a gente durante décadas porque está todo prescrito. Desde el punto de vista comercial, es prácticamente imposible porque todo son sociedades anónimas”, enumera Hempel. “Lo que sucede y ha sucedido es una injusticia muy grande, pero todo queda al amparo del Estado de derecho. O casi todo. Ellos se mueven en el mundo de la inmoralidad y cuando pasan de la inmoralidad a la ilegalidad, allí estoy yo, como un perro guardián”.

Capítulo II: Una pesadilla en el almacénCapítulo IV: Quién es quién en la colonia

Los protagonistas de la colonia

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El narcisista maléfico

No hay ningún suceso traumático en la biografía conocida de Paul Schäfer que permita explicar por qué este alemán nacido en Bonn en 1921 fue uno de los hombres más maléficos de su tiempo. Schäfer fue miembro de las juventudes hitlerianas y más tarde se unió como enfermero al ejército nazi durante la II Guerra Mundial.

El psiquiatra Niels Biedermann insiste en la capacidad de seducción del líder de Colonia Dignidad y lo clasifica como un narcisista maligno. “Los narcisistas tienen una muy pobre percepción de la realidad de los otros, que son un instrumento destinado a satisfacer las propias necesidades”, aclara.

El líder de la Colonia rompía los vínculos familiares y afectivos entre sus acólitos e incluso impedía a los niños poseer peluches, muñecas u objetos que les dieran sensación de protección y cariño. Schäfer tenía otros métodos para imponer su voluntad: “Los 'electroshocks' producen amnesia y estados de confusión y los antipsicóticos disminuyen la voluntad, aplanan a la persona”.

Psicópatas y dictadores muestran perfiles de narcisismo maléfico similares, pero para Biedermann lo notable de Schäfer es “la capacidad de transgredir límites. No se paraba frente a nada, tenía una ausencia total de sentimiento de culpa”.

El abogado y la víctima

Winfried Hempel se crió en la Colonia y huyó tan pronto como Schäfer escapó. Comenzó a estudiar derecho en cuanto supo suficiente español para asistir a la universidad y asegura que dedicar su vida a defender a las víctimas de Schäfer “era de cajón, lo tenía que hacer”.

Pero como víctima, también ha tenido que luchar para superar el trauma: “Primero pasas por una fase de negación en la que dices que eso no ha pasado, que en el fondo no era tan malo. Luego asumes los hechos y entras en una especie de rabia destructiva. Te puedes quedar ahí y enfermar hasta el estómago y en los huesos por esa rabia que sientes el resto de tu vida. Si sigues adelante, pasas por una especie de depresión que se dirige al interior. Tienes que hacer una introspección y sacar solo la experiencia neta. Es muy fácil decirlo, pero hay que vivirlo a conciencia”.

Como representante legal de algunos colonos, a veces se ve obligado a volver al enclave alemán. Al hablar de ello, se estremece: “El lugar es tóxico, un lugar de un sufrimiento impresionante, y eso está en el aire. Uno puede decir que es sugestión, que son recuerdos, pero siento el sufrimiento que está en el aire cuando voy a la Colonia”.

El abogado de los niños

El primer niño chileno que huyó de la Colonia “era mal estudiante y su madre y su abuela le dijeron que con los alemanes iba a aprender disciplina”, cuenta el abogado Hernán Fernández. El niño pronto cayó bajo las garras de Schäfer. “Escribió una nota en el baño, en la oscuridad, y consiguió hacerla llegar a su abuela. La letra no se descifraba bien, pero ella lo entendió. Ponía: ‘Él me viola”.

Su madre consiguió sacarlo de la finca y llevarlo a un pediatra, que confirmó que había lesiones de delito sexual. Cuando el caso llegó a manos de Fernández, “para mí era un caso más de abuso infantil”. El abogado recuerda también una noche de julio de 1997, en medio del bosque y con el frío metido en los huesos. “Era un rescate, esperábamos a un niño alemán y a otro chileno. Fui a buscarlos a la carretera, en un taxi”, cuenta con la tensión de la noche todavía en la voz.

Hoy, esos niños son adultos, pero siguen necesitándole: “Chile entendió que el problema era Paul Schäfer, y que todo eso acabó cuando abrió Villa Baviera. Pero el problema es Colonia Dignidad y todos sus tentáculos”, afirma. “Colonia Dignidad todavía no ha terminado. Pocos saben lo que está pasando aquí”.

El apicultor que quiere lo suyo

“Yo siempre quise tener algo propio y cuando el viejo se fue me preguntaron si quería coger el negocio de las abejas. Siempre había querido trabajar en el criadero de ciervos, pero ellos dijeron que los ciervos tenían demasiado valor y me dieron las colmenas. Yo no tenía ni idea de apicultura, fue como saltar al agua sin saber nadar”, asegura Horst Schaffrik.

Hoy, es una de las pocas víctimas de Schäfer que regentan su propio negocio. Sin embargo, sigue viviendo con su familia en Villa Baviera y asegura que no se marchará hasta que los jerarcas le cedan un terreno. “Tienen 14.000 hectáreas y no se les ocurre dar nada”, lamenta. “Todo el maltrato y el abuso de 40 años y no tenemos nada. Eso es lo que más me tira hacia abajo”.

Acostumbrado a aguantar palizas y malos tratos, Schaffrik no duda al describir este momento como el más duro de su vida: “El sistema sigue. No nos pagaron sueldos, trabajábamos día y noche, pero había que seguir, no conocíamos otra cosa. Ahora es peor. Ahora sabemos lo que podríamos tener y no nos lo dan. Y llevamos 20 años esperando. ¿Hasta cuándo?”.

La madre de piedra

Helga Bohmau no sabía cómo ser madre porque Schäfer la separó de la suya y creció ajena al concepto de familia y a las muestras de cariño. Cuando el fundador de la Colonia huyó, se casó con Horst Schaffrik y comenzó a acercarse a su madre. “De día, ella cuidaba a mi hijo y así yo podía trabajar”, explica mientras recuerda con nostalgia los dos primeros años de libertad tras Schäfer.

Pero traumatizados por los años de sometimiento al líder y descontentos con el poder que sus jerarcas adquirieron en la Colonia tras su huida, los padres de Bohmau decidieron regresar a Alemania. Con la partida de sus padres llegaron los problemas. “Teníamos que conseguir una niñera, pero no podíamos permitírnoslo”, cuenta. “Caí en una depresión tan alta que me hospitalizaron. Querían desprenderme de mis hijos. Fue horrible”.

El culto, como Bohmau lo llama, es la nueva secta que abrazó buena parte de los integrantes de Villa Baviera tras la partida de Schäfer. Liderada por el pastor germano Ewald Frank, que tiene prohibida la entrada en Chile desde 2005, “es una forma de culto como antes”, cuenta estremeciéndose. “Oran en conjunto y escuchan grabaciones de los predicadores. Dicen que la mujer es mala, que tenía sexo con la serpiente de la Biblia”, exclama Bohmau antes de gruñir: “¡Ah, no puedo con eso!”. Ya no.

El niño de los dos nombres

Cuando Dieter Scholz salió de la Colonia, descubrió que no hablaba el mismo idioma que todo el mundo, que el mundo era muy distinto de lo que le habían contado en la finca alemana y que, en realidad, él no era Dieter Scholz Laube, chileno huérfano de madre, gentilmente adoptado por la Colonia. Él es en realidad Rafael Lavrín, niño robado a una madre de 19 años que fue a implorar ayuda al hospital de los alemanes para alimentar a un hijo al que no podía mantener.

“Le dijeron que si me quedaba con ella, me moría. Ella vino tantas veces a preguntar por mí, y las señoras le decían: ‘Murió el hijo. No está’. Y yo tantas veces pregunté por mi mamá, y ellos me dijeron que mi mamá murió. Todo era mentira”, estalla antes de quebrarse en lágrimas de amargura.

A los 30 años, ya fuera de la heredad de los alemanes, recibió una llamada que, de nuevo, trastocaría su vida; un amigo había encontrado a su madre. “La llamé. Ella solo lloraba y preguntaba: ‘Hijo, ¿estás vivo?’. ‘Sí’, le decía. ‘¿Dónde estás ahora?’. ‘En el sur’. ‘¿Cuándo nos juntamos?’. ‘El sábado que viene voy para allá, para Parral”.

El niño que no crecía

Sergio Campos no crecía. Un virus le impedía digerir comida y ser como el resto de niños. Desesperada, su madre le llevó al mejor hospital de la zona, el de los alemanes de Colonia Dignidad. Los alemanes tenían la medicina más avanzada y atendían de forma gratuita. También robaban niños.

“Cuando mi mamá vino a buscarme, primero le dijeron que había muerto, luego que estaba en Santiago y luego en Alemania. Y todo fueron mentiras”. Su madre acudió repetidas veces al puesto de vigilancia desde donde guardias armados controlaban las entradas y salidas al recinto.

“Fue un jerarca, uno de los que ahora están en la cárcel, el que me ayudó a encontrar a mi mamá y a mi papá” cuando Schäfer se fugó, cuenta Campos. “Estaban en Parral”, afirma, casi sorprendido de que sus allegados hubieran estado siempre apenas a 40 kilómetros de distancia. “Cuando nos conocimos, fue una alegría. Mi mamá estaba llorando fuerte. Ya estaba casado con Iris y la conocieron a ella. Yo conocí a mis hermanos. Fue muy bonito”.

La niña del gallinero

“Nací al otro lado del río, en la casa de mi mami. Ella falleció después de cáncer de útero”, desgrana Leiva con su español todavía vacilante. “Aquí vivía en grupo, solamente con niñas. Después de los ocho años Paul Schäfer se enojó conmigo, en ese momento no sabía por qué. Y me puso sola, con ninguna niña. Trabaja, trabaja, trabaja durante ocho años, en el gallinero. Día y noche. Dormía solo dos o tres horas cada día”, sigue.

Décadas después, con Schäfer ya fugado, Leiva supo que el líder de la Colonia trataba con especial dureza a sus acólitos de origen chileno, y a las mujeres. En una ocasión, Leiva fue vista hablando con su hermana adoptiva. Otro niño las delató y Schäfer, vociferando sobre ella, pistola en mano, hizo amago de ejecutarla.

Leiva habla reposada. Hay monotonía y algo de fatiga en su voz mientras narra la sarta de maltratos a los que estaba sometida. Una lágrima discreta amenaza con derramársele sobre la mejilla cuando revela que el estrés posttraumático le impidió quedarse embarazada durante años.

El prisionero que resistió

Gabriel Rodríguez tenía 21 años, era estudiante de medicina y militante demócrata cristiano cuando fue detenido en una redada junto con otros opositores de la dictadura de Pinochet. Les llevaron encapuchados al sótano de la Colonia para sacarles información.

“Conmigo andaban bastante perdidos, porque la mayoría de gente que andaba por allí eran militantes de la izquierda radical”, cuenta antes de añadir que eso no le libró de sufrir palizas, quemaduras de cigarrillos y la temida picana, que consistía en aplicar descargas eléctricas a las partes más sensibles, incluyendo los genitales. “Al final me hicieron pruebas con drogas”, cuenta, y añade que le dieron sueño “y una suerte de pérdida de voluntad”, aunque consiguió no derrumbarse. Al final, le soltaron.

Poco a poco, fue comprendiendo la magnitud del poder de Schäfer: “Colonia Dignidad en Chile ha sido más poderosa que la DINA, porque cuando los dirigentes de la DINA estaban encarcelados, los de Colonia seguían paseándose como si nada. Es realmente impresionante”.

Capítulo III: Los tentáculos de la coloniaCapítulo V: El forraje era munición

El forraje era munición

En julio de 2005, con Schäfer ya en la cárcel, comenzó otro capítulo alucinante de la saga Colonia Dignidad. La policía de investigaciones chilena desenterró más de tres toneladas de armas y explosivos de gran calibre, valorados en unos 11 millones de dólares (unos 10 millones de euros). Repartidos en tres contenedores había un sinnúmero de granadas, bombas de mortero, pistolas, revólveres, fusiles, metralletas, lanza cohetes, bazucas, municiones y elementos químicos para la fabricación de explosivos y armas químicas.

El alijo sirvió para demostrar que durante décadas Schäfer se había dedicado al muy lucrativo tráfico de armas. Además de su audacia para los negocios, el descubrimiento daba cuenta de su fascinación por las armas de fantasía: cámaras de fotos con dardos en el obturador, pistolas en forma de lápiz e incluso armas con el aspecto de un bastón de caminar completaban un arsenal digno de una película de James Bond.

Durante el proceso judicial, el jerarca Kurt Schnellemkamp confesó que había participado en tráfico internacional de armas y admitió que algunas incluso se fabricaban en la Colonia. Ante la incredulidad de los interrogadores, Schnellemkamp contó cómo bajo la bandera de la altruista Sociedad Benefactora y Educacional Dignidad, Schäfer había esquivado la supervisión de las aduanas alemanas y chilenas y había introducido granadas camufladas como huevos y patatas, munición como si fuera forraje y cañones de armas como tubos de oxígeno para el hospital.

Kurt Schnellemkamp

El 26 de marzo de 1998 la policía chilena detuvo a Kurt Schnellemkamp, uno de los fundadores de la Colonia.
Fuente: Reuters.

Con el tiempo, los compuestos químicos se convertirían en la forma favorita del régimen de Pinochet para eliminar a sus opositores. Las armas químicas eran más limpias, más silenciosas y mucho menos sospechosas que los aparatosos accidentes de aviación o de automóvil que tuvieron lugar en Chile durante los primeros años de dictadura.

Según la periodista y directora de Ciper, Mónica González, Pinochet recurría a menudo a Michael Townley, un asesino a sueldo que ahora vive en Estados Unidos bajo un programa de protección de testigos, para liquidar a sus opositores. La arma favorita de Townley era el gas sarín, que la policía secreta de Pinochet habría fabricado primero en Santiago y luego en Colonia Dignidad.

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Una de las cajas fuertes subterráneas que se encontraron en Colonia Dignidad

Una de las cajas fuertes subterráneas que se encontraron en Colonia Dignidad.

Un caso que todavía no ha sido aclarado es el de la muerte del poeta Pablo Neruda, destinado a presidir el Gobierno chileno en el exilio tras el golpe. Pero pocos días después de la asonada y aquejado de cáncer de próstata, Neruda acudió a la Clínica Santa María de la capital, donde su salud empeoró rápidamente hasta que falleció días después. En 2015, un equipo forense detectó una bacteria en sus restos que habría sido creada de forma artificial en un laboratorio.

Más claras son las circunstancias de la muerte del expresidente Eduardo Frei Montalva, firme opositor de Pinochet y fallecido de un 'shock' séptico sin razón aparente en enero de 1982. En 2004, sus restos fueron exhumados y los forenses encontraron huellas de gas sarín y de un químico llamado Tranfer-Factor, traído desde Estados Unidos e inoculado en la Clínica Santa María.

Capítulo IV: Quién es quién en la coloniaCapítulo VI: El síndrome postcolonia

El síndrome Colonia Dignidad

“La Colonia necesita un ejército de psicólogos”, asegura el abogado Winfried Hempel. Pero cuando Paul Schäfer huyó y la Colonia comenzó a abrirse al exterior, fueron el psiquiatra Niels Biedermann y dos psicólogas más quienes se hicieron cargo de la tarea monumental de ayudar a los colonos a superar sus traumas y tomar contacto con el mundo exterior.

“Nos encontramos cuadros ansiosos, trastornos del sueño, síndrome de ansiedad, cuadros depresivos mayores, un par de bipolares, un caso de esquizofrenia, estrés postraumático generalizado y pesadillas”, cuenta Biedermann, que acuñó el término de síndrome Colonia Dignidad.

“Hablamos de bajo grado de individualidad y alta conciencia de grupo, con límites difusos entre lo uno y lo otro. Dificultad para tomar decisiones propias, tendencia a grandes grados de sometimiento, a la dependencia, a la búsqueda de figuras de liderazgo”, enumera.

Cuadros ansiosos, bipolares, estrés postraumático generalizado, esquizofrenia, pesadillas...

Manifestación de miembros de Colonia Dignidad

Miembros de Colonia Dignidad se manifiestan en contra del terror en el que viven (27 de mayo de 1997).
Fuente: Reuters.

Hoy, el síndrome está atenuado, pero les ha marcado tanto y durante tanto tiempo que “los fenómenos posttraumáticos y los sueños repetitivos aparecen en situaciones de estrés”. Biedermann recuerda que “algunos llevaban más de 50 años allí, crecieron allí y no vivieron otra realidad”.

El psiquiatra califica de ‘hechizo’ el poder de Schäfer sobre sus acólitos: “En la época de posguerra, Alemania era un país derrotado. Muchos alemanes habían sufrido la destrucción, persecución y muerte de su familia y estaban necesitados de un sentimiento de pertenencia. Schäfer supo dárselo”.

Paul Schäfer junto a algunos de los adolescentes que vivieron en Colonia Dignidad

Paul Schäfer junto a algunos de los adolescentes que vivieron en Colonia Dignidad.
Imagen cedida por la Asociación por la Memoria y los Derechos Humanos Colonia Dignidad.

“La Colonia Dignidad era una secta religiosa, una secta destructiva que buscaba el sometimiento a los valores del líder”, afirma el psiquiatra. Para ello, Schäfer utilizó una estrategia común, la idea del fin de los tiempos y la necesidad de salvar el alma: “Se acaba la humanidad, estamos frente al juicio final y hay que olvidar todos los intereses terrestres y prepararse para el más allá”. El líder de la secta generó en sus acólitos “la angustia de irse al infierno y la continua confrontación con el pecado”.

Dejar atrás la pesadilla no es sencillo. “El impacto del control, del desafecto al que han sido sometidos va a ser persistente. Paul Schäfer es una figura tan poderosa y tan central que deja un poso permanente”, explica el psiquiatra, que aclara que el sentimiento de las víctimas hacia el líder es ambivalente. Incluso a quienes más reniegan de su figura “se les aparece en percepciones físicas, en olores que vivieron durante los abusos y que siguen interfiriendo en relaciones con amigos o de pareja. Esto puede ser modificado, pero es difícil que sea expulsado”.

Capítulo V: El forraje era munición