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“Fuck you, Al Qaeda!”
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“Fuck you, Al Qaeda!”

El frente supuestamente “islamista” en Libia se resquebraja. Meses de batallas mellan la moral de los milicianos que combaten en una guerra con tantas aristas como primeras líneas de fuego.

Foto: Miembros de las milicias del Gobierno de Tobruk sobre un tanque en la puerta del Banco Central de Bengasi , el pasado 21 de enero (Reuters).
Miembros de las milicias del Gobierno de Tobruk sobre un tanque en la puerta del Banco Central de Bengasi , el pasado 21 de enero (Reuters).

Como poseído por el espíritu de Gila, el miliciano se detiene en una intersección vallada, en todos los sentidos: “¿Por dónde se va a la guerra?”, pregunta. “Recto y a la izquierda, a Zintán; por la derecha, a Watiya”, responde Mohamed. “¿Y dónde hay más combatientes?”, inquiere el primero: “Ve a Watiya, allí estamos luchando”. Es día de tregua en los frentes libios, pero hay quien no se da por aludido.

Hace una semana que el Centro de Control de Fayer Libia (Amanecer en Libia, el ejército de facto del “Gobierno de Salvación Nacional”, en Trípoli) y las facciones coaligadas bajo la Operación Karama (brazo militar del único Ejecutivo reconocido por la comunidad internacional, en Tobruk) declararon un alto el fuego con el objetivo de facilitar las conversaciones patrocinadas por la ONU en Ginebra y encaminadas a lograr un Gobierno de Unidad Nacional que ponga fin al conflicto civil que vive Libia desde el verano.

El gatillo fácil de los grupos que mantienen sus propias intra-guerras en decenas de frentes por todo el territorio convirtió aquella tregua en papel mojado casi al tiempo de anunciarse. Un mes después, el parón frustrado es apenas un recuerdo y lo que se discute últimamente es si Occidente legitimará con una intervención internacional, como pide el presidente egipcio, Abdefatah Sisi, los ataques de la aviación vecina en venganza por la decapitación de 21 trabajadores coptos secuestrados en Sirte por el Estado Islámico.

Antes de que Daesh (acrónimo despectivo en árabe del EI, antes conocido como ISIS) corriese un tupido velo sobre el complejo esquema de fuerzas en liza, las lealtades empiezan a resquebrajarse tras casi medio año de batallas, avances y retrocesos. “Van moviendo los combates (las milicias de Zintán) de un sitio a otro”, explica Mohamed Abu Shagua, que, a finales de enero, lleva cuatro meses de sus 25 años apostado en esa rotonda de Azaziya donde se bifurca el camino hacia las primeras líneas. “No quieren luchar dentro de Zintán”, dice, “y están jugando con eso”.

Mohamed combate en el bando de Trípoli, bajo la bandera de Fayer Libia, que le ha llevado desde su casa, en la montaña donde se incrusta Guerián, hasta la carretera hacia Zawia. “Estamos aquí para asegurar la ciudad para la gente”, afirma, convencido, “para echar a los ladrones”. Los zintaníes, que constituyen la segunda columna de las tropas leales a Tobruk y al polémico general Jalifa Haftar, cuya lucha contra “los terroristas” ha convertido Bengasi en zona de guerra, se han ganado mala fama como fuerzas de “ocupación” dentro de su parcela en la revuelta geografía del conflicto.

No son los únicos. Para muestra, la escayola que lleva en la pata coja Ziad (pide dar un nombre falso), de Misrata. Está así desde 2011, asegura el veinteañero, cuando se unió como miliciano a la revolución que acabó con 42 años de dictadura de Muammar Gadafi. Cuando las brigadas misratíes entraron, triunfantes, en Trípoli, él, como muchos de sus compañeros, se quedaron pululando por la zona, en lugar de regresar a casa. El Gobierno de Transición y, después, el primer Ejecutivo electo, le prometieron un sueldo y un puesto como “soldado” o “policía”, según la nueva política de integrar a las fuerzas revolucionarias en los cuerpos de seguridad. Las luchas de poder entre katibas rivales no se hicieron esperar y, en noviembre de 2013, medio centenar de personas murieron en enfrentamientos entre zintaníes y misratíes en el entorno del aeropuerto internacional de Trípoli.

Como un calco, la batalla se repitió en julio y culminó con la expulsión de los combatientes de Zintán, reducidos en estrategia militar a dos brigadas sospechosas de querer reinstaurar el régimen gadafista: Qaaqaa y Sawaqa. Y a partir de entonces, Ziad y sus cuatro compañeros que salen de la garita con cara somnolienta a las dos de la tarde vigilan, en tres turnos de ochos horas, la entrada hecha añicos de lo que queda del aeródromo.

A la guerra, vuelva usted mañana

“¿Crees que eres mejor? ¿Que sois los héroes de Libia?”, amenaza al conductor misratí un supuesto comandante en el Centro de Control de Bir Ghanam, a 80 kilómetros al sur de Trípoli, entre Zintán y la capital. Supuesto porque es de los pocos que no viste uniforme militar (o pseudo), sino una chilaba tocada con una barba de la longitud de medio puño, del tipo que impide mirar a los ojos a una mujer cuando se le habla directamente. Allí donde se apostan las brigadas de Guerián y Zawia, los misratíes, espina dorsal de Fayer Libia, no son del todo bienvenidos, especialmente desde que al Consejo Civil de la ciudad le ha dado por respaldar el diálogo y condenar las acciones “terroristas” de grupos en Bengasi y en la provincia oriental.

El “comandante” no da su nombre, ni aclara su procedencia, pero se dispone a soltar una cháchara que no responde a preguntas ni atiende a razones. “Queremos construir una Libia democrática”, farfulla en algún momento, “no apoyamos a los terroristas”. Es imposible interrumpirle tras considerar la enésima petición de cuentas: documentación y permisos. No cuela. El frente al que el coche se dirige a velocidad de vértigo, con banda sonora de Frank Sinatra y pop suave, del que le gusta al “revolucionario” enganchado a las canciones tristes, está cerrado por reformas: a la guerra, vuelva usted mañana.

En el distrito de Zawia, reclaman sus milicianos, la lucha se libra por palmos de tierra propia. Entre sus campos de olivos enraizados a dunas de arena, el área militar ocupa el equivalente a unos 15 kilómetros cuadrados a los que solo pueden acceder los vecinos de la zona, según el doctor Abulkasim Mohamed Shiwa, galeno en el hospital de campaña instalado en el propio centro de control de Bir Ghanam.”Solo la gente que vive aquí viene alguna vez para ver sus casas”, dice.

A Abdullah Ali, de 38 años, no le hace falta moverse ni un palmo. Desde su puesto cerca de la llamada “T”, un cruce de carreteras que hace las veces de posición avanzada, observa la que fue su casa, rodeada de las que fueron sus tierras, al otro lado de la trinchera que marca el límite de la línea de fuego. “Mi madre, mi padre y mis hermanas (…) se han convertido en indigentes”, se indigna, “mi granja también fue ocupada y nos echaron; ahora les hemos expulsado (a los de Zintán)”.

“También se llevaron todos los vegetales y los animales para ellos”, incrimina el capitán Khaled, que manda a los 40 hombres afiliados a Deraa Libia (Escudo Libio) desplegados frente a la granja de Abdullah, “eso le pertenece al Gobierno, no a ellos”. En Zawia, dicen, nunca abandonaron las armas desde que se levantaron contra Gadafi el 24 de febrero de 2011. “Luego (tras la muerte del dictador) los de Zintán empezaron a crear problemas”, asegura Sabah, vecino del distrito y combatiente, “ahora tenemos la sensación de que estamos luchando por nuestras propias cosas”.

“Esto no es Libia”

En la posición “T” o en Bir Ghanam o, en general, en Zawia, la cosa no parece ir ni con el Gobierno en Trípoli, ni con el Gobierno en Tobruk, ni con la comunidad internacional. Los chavales en el frente resoplan cuando se les pregunta por negociaciones entre los dos bandos; resoplan cuando se les pregunta por el apoyo de Misrata al proceso, al que aún se oponen algunos elementos de Fayer Libia y el Consejo General de la Nación (CGN), el parlamento rebelde en Trípoli. Se ríen, sin embargo, cuando escuchan mencionar a Ansar al Sharía, el grupo calificado como terrorista y brazo de Al Qaeda por EEUU y el Consejo de Seguridad de la ONU y aliado “de conveniencia” de Fayer Libia en Bengasi.

“¿Ansar al Sharia?”, repregunta con guasa Mohamed antes de clavar el pulgar en alto, como un Me gusta en Facebook. Desde pequeño le apodan Shahuda, y ahora, de mayor, con 23 años, utiliza como almohada un oso de peluche que comparte tienda de campaña con una docena de postadolescentes metidos a guerrilleros con un solo mantra: “Nosotros estamos en nuestra área, ellos (los de Zintán) no están en su área, así que tenemos el derecho de evitar que cualquiera ocupe nuestra área”. El oso se llama Dabdu y tampoco se amedrenta cuando se escucha fuego de artillería al otro lado del plástico.

“Fuck you, Qaeda!” (“¡Que te jodan, Al Qaeda!”, en inglés), grita hacia una barricada de arena Shushu, también conocido como Abdulnasser, ex operario en una instalación petrolífera. “Aquí somos una familia”, dice, como la que asegura que han rescatado esa tarde de una casa quemada a uno o dos kilómetros de su posición. Del edificio han recuperado cinco heridos tras el incendio provocado por el fuego cruzado.

Hay Qaeda, hay Daesh”, recuenta Salah con hartazgo, “por mí, que se los carguen a todos, fuera de Libia”. Precisamente las simpatías del Gobierno de Trípoli y el CGN con elementos radicales son la piedra por la que no han conseguido granjearse la bendición de la comunidad internacional, que ha trasladado su apoyo a Tobruk y el general Haftar, cuyos aviones sobrevuelan ese día el frente de Zawia. “Eso no es Libia”, se enfada el joven. Salah solo quiere que acabe la guerra, dice, y volver a su vida. “¿Quieres fumar? Fuma; ¿quieres beber? Bebe; ¿te gusta el hachís? Perfecto, no tengo problemas con nadie”, no ha terminado la frase y se corrige, “con los Hermanos Musulmanes, sí, con Morsi, sí”.

Esa afirmación, hecha a puerta cerrada en el coche, podría costarle el arma, el teléfono satélite con el que se comunica “con cualquiera desde cualquier sitio” y a saber qué más. En los tiempos de Sisi, criticar a Morsi en Libia es el equivalente a aliarse con Haftar, sus bombas y sus milicianos. No en vano, el CGN está fuertemente controlado por la facción libia de la cofradía islamista. “Ellos están en Trípoli, sentados, ¡que vengan aquí a luchar!”, se queja Salah conforme el silbido de un proyectil hace levantar piedras que golpean contra la chapa del vehículo.

Conduce escopeteado hacia el final del día, donde los restos putrefactos de un mercado marcan la entrada al luto. “Aquí solía haber restaurantes, comida…”, apunta con cierto orgullo Salah. Allí, en el palo horizontal de esa “T” que dirige hacia Zintán, Zawiya y Trípoli, un mortero cargado de metralla ha matado a dos primos y herido a otros cuatro compañeros. El resto de milicianos no habla para evitar que salten las lágrimas mientras llevan la vista desde los grumos de sangre en la arena, a los cristales y hierros reventados de la pick-up y a los agujeros en la lona de su tienda.

De regreso a casa, la emisora entona un rezo por los caídos. Media docena de vehículos adornados con dushkas en la trasera emprenden la senda contraria. Es noche de tregua, pero hay quien no se da por aludido. “Mira, no hay problema, los restaurantes están abiertos, hay gente en la calle”, ilustra el joven, con más miseria que sarcasmo, cuando recupera la carretera de la costa que hace las veces de autovía hacia la capital, “allí han muerto dos y aquí como si no pasara nada”.

Como poseído por el espíritu de Gila, el miliciano se detiene en una intersección vallada, en todos los sentidos: “¿Por dónde se va a la guerra?”, pregunta. “Recto y a la izquierda, a Zintán; por la derecha, a Watiya”, responde Mohamed. “¿Y dónde hay más combatientes?”, inquiere el primero: “Ve a Watiya, allí estamos luchando”. Es día de tregua en los frentes libios, pero hay quien no se da por aludido.

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