ISRAEL DERRIBA SUS CASAS como castigo

Yo soy la madre de un “terrorista”

¿Qué hay detrás de un palestino que comete atentados? Visitamos a las madres de los atacantes después de que sus casas hayan sido demolidas como castigo

Muchos ya hablan de la tercera Intifada. Y es que la grave escalada de violencia provocó la semana pasada el ataque más grave en Jerusalén desde 2008. Acciones protagonizadas por jóvenes palestinos que matan con coches, cuchillos de cocina y revólveres. ¿Qué hay detrás de un joven que comete un atentado? ¿Cuál es la postura de su familia? El Confidencial visita a las madres de los atacantes, abatidos por la policía israelí, poco después de que sus casas hayan sido demolidas como castigo por los crímenes que cometieron sus hijos.

Ines Al Shaludi camina pesadamente sobre las ruinas del antiguo salón de su casa. En sus manos sostiene un retrato de su hijo primogénito, el joven Abdel Rahman Al Shaludi. Lo observa con los ojos de quien atraviesa el peor capítulo de su vida. Su hijo fue el primer atacante palestino que mató con su coche a dos ciudadanos israelíes; murió segundos después, abatido a tiros por la policía. Un mes más tarde, varios agentes han irrumpido en su casa de madrugada. Después de echar a los padres y a los siete niños que la habitan, los israelíes han dinamitado el hogar de esta humilde familia del barrio de Silwan, en Jerusalén Este, como castigo por el crimen que cometió su hijo

‘En los últimos días mi hijo ni dormía ni salía de casa; había caído en un estado de paranoia. Los servicios secretos (israelíes) no dejaban de llamarle. Pretendían convertirle en un informador. Se volvió loco, no se fiaba de nadie’“Fue un accidente”, dice a El Confidencial la madre de Abdel Rahman mientras rescata de entre los escombros, junto a otras vecinas, los restos de sus pertenencias. “Los últimos tres días, mi hijo ni siquiera dormía ni salía de casa; había caído en un estado de paranoia”, explica. Con tan sólo 21 años, el joven contaba con un largo historial de arrestos y abusos policiales. En 2012 fue detenido por lanzar piedras contra soldados israelíes, un acto que le costó 14 meses de prisión. Según asegura su madre, desde que Abdel fue puesto en libertad en diciembre de 2013,  los servicios secretos de Israel no dejaban de llamarle. “Pretendían convertirle en un informador”, cuenta con angustia. Al final, dice, todo su entorno, sus amigos y vecinos del barrio, empezaron a colaborar con los israelíes. “Abdel se volvió loco, no se fiaba de nadie”.

Aquel fatídico 22 de octubre, Ines convenció a su hijo para que visitase al médico por la mañana. “Le dijeron que tenía depresión y le dieron cita con el psicólogo para el 9 de noviembre…”, explica, desconsolada. Pero esa misma tarde, Abdel Rahman cogió su Volkswagen color plata y atropelló a un grupo de israelíes que esperaba en la parada del tranvía. El ataque fue rápidamente calificado de “acto terrorista” por Israel y los grupos de resistencia palestinos salieron a las calles a festejar las muertes. Incluso Hamás declaró que Shaludi era uno de sus miembros, aunque la organización no asumió la responsabilidad del ataque.

Ines mueve repetidamente la cabeza. Niega una y otra vez que su hijo estuviera inmiscuido en cualquier grupo de resistencia.

Un niño familiar de Abdel Rahman entre los escombros de la casa demolida (Reuters).
Un niño familiar de Abdel Rahman entre los escombros de la casa demolida (Reuters).

Las madres de los “mártires”

Las madres de los “mártires” palestinos tienen un papel muy importante dentro de su comunidad. En una sociedad en la que el shahid (mártir) obtiene un prestigio comparable a un santo cristiano, la muerte en ataques se interpreta como una recompensa. Las familias de quienes han caído luchando contra Israel celebran varios días de luto en su barrio… reciben visitas, regalos y felicitaciones.

‘Muataz construyó una personalidad de odio con el paso de los años. Una vez fui a visitarle a prisión y vi las marcas de las torturas en sus muñecas’, cuenta su padreUm Nidal (“madre Nidal”) personifica como nadie este discurso: de sus seis hijos, tres murieron mientras cometían atentados. “Ojalá tuviera 100 hijos como Mohamed. Sacrificaría a todos ellos en el nombre de Dios”, llegó a decir. Pero la narrativa de las madres no es siempre la misma: algunas, como Ines, lloran y maldicen la guerra que se ha llevado a sus hijos y niegan cualquier vinculación con grupos armados. Aun así, todas culpan de su desgracia a la ocupación israelí de las tierras palestinas.

Sedya Hiyazi escuchó desde el salón de su casa los 22 disparos que acabaron con la vida de su hijo. Muataz Hiyazi era el principal sospechoso del atentado contra el extremista Yehuda Glick, un rabino colono que recibió cuatro tiros la noche del 29 de octubre. Horas más tarde, la policía israelí fue a buscarlo a su barrio de Abu Tor y, tras un intercambio de disparos, mató a Muataz en el tejado de su casa. “Cuando escuché el sonido de las balas, sentí que Muataz estaba sufriendo. Sabía que lo habían matado”, cuenta Sedya, desconsolada, a El Confidencial mientras reúne en una maleta las pocas pertenencias que quedan en su casa.

La familia también ha recibido el aviso de demolición y busca sin descanso una nueva casa a la que mudarse. “Estoy segura al 100% de que Muataz no intentó matar a Yehuda Glick porque (los israelíes) no han aportado suficientes pruebas”, afirma con rotundidad Sedya. En cualquier caso, ella también se resiste a admitir que su hijo estuviera colaborando, como apuntaron algunos medios, con la Yihad Islámica.

La madre de Muataz Hiyazi, abatido por la policía israelí, muestra una foto de su hijo (Reuters).
La madre de Muataz Hiyazi, abatido por la policía israelí, muestra una foto de su hijo (Reuters).

Una juventud entre rejas

Desde el salón de la casa contigua, el padre de los Hiyazi justifica con su relato la difícil infancia de su hijo. “Desde joven sufrió abusos de la policía, detenciones sin cargos o humillaciones en los check-points”, explica a El Confidencial. A los 18 años, Muataz cometió su primer acto “terrorista”: alteró el sistema eléctrico para provocar un incendio en una vivienda. Por otros seis casos similares pasó casi doce años en prisión. Su comportamiento violento en la cárcel, donde atacó a los guardas de vigilancia, alargó en varias ocasiones su condena.

Muataz construyó una personalidad de odio con el paso de los años”, dice su padre desconsolado. Según cuenta, durante el encierro sufrió torturas, interrogatorios extrajudiciales y pasó largas temporadas en aislamiento. De pronto, el hombre rompe a llorar… “Recuerdo una vez que fui a visitarle y pude ver las marcas de las torturas en sus muñecas. Me dijo que solían arrastrarle por el suelo con las esposas”, explica.

Fue durante esos doce años en prisión cuando, según reconoce su padre, pudo “mantener relación con grupos islamistas, como Hamás o la Yihad Islámica. La cárcel le convirtió en una persona violenta. Quizá estaba satisfecho con sus ideales”. Incluso, cuando fue puesto en libertad, “miembros de Hamás iban a visitarle a su casa. ¡Yo le avisé de que no se uniera a grupos violentos!”, grita con impotencia este palestino de 67 años impecablemente vestido. “Pero, aun así, nunca aceptaré que mi hijo disparase contra ese rabino”, espeta. Los vecinos del barrio, en Abu Tor, dudan a la hora de señalar al culpable… Algunos sí apuntan al joven. De momento, la investigación continúa abierta y no se ha aportado ninguna prueba que incrimine directamente a Muataz Hiyazi. 

Palestino portan el ataúd de Muataz Hiyazi durante su funeral en Jerusalén Este (Reuters).
Palestino portan el ataúd de Muataz Hiyazi durante su funeral en Jerusalén Este (Reuters).

“Era un héroe. Él fue el protector de Al Aqsa”

En las calles del campo de refugiados de Shuafat, un barrio palestino ubicado al otro lado del muro, los vecinos se manifiestan por tercera noche consecutiva. Sus gritos se elevan en la oscuridad cuando claman contra la intrusión de los judíos en la mezquita de Al Aqsa (que forma parte del complejo de la Explanada de las Mezquitas, en Jerusalén, el tercer lugar más sagrado para el islam). “¡Los colonos entran cada día para rezar escoltados por policías! ¡Es una provocación! ¡Y el día de nuestro rezo la cierran!”, exclaman.

En este humilde barrio del Este de la ciudad, donde la población es más religiosa que en otras zonas palestinas, se acusa al Gobierno israelí de no respetar el acuerdo de 1967, que impide el acceso de judíos al recinto de la Explanada y que reserva el Muro de las Lamentaciones para sus rezos. A pocos metros de la entrada se encuentra la casa de Ibrahim Al Akkari, el “mártir de Al Aqsa”, como se le ha bautizado en estos suburbios.

Mientras corren alrededor de su madre, los niños gritan a coro ‘¡mi padre es un héroe!’ y enseñan eufóricos el retrato en la pared, donde Ibrahim aparece ensalzado como un paladín de la causa palestinaIbrahim fue el segundo palestino en matar con su coche a dos israelíes. Murió poco después, tiroteado por policías. El pequeño domicilio de los Akkari se ha convertido en lugar de peregrinación en el barrio. Familias enteras acuden a presentar sus respetos a Amira, la viuda de Ibrahim. Esta mujer joven, acompañada de sus cinco hijos, espera a los visitantes en un piso completamente vacío. Ya ha sacado los muebles, la ropa y la comida, porque aguarda, inquieta, la demolición de su vivienda. Mientras corren alrededor de su madre, los niños gritan a coro “¡mi padre es un héroe!” y enseñan eufóricos su retrato en la pared, donde Ibrahim aparece ensalzado como un paladín de la causa palestina. 

“Ibrahim pasó la noche rezando en la mezquita de Al Aqsa”, cuenta Amira a El Confidencial. “Mientras desayunaba por la mañana, vio en televisión las imágenes de varios israelíes dentro de nuestra mezquita”. Su viuda asegura que Ibrahim abandonó la casa muy enfadado, pero que nunca le reveló lo que estaba por venir. Minutos después, Amira vio en Facebook la imagen del accidente, la fotografía del cuerpo de su marido en el suelo. Rápidamente entendió lo que había pasado.

Sin embargo, Amira no muestra ninguna compasión. Ella cree que “alguien tiene que proteger nuestros lugares sagrados”. “Estoy contenta por mi marido”, exclama mientras acepta con una sonrisa las felicitaciones de unos vecinos, “pero no por mi casa ni por mis hijos. Ahora dependemos del apoyo de nuestra gente”. En el edifico de enfrente, amigos de la familia definen a Ibrahim como un hombre estrictamente religioso, aunque aseguran que no estaba a la orden de ninguna organización. “Lo que hizo Ibrahim es muy importante”, dice uno de los vecinos, “¿Por qué? Porque infunde miedo, y eso es lo que necesitamos para que los judíos se mantengan lejos de nuestra mezquita”. 

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