LA GUERRA SIGUE; EL ESTADO ROZA LA BANCARROTA

Sin calefacción, sin pensiones, sin bancos: ¿resistirán el invierno en el Este ucraniano?

Centenares de ucranianos se apiñan en los sótanos por miedo a la guerra que asola el Este. Sin gas, sin apenas agua, sin dinero en efectivo, sin ayuda humanitaria.
Foto: Galina Bayeva llora ante el cadáver de su padre, muerto por fuego de artillería en el distrito Azotny, en Donétsk, este de Ucrania (Reuters).
Galina Bayeva llora ante el cadáver de su padre, muerto por fuego de artillería en el distrito Azotny, en Donétsk, este de Ucrania (Reuters).

Artem se ha despertado sudando. “No sé qué va a pasar conmigo, con mi abuela, con toda mi familia”, dice. La anciana le responde que se calme, que el pánico no sirve de nada. Pero Artem, a sus veinte y pico años, no está en paz. Ya mantuvo la calma cuando dejaron de funcionar los cajeros automáticos y cuando empezó a escasear el dinero en efectivo… Ahora, también bloquearon todos los terminales bancarios. “Y con ellos, la tarjeta de crédito que usaba para comprar comida”, cuenta a El Confidencial.

Artem se encuentra en Donétsk, en medio del enfrentamiento bélico que dura ya nueve meses. Nunca se ha marchado, no tiene cómo. “No tengo adónde ir, algún amigo me podría ayudar, pero no mucho”, confiesa, después de que Kiev haya ahora endurecido el bloqueo económico impuesto sobre Donétsk y Lugansk, epicentros de la sublevación prorrusa en una guerra que va camino de convertirse en otro conflicto congelado.

Los precios han subido, la electricidad y el agua (cuyo suministro depende de Kiev) ya escasean en las algunas áreas, mientras que las bombas, el miedo y la destrucción han obligado a centenares a trasladarse en sus sótanosLa guerra, las inciertas políticas de Kiev y los planes internacionales están marcando el futuro negro de Ucrania. Al menos, el que aguarda en el corto plazo. Empezando precisamente por el Donbás (la región que incluye Donétsk y Lugansk), donde, lejos de los juegos geopolíticos que se cocinan en las oficinas de Bruselas, Washington, Kiev y Moscú, el conflicto no sólo se cobra vidas –hay más de 4.000 muertos hasta la fecha, según diversas fuentes–, sino también los derechos y la economía de los que quedan.

Allí, después de que los rebeldes prorrusos decidieran violar los acuerdos de Minsk y celebraran el 2 de noviembre unas elecciones presidenciales y parlamentarias sólo reconocidas por Rusia, el Gobierno ucraniano optó por más palo y menos zanahoria contra los insurgentes. El 14 de noviembre, tras meses de un operativo bélico que no ha logrado aún despojar a los rebeldes del tercio del Donbás que todavía controlan, el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, anunció nuevas medidas destinadas a debilitarlos. Así, la tensión ha crecido entre la población civil que queda en el Donbás y ahora nadie sabe exactamente lo que va a ocurrir. O mejor, todos temen lo peor y ya no confían en nadie.

Ancianos y enfermos, sin pensiones ni ayudas

El bloqueo, de hecho, ha previsto medidas drásticas. En concreto, dejar de enviar dinero a escuelas y hospitales públicos y el completo bloqueo del circuito bancario en los territorios bajo control de los insurgentes prorrusos; esto, según lo anunciado, hasta que la zona vuelva bajo el control de Kiev. Algo que nadie sabe si sucederá ni cuándo. Más nefasto aún es que la medida se suma a otras similares decididas en los pasados meses, como la suspensión de los pagos de las ya exiguas pensiones y ayudas sociales que entregaba el Estado a los ancianos e inválidos que residen en la región.

“En realidad, no se les ha despojado de ese dinero, sólo se les pide ir a cobrarlo a ciudades cercanas bajo el control de Kiev”, aclara el diputado Alexei Ryabchyn, originario de la zona.

Atravesar diversos puestos de control para cobrar las pensiones y exponerse a tiroteos y bombardeos sin más protección que sus propios cuerpos representa una misión titánica que puede costar la vida, sobre todo para ancianos y enfermosTiene razón. Pero, en realidad, Ryabchyn también sabe que atravesar diversos puestos de control, exponerse a tiroteos y bombardeos sin más protección que sus propios cuerpos representa una misión titánica que puede costar la vida, sobre todo para ancianos y enfermos. “Ha sido una decisión difícil, pero no se podía dejar que ese dinero cayese en manos de los insurgentes”, dice, al argumentar, como han confirmado los propios rebeldes prorrusos, que en las últimas semanas las autoridades de la República Popular de Donétsk y Lugansk han empezado a exigir el pago de impuestos a las compañías que aún operan en la región.

Además, si bien los comercios todavía están surtidos en la región, los precios han subido, la electricidad y el agua (cuyo suministro depende de Kiev) ya escasean en las algunas áreas, mientras que las bombas, el miedo y la destrucción han obligado a centenares a trasladarse en sus sótanos. “No sabemos con exactitud cuántas personas en la región no tienen calefacción y agua caliente, pero todas las semanas, casi todos los días, nos hemos encontrado con ciudades y pueblos que no tienen”, confirma a El Confidencial Laurence Couture Gagnon, delegada de la misión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que se encuentra en el terreno.

Una paciente en el hospital psiquiátrico en las afueras de Slovyanoserbsk, en Lugansk (Reuters).
Una paciente en el hospital psiquiátrico en las afueras de Slovyanoserbsk, en Lugansk (Reuters).

Hospitales abandonados a su suerte

“El 24 de noviembre, la misión visitó un hospital psiquiátrico de Lugansk en el que viven 350 pacientes en condiciones críticas, a raíz de la falta de calefacción, electricidad, gas, comida y medicinas”, ejemplificó la funcionaria. Por esta dura situación, según información adquirida por la OSCE, 49 personas del centro han fallecido desde agosto pasado.

También los niños pagan. Aparte de los que han perecido y los ahora huérfanos, sobre los que no hay cifras seguras, también los que no han podido huir están lejos de tener una vida normal. Según datos enviados a este diario por Unicef Ucrania, de las 1.123 escuelas secundarias que había en toda la provincia (óblast) de Donétsk ahora sólo 147 siguen funcionando (e incluso podrían cerrar), lo que se suma a un daño psicológico que tardará años en sanarse (ver informe).

La limosna del hombre más rico de Ucrania

Así, para muchos, la única forma de sobrevivir es la ayuda humanitaria. Pero a las áreas bajo control de los insurgentes no llega ni la de organizaciones como la OSCE ni la de Kiev. “Los rebeldes no dejan entrar en sus territorios a nuestros camiones humanitarios”, se defiende Ryabchyn, que entró en el Parlamento tras las recientes elecciones parlamentarias de octubre pasado. Cosa extraña es que sí entran los camiones del hombre más rico de Ucrania, el magnate Rinat Ahmetov.

‘El 24 de noviembre, la misión visitó un hospital psiquiátrico de Lugansk en el que viven 350 pacientes en condiciones críticas, a raíz de la falta de calefacción, electricidad, gas, comida y medicinas’Hasta el 26 de noviembre pasado, de acuerdo con información de la Fundación de Ahmetov, este ha logrado meter en la zona bajo control rebelde 1.167 vehículos que contenían cajas de alimentos y material humanitario en 54 ciudades y pueblos de Donétsk y Lugansk, lo que ha hecho de Ahmetov, cuyo papel en las revueltas prorrusas del Este despierta sospechas, un limosnero de excepción. El problema es, según esta misma fuente, que, a pesar de la guerra, hay gente que se escapó primero y ahora está regresando al Este ucraniano porque no encontró cómo sobrevivir en otras partes del país.

Porque los datos dicen cosas, pero no lo explican todo. Como señala incluso la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR), la cual cifra el número de desplazados internos por el conflicto ucraniano en medio millón, aclarando que no es un dato definitivo y que posiblemente es mucho más alto. Esto se debe también a que un número impreciso ha huido a Rusia. Y a que, según numerosos observadores, las medidas del Gobierno ucraniano para los refugiados y desplazados internos no son suficientes. Más bien lo contrario. Según informes, algunos de que han huido de la guerra del Este habrían incluso sido colocados en centros sin calefacción y agua caliente, esto en un país en el que en los inviernos la columna de mercurio puede marcar hasta 30 grados bajo cero.

En Jarjóv, ciudad bajo el control de Kiev cercana a Donétsk y Luganks, donde han buscado refugio miles de desplazados, operadores de ACNUR y voluntarios trabajaban recientemente contra reloj para conseguir ropa de invierno y mantas para los que han llegado allí en el verano. Y, sin embargo, ante la escasez de recursos y personal, un fenómeno curioso y esperanzador fue ver también a muchos desplazados que ayudaban a desplazados. “Ni en Yugoslavia ni en Georgia he visto tanta participación de la sociedad civil”, afirmó, en este sentido, el responsable para Ucrania de ACNUR, Oldrich Andrysek.

Separatistas prorrusos ante camiones rusos con ayuda humanitaria en Makiivka, en la región de Donétsk (Reuters).
Separatistas prorrusos ante camiones rusos con ayuda humanitaria en Makiivka, en la región de Donétsk (Reuters).

El infierno no sólo está en el este

Pero el caos que asuela a Ucrania no afecta, ni afectará en los próximos meses, sólo al este del país. A un año de distancia del comienzo de la revuelta de Maidán (que comenzó exactamente el 21 de noviembre de 2013 tras la negativa del anterior presidente, Víktor Yanukóvich, de firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea), la economía de Ucrania se está desmoronando por las circunstancias.

Los datos macroeconómicos subrayan esta situación. Con su pulmón industrial casi íntegramente bloqueado (las minas y las fábricas de Donétsk y Luganks), el PIB de Ucrania caerá entre un 7% y un 10% este año, según las últimas estimaciones. Además, con una moneda, la grivna, que en el último año ha perdido casi la mitad de su cotización ante las principales divisas internacionales (una caída parecida a la del rublo ruso) y la posibilidad de una bancarrota del Estado, no son pocas las compañías de todo el país que están teniendo dificultades para pagar sus deudas y seguir a flote.

Para muchos, la única forma de sobrevivir es la ayuda humanitaria. Pero a las áreas bajo control de los insurgentes no llega ni la de organizaciones como la OSCE ni la de Kiev. Cosa extraña es que sí entran los camiones del hombre más rico de Ucrania, el magnate Rinat AhmetovPrueba son empresas como Metinvest (controlado por el magnate Ahmetov), que pidió recientemente pasar sus deudas en dólares que caducaban en 2015 a bonos que expirarán en 2017. O el productor agrícola Agroton, que solicitó a los poseedores de sus bonos que expiraban el año que viene aguantar hasta 2016. Y también están en una situación igualmente complicada la compañía agrícola Mriya, la productora de oleoductos Interpipe y los bancos Ukrainian International Bank, VAB, Nadra, and Finance y Credit Bank.

Con todo, también hay quien está haciendo su agosto. De acuerdo con varios analistas, por ejemplo, numerosas entidades ucranianas han comprado moneda extranjera, lo que amenaza con acentuar la depreciación de la grivna, disminuir el capital y complicar el rescate económico del país. “Ucrania y la grivna están encarando una crisis de confianza. (…) Ucrania todavía necesita más para convencer a la gente de que Occidente la respaldará”, dijo recientemente el economista Timothy Ash, especialista de Standard Bank Group.

Avangardco, la compañía más grande en el sector agrícola, es un ejemplo de los tiempos duros que todavía están lejos de ser superados. En los primeros nueve meses del año, reportó pérdidas por 5,7 millones de dólares, lejos de los 162 millones de beneficios registrados en ese mismo periodo en 2013. Esto tras, entre otras cosas, suspender sus actividades en sus granjas avícolas en las zonas bajo control de los rebeldes del Este de Ucrania, explicando que las ventas de huevos han bajado porque la gente ahora gasta menos dinero.

A toda vela hacia la bancarrota

Una situación que se suma a que otra gran amenaza es precisamente la bancarrota del Estado ucraniano, lo que también llevaría al abismo a su sector empresarial. Y algo que hace que Ucrania esté literalmente en manos de la ayuda internacional, en particular de sus dos principales prestamistas: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Unión Europea (UE). El problema es que el primero, a cambio de su préstamo de 17.000 millones de dólares (aprobado en marzo, aunque sólo los dos primeros tramos de la ayuda han llegado a Ucrania de momento), ha fijado un duro programa de recortes, que durará al menos dos años.

Por su parte, el pasado 3 de diciembre, de hecho, la UE desembolsó 500 millones de euros de ayuda para Ucrania, que se sumaron a los 860 millones que ya había dado en el marco del programa de asistencia macrofinanciera (MFA) para ese país. En paralelo, la UE también ha puesto en marcha una nueva misión que tiene como objetivo ayudar al país a mejorar su sistema administrativo y contener la corrupción, cuyos primeros resultados llegarán en los próximos meses.

Una mujer ante unas tumbas en Savur-Mohyla, una colina al Este de la ciudad de Donétsk (Reuters).
Una mujer ante unas tumbas en Savur-Mohyla, una colina al Este de la ciudad de Donétsk (Reuters).

Pero, también, ya hay retrasos. De hecho, las negociaciones entre el FMI y Ucrania fueron suspendidas en noviembre presuntamente hasta la formación del nuevo Ejecutivo ucraniano (algo que ocurrió hace días), mientras que no son pocos los que dudan de la eficacia de la implementación de las medidas que solicitan el FMI y la UE. “Las medidas de austeridad del FMI, que ya agotaron a países como España y Grecia durante la crisis del euro, amenazan ahora con desestabilizar aún más a Ucrania”, explicaba recientemente Olena Bilan, economista de Dragon Capital.

No hay informes completos sobre las consecuencias que todo esto está teniendo en el ucraniano de a pie de calle. Pero, considerado el punto de arranque, las circunstancias desdibujan los peores escenarios. De hecho, de acuerdo con datos anteriores al conflicto del centro de estadísticas UKRSTAT, en Ucrania, el salario promedio mensual es de 303 euros, la economía sumergida alcanza el 50% del PIB y la pobreza y desigualdad social se extienden de forma grave, en particular en las zonas rurales. Además, según los analistas, si bien la tasa de paro es baja (en torno al 7%), esto se debe al escaso incentivo a registrarse en las oficinas de desempleo de esta nación, en la que sólo alrededor mitad de la población es activa laboralmente, según los datos oficiales.

Y no hay señales de que las cosas vayan a cambiar en positivo, al menos de momento. Pues además Kiev, los rebeldes prorrusos y Vladimir Putin siguen sin enterrar el hacha de guerra. Un ejemplo ha sido el discurso del 4 diciembre pronunciado ante la Rada de Moscú por el propio el presidente ruso. “Algunos quieren que Rusia sea desmantelada como Yugoslavia”, afirmó, al rechazar las sanciones de Europa y EEUU. Pero, “hablar con Rusia desde una posición de fuerza es inútil. La política de contención no fue inventada ayer, se aplica contra nuestro país desde hace muchos años”, añadió, al argumentar que “nadie podrá lograr la supremacía militar sobre Rusia”. ¿Por qué? Porque su ejército es “educado, pero temible”. 

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