miles de personas huyen del cerco sobre alepo

"Solo abriremos la frontera si Asad y Rusia atacan donde están los refugiados"

Huyen de Alepo. De una guerra que ya está a solo 20 kilómetros de distancia. Miles de refugiados sirios siguen atrapados en la frontera con Turquía. El desastre humanitario es inminente
Foto: Sirios que huyen de los combates forman filas en el paso de Oncupinar, en Kilis, el 11 de febrero de 2016 (Reuters).
Sirios que huyen de los combates forman filas en el paso de Oncupinar, en Kilis, el 11 de febrero de 2016 (Reuters).

“Es una catástrofe… Continuamente llegan grupos de gente, tanto a la frontera como a los campos de desplazados. Desde aquí escuchamos los bombardeos. ¡Estamos a solo 20 kilómetros del frente!”. Diaa habla por teléfono desde el campamento sirio Harmain, apenas a 10 kilómetros del puesto fronterizo Bab al Salam. Desde hace una semana, miles de personas de la provincia de Alepo se agolpan en las cercanías del paso. “La última cifra oficial es de 37.000”, explica Diaa en una conversación entrecortada. Familias, ancianos y niños esperan, a la intemperie, encontrar refugio en Turquía mientras huyen de los avances de las tropas del régimen. “Hay muchas personas solas, sentadas sobre la tierra, sin absolutamente nada”.

“No dejan de preguntarme por qué Turquía no abre las puertas”, cuenta Diaa sofocado. “Me dicen que el régimen y las tropas chiíes nos van a alcanzar”. Este trabajador humanitario de Alepo ha cruzado desde Kilis (Turquía) para dar asistencia a la reciente oleada. “¡He venido para hacer cualquier cosa!”, repite. “Todos me piden más tiendas, han entrado 3.000 pero no son suficientes. Harían falta unas 8.000. ¡La temperatura es de unos cero grados!”. De fondo, se escucha el bullicio de los lamentos, la calidad de la señal es muy baja. “No sabemos si abrirán la frontera. Pero mientras se toma una decisión, tenemos que asistir a todas las personas y prepararnos para lo peor”.

“¡Solo hay tres váteres para 3.000 personas!”, se queja Wafa Hasan, una mujer de Kafer Naya que huyó hace días de su pueblo junto a sus cuatro hijos. Por teléfono, describe la situación de emergencia dentro del campamento Harmain. “A las mujeres nos da vergüenza esperar tanto tiempo frente a los lavabos. Y apenas hay leche para los bebés”. Entre sollozos, dice que le gustaría regresar a su casa, pero que ya ha aceptado que no volverá. “En este caso, necesitamos asistencia para mejorar nuestras condiciones: mantas, estufas, más váteres y lavabos. ¡Estamos atrapados!”.

Sirios avanzan hacia la frontera turca huyendo del ISIS en el área de Al-Bab, el 23 de enero de 2016 (Reuters).
Sirios avanzan hacia la frontera turca huyendo del ISIS en el área de Al-Bab, el 23 de enero de 2016 (Reuters).

Bombardeos a pocos kilómetros de la frontera

Ante el riesgo de que se produzca un desastre humanitario, el pasado martes la agencia de Naciones Unidas para los refugiados, UNHCR, solicitó a Turquía la admisión de “todos los civiles que están huyendo del peligro y buscando protección internacional”. Erdogan respondió al día siguiente con unas polémicas declaraciones: “Nosotros hemos acogido a tres millones de sirios e iraquíes hasta ahora. ¿Cuántos habéis acogido vosotros? ¿Qué país los ha aceptado?”, preguntó de manera retórica. El gobernador de la provincia de Kilis, donde se encuentra el paso turco Oncüpinar, que da acceso a Bab al Salam, ha asegurado que “nuestras puertas no están cerradas. No necesitamos acogerles porque estamos cubriendo todas sus necesidades”.

Cada día varios camiones con ayuda humanitaria cruzan la valla para transportar el material necesario a Siria y, así, ampliar los campos de desplazados en el otro lado. Las puertas se abren para el paso de tiendas, lonas y pan; pero no para el paso de las personas. La tensión domina el puesto de Oncüpinar, donde se encuentra el primer campo de refugiados para sirios en Turquía. Ahí, un representante de la oficina del primer ministro turco revela que “hay espacio para 11.000 personas más. Pero abriremos las puertas solo ante la amenaza de un peligro real, es decir, si el régimen y Rusia comienzan a bombardear a la multitud”.

Este martes, la aviación rusa lanzó una operación a pocos kilómetros del límite con Turquía, en la provincia de Azaz. Una ciudad que acoge desde hace días a parte de los desplazados. “Estos ataques han generado otra oleada de 2.000 personas más”, confirman fuentes dentro de OSCHA, la oficina de Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios. Médicos Sin Fronteras ha comunicado que su personal sanitario no ha podido atender a los heridos debido a las recientes agresiones y “que el sistema de salud en Azaz [vital para atender a quienes esperan en Bab al Salam] amenaza con derrumbarse por completo”.

Sheima, de cinco años y que perdió sus ojos por metralla, se recupera en una clínica de Kilis, en la frontera con Turquía. (Reuters)
Sheima, de cinco años y que perdió sus ojos por metralla, se recupera en una clínica de Kilis, en la frontera con Turquía. (Reuters)

Preparados para el asedio de Alepo

El doctor Mahmud Aswad de SEMA (Asociaciones Médicas de Expatriados Sirios, por sus siglas en inglés) habla continuamente por teléfono. Acaba de llegar de una reunión con los representantes de la OSCHA, con quienes están coordinando el envío de asistencia para las poblaciones que rodean Alepo. “Creemos que el cerco total de la ciudad puede producirse en dos o tres semanas”, afirma el doctor. “Calculamos que en estos momentos hay unas 150.000 personas desplazándose hacia el norte y hacia el oeste de la ciudad”.

Visiblemente cansado, el doctor revela que uno de los escollos que impiden la apertura de las vallas es el temor a que miembros de Daesh se infiltren entre la multitud. “Estamos hablando de 100.000 personas. (…) Es una zona muy próxima al territorio del Estado Islámico”, explica. Aswad opina que las autoridades turcas permitirán la entrada paulatina de refugiados, “después del registro de huellas y de una investigación previa”. “Todavía no hay información oficial, pero probablemente estas entrevistas se comiencen a realizar pronto en los campamentos de Siria”.

Ante la urgencia y la rápida evolución de la ofensiva, varias ONG, en coordinación con la OSCHA, se preparan para el desastre humanitario que podría suponer el asedio de Alepo. “Estamos enviando trigo, alimento para bebés y combustible”, afirma otro de los trabajadores de Tamkeen, una ONG siria. Varios doctores confirman que el diésel utilizado en los campamentos es comprado a Daesh a través de intermediarios. Pero el carburante ha entrado en los últimos años por la carretera que ha sido cortada por las tropas del régimen. “Además, las fuerzas de la coalición están atacando los campos petrolíferos de Daesh… y es precisamente con ese combustible con el que mantenemos las instalaciones”, comenta, avergonzado.

Voy a quedarme hasta el final”, dice por teléfono Ismail, miembro de las Fuerzas de Defensa Sirias, los cascos blancos que realizan operaciones de rescate en Alepo. Desde el refugio subterráneo de la agrupación, explica que el caos se ha adueñado de las calles de la que ha sido la capital de la oposición. “Algunos huyen en coche; otros, quienes quieren quedarse, van a las tiendas a comprar alimentos y provisiones. Los precios están subiendo cada día”. No es capaz de dar una cifra exacta de las personas que han muerto en la última semana dentro de la ciudad, “pero al menos han sido 200”, afirma. 

Si finalmente Al Asad se hace con el control de Alepo, “probablemente 150.000 personas permanecerán dentro y, seguramente, serán castigadas”, explica el doctor Aswad. No hay ningún protocolo de evacuación, “son las familias, por sus propios medios, las que se dirigen hacia la frontera”. Aun así, en los últimos días las milicias kurdas del YPG han facilitado el transporte de varios convoyes de civiles hacia Idlib, el que podría ser el último reducto de los rebeldes en Siria. “Parte de nuestro personal, enfermeras y doctores, van a quedarse dentro por lo que pueda pasar… pero hay muchos hombres y mujeres que no quieren salir y nos dicen que prefieren quedarse en casa y morir en su ciudad”.

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