el éxodo de los SIRIOs SE estanca EN GRECIA

DNI españoles falsos para llegar a Europa

Los documentos españoles falsos representan una cuarta parte de todos los confiscados por las policías europeas. Son el 'arma' de los sirios que huyen de la guerra en busca del sueño europeo
Foto: Dia Qasem, un mujer siria que llegó a Grecia por el mar, se sienta junto a otros compatriotas en una plaza de Atenas. (Reuters)
Dia Qasem, un mujer siria que llegó a Grecia por el mar, se sienta junto a otros compatriotas en una plaza de Atenas. (Reuters)

Rashid entra de puntillas en la habitación número tres del hotel Hara. Apenas diez minutos antes se despedía desde el rellano del aparcamiento, situado en el borde de la carretera. Junto a otros siete compatriotas, iba a cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia a través de zonas boscosas para evitar que la policía los detectara.

Ahora está de vuelta en la habitación, en silencio y con la luz apagada. Hasan, un sirio en la cincuentena, le pregunta qué pasa. “La policía”, responde su joven compatriota. Hasan y su hijo adolescente se acercan a la ventana de la habitación, situada a ras de suelo en este hotel de una planta. Apartan la cortina semitransparente y lanzan miradas furtivas al porche, donde tres policías griegos revisan los papeles de decenas personas, la mayoría migrantes sirios.

Quince minutos más tarde, Hasan y su hijo estarán en una furgoneta policial junto a otra docena de sirios. “Menudos cabrones”, dirá por teléfono desde la estación de Polykastro, a pocos kilómetros del hotel, donde esperan un autobús que los devuelva a Tesalónica, la segunda ciudad de Grecia. La policía los ha trasladado hasta allí porque los papeles que legalizan su estancia en el país indican que tienen prohibido poner un pie en Kilkis, la región fronteriza a la que debe acudir si quieren entrar en Macedonia, cruzar los Balcanes y llegar a Alemania, Suecia o Países Bajos. A cada uno de estos inmigrantes se le asigna una región del país a la que no pueden ir, generalmente regiones fronterizas con Albania o Macedonia, las rutas predilectas de los contrabandistas.

Rashid, apenas entrado en la veintena, estaría en el furgón junto a Hasan si la policía lo hubiese encontrado. Pero se ha escabullido por la puerta trasera del hotel y ha logrado esconderse tras un terraplén. Son las cuatro de la tarde de un día frío. “Es la primera visita de la policía en un mes”, dice una de las recepcionistas una vez que se ha marchado el furgón. Los propietarios de este anodino hotel, situado a apenas un kilómetro del paso fronterizo, han descubierto un filón con los migrantes y agradecen que no se produzcan más redadas.

Los cincuenta inquilinos que ocupaban el salón del hotel Hara hasta la llegada de la policía eran todos migrantes. El perfil mayoritario es el de un hombre entre 20 y 30 años que viaja sin familiares. También hay alguna pareja con niños pequeños, hombres mayores como Hasan y algunos venidos de Irak, Afganistán o Eritrea. Todos comparten un mismo objetivo: cruzar Macedonia a pie, en coche o escondidos bajo un camión para llegar a Serbia. Desde allí, continuar su periplo para comenzar una nueva vida en la Unión Europea.

En el camino perderán sus ahorros, que en un principio debían servir para la compra de un pequeño terreno agrícola o financiar la educación universitaria de sus hijos. Estos pocos miles de euros los destinan ahora a pagar el viaje del hijo mayor o del padre de familia que espera poder reunirse con sus parientes en Friburgo o Estocolmo. “Me quedan apenas 500 de los 3.000 euros con los que salí de Siria”, dice Aslan, un joven de 21 años que abandonó su país hace tres meses. Con ese dinero quería costear su carrera de Ingeniería Eléctrica en la universidad de Damasco, pero la guerra truncó sus planes de tener una vida en Siria.

Ahora acampa ante el Parlamento griego, en la famosa plaza Syntagma, junto a otros sirios. Asegura sin mucha convicción que todavía tiene la esperanza de conseguir empezar de cero en Europa. “Sólo pedimos una oportunidad para un nuevo comienzo, porque mi vida pasada ha muerto” continúa Aslan, el mayor de cinco hermanos, sentado en una de las mantas estiradas sobre el frío mármol de la plaza. “Mi familia me necesita y desde aquí no puedo hacer nada”.

Inmigrantes sirios y subsaharianos en una ceremonia por los muertos en el mar Mediterráneo, en Malta (Reuters).
Inmigrantes sirios y subsaharianos en una ceremonia por los muertos en el mar Mediterráneo, en Malta (Reuters).

"Si ves a la policía, no mafia, no mafia"

La ruta de escape desde Siria que atraviesa Grecia es una de las más concurridas. Antes, los sirios pasan por Turquía –que no impide la entrada de los que escapan del conflicto–, desde donde los contrabandistas habilitan barcas para cruzar hasta aguas griegas. La ruta marítima es la más usada actualmente porque la vigilancia ha aumentado en la frontera terrestre, además del obstáculo que supone el río Evros y sus corrientes.

Los controles de la policía dificultan o detienen la travesía, pero también rescatan barcas a la deriva. Aslan fracasó en sus cinco primeros intentos, pero no en el sexto. “Salimos de la costa turca y gracias a un GPS supimos que ya estábamos en aguas griegas. Fue entonces cuando llamamos al 112 para que nos recogieran”, explica con una sonrisa de pillo. La policía trasladó al medio centenar de personas a centros de internamiento. La ley griega permite detener a los inmigrantes irregulares hasta 18 meses, pero su caso es especial en relación con otros inmigrantes, ya que la normativa europea no permite devolver a ciudadanos de países en guerra.

Grecia es sólo un alto en el camino y así lo demuestran las estadísticas. En 2012, el primer año de éxodo masivo por la guerra se contabilizaron alrededor de 8.000 sirios que residían allí de forma irregular, pero el porcentaje de los que solicitaron asilo en ese país apenas superaba el 3%. “No me interesa para nada pedir asilo en Grecia”, exclama Hasan en el hotel donde se aloja una vez de regreso en Tesalónica. Espera, junto a sus compañeros de viaje, el momento idóneo para intentar otra vez cruzar a Serbia. Conocen la legislación europea inscrita en el Reglamento de Dublín, que establece que el migrante puede solicitar asilo sólo en un Estado de la UE.

Estos migrantes tienen prisa. El camino del exilio no es barato y cada día que pasan varados en un hotel de Tesalónica es dinero perdido. La travesía desde Turquía cuesta más de 1.000 euros. El precio varía si el barco es de madera o de plástico, la cantidad de gente que viaja en él, la ruta elegida... Para cruzar desde Grecia hasta Serbia deben pagar alrededor de 1.300 euros a los contrabandistas, quienes reúnen grupos de al menos cuarenta personas para sacar más beneficio.

La mayoría repiten intentos antes de tener éxito. “Me han pillado cuatro o cinco veces, ya no recuerdo”, explica Tarek, un palestino de Siria de 28 años que escapó del campo de refugiados de Yarmouk, en Damasco, asediado durante meses y destrozado por los bombardeos. Y, salvo en el caso de algunos pequeños grupos que lo intentan por su cuenta, los contrabandistas son una pieza clave del engranaje.

Sorkar, que pide no revelar su verdadero nombre, es de Bangladesh y está situado en lo más bajo de la jerarquía de los contrabandistas. Acompaña a los grupos a través de las zonas boscosas que atraviesan para pasar de Grecia a Macedonia. “Si ves a la policía, no mafia, no mafia”, dice en un inglés macarrónico. Lo encuentro camino de vuelta a su coche por un paso que conecta Grecia y Macedonia. Avanza con dificultades para mantener el equilibrio en el terreno embarrado con su metro y medio de estatura. “¿Quieres ir a Serbia? Mi coche tiene matrícula internacional y en el camino no hay vigilancia, salimos esta noche”. Su oferta, de 600 dólares, suena demasiado atractiva en comparación con los precios que se manejan. “¡Sólo pagas si llegas a destino!”.

Migrantes evacuados de una embarcación en un gimnasio municipal en Ierapetra, en la isla de Creta (Reuters).
Migrantes evacuados de una embarcación en un gimnasio municipal en Ierapetra, en la isla de Creta (Reuters).

Un éxodo nunca visto desde la II Guerra Mundial

El éxodo sirio alcanza números nunca vistos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En el segundo trimestre de 2014, el número de sirios que intentaron entrar sin permisos en la Unión Europea fue seis veces mayor que el mismo periodo del año anterior; representaron un 24% del total de las entradas ilegales.

Los alojamientos de Tesalónica escenifican esa migración masiva. La primera planta del hotel Atlantis es un cuadrado que aloja las puertas de doce habitaciones. La mitad de ellas están entreabiertas. Sólo se oye el árabe de Siria y las pisadas de gente que va de un dormitorio a otro. Hasán está sentado sobre su cama en la habitación número 11. Las mochilas y los sacos de dormir cubren el suelo. Su hijo, callado como siempre, permanece en una esquina. Tres personas han venido de visita. A lo largo de las cinco horas de conversación en su habitación, habrá por lo menos cinco visitas más de grupos de sirios que pasan a saludar, pasar el rato u organizar un nuevo intento.

“El contrabandista nos acaba de decir que no salimos ni esta noche ni mañana” exclama Mohamad. Es un treintañero de manos ásperas que trabajaba como camionero en el sur de Siria. Allí siguen su mujer y dos hijas. Casi todos los sirios alojados en el hotel Atlantis esperan partir de nuevo cuanto antes. En las esquina de las calles más céntricas en Tesalónica abundan los grupos que se reúnen para intercambiar opiniones sobre las rutas menos vigiladas.

Lo que no cambia es el destino de su viaje. Primero, dicen, Suecia o Alemania. Si no, Países Bajos, Austria, Francia o Reino Unido. Los dos primeros países son los más receptivos con aquellos que escapan del brutal conflicto sirio. El Gobierno sueco “garantiza residencia permanente” para todos aquellos que pisen su territorio. Hasta 60.000 personas lo han conseguido. Mientras, en Alemania residen alrededor de 80.000 sirios gracias a diferentes programas de acogida. Es, además, el país que ha otorgado otorga la gran mayoría de concesiones de asilo en la UE, el 85% del total.

Thaber Salama, un sirio que entró en Grecia por mar, muestra en Atenas su permiso de residencia de seis meses (Reuters).
Thaber Salama, un sirio que entró en Grecia por mar, muestra en Atenas su permiso de residencia de seis meses (Reuters).

Triunfan los falsos DNIs españoles

En Macedonia, la policía que vigila la frontera con Grecia está cada día más alerta. Gevgelija es una pequeña ciudad de 15.000 habitantes, cuyas principales fuentes de ingreso son la industria y dos casinos. En los últimos tiempos han florecido clínicas dentales que utilizan los griegos ante el aumento del coste de la sanidad en su país por las políticas de austeridad. “¡Sirio!¡Sirio!” grita un policía desde la ventanilla de un todoterreno recién estacionado sobre la acera. Es la tercera vez en 24 horas que la policía me interpela de esta manera. Tras varias preguntas y una verificación exhaustiva de la autenticidad del pasaporte, los agentes se marchan.

El aumento del flujo de migrantes no sólo ha alertado a la policía. El restaurante del motel Verder es el sitio elegido por las parejas para cenar los fines de semana mientras una banda ameniza la velada y sobre una tela se proyectan sin cesar desfiles de Fashion TV. Preguntado acerca de la disponibilidad de alguna de las habitaciones, el recepcionista inquiere primero sobre la nacionalidad. “Es que vienen muchos sirios, afganos, iraquíes y tenemos prohibido alquilarles una habitación ya que nos puede traer problemas con la policía”, se queja.

Las dificultades con las que se encuentran estos migrantes les empujan a buscar rutas alternativas. “Lo he intentado por tierra, mar y aire”, dice el joven Aslan. Este verano compró un carnet de identidad español falso por 150 euros. Si bien no son los más fáciles de copiar, los españoles representan una cuarta parte de todos los documentos falsos confiscados por las policías europeas en 2014. Y la mitad de los sirios arrestados por fraude documental tenían en sus manos un DNI o pasaporte español.

Una vez conseguido el DNI, Aslan compró un billete de ida a Roma por 80 euros. El día del vuelo fue al aeropuerto Eleftherios Venizelos de Atenas y pasó sin problemas los controles. Ahora cuenta cómo intentaba disimular su alegría y nerviosismo mientras se encaminaba a la puerta para embarcar en el avión de Ryanair. Fue allí, a apenas tres metros de la rampa de acceso, donde le dijeron que había un problema con su DNI. Al poco, aparecieron dos guardias de seguridad que lo llevaron a una sala. “Al principio negaba que el DNI fuera falso” continúa Aslan, “pero cuando me preguntaron si era sirio ya no podía seguir mintiendo”. Le dejaron en libertad no sin antes desearle buena suerte en el próximo intento.

Comparado con un DNI español auténtico, los errores de la copia en el lado anverso son visibles de un vistazo. El pequeño escudo a la izquierda es apenas un cuadrado rojo con rectángulos a cada lado, el número de DNI no sigue ningún patrón, y algunos elementos que preceden a los datos personales –sexo, fecha de nacimiento o nombre– difieren del auténtico. Además, el primer y segundo apellido son el mismo.

Aunque los sirios son mayoría, también hay migrantes de otros países que intentan la misma ruta con menos medios. Entre el hotel Hara y la frontera con Macedonia, hay un edificio de dos plantas semiderruido. En uno de los muros alguien ha escrito “Nadie es ilegal” y restos de madera quemada y plásticos indican que Zalameh y Ahmad no son los primeros en pasar por aquí. Estos dos sudaneses han pasado una noche aquí para refugiarse de la lluvia que cae a diario durante el otoño.

“Me acercaré a los camiones e intentaré sostenerme en los bajos de uno de ellos para cruzar la frontera”, dice Ahmad. Señala sus tejanos ennegrecidos a la altura de las rodillas, prueba del intento fallido del día anterior. Zalameh, en cambio, prefiere volver a Tesalónica. Su petición de asilo ha sido rechazada y apenas le queda una semana para que expire el periodo de apelación. A sus 31 años y con mujer e hija en Darfur, lugar tristemente famoso por los miles de muertos de la última década, se plantea volver pero no sabe cómo. “Durante todo el verano he estado durmiendo en un parque”, confiesa antes de acompañar a Ahmad a la frontera. “Y sé que al menos en Darfur puedo vivir en una de las tiendas para desplazados”.

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