LA CRISIS DE LOS MISILES SIN KENNEDY

Las cuatro consecuencias de la invasión de Crimea que Putin ha infravalorado

La invasión de Crimea es una maniobra que debe ser leída con una doble intención: mantener viva la Guerra Fría y exacerbar el nacionalismo ruso radical

Foto: Soldados ucranianos llegan al aeródromo de Belbek, en Crimea, para negociar con las tropas rusas. (Reuters)
Soldados ucranianos llegan al aeródromo de Belbek, en Crimea, para negociar con las tropas rusas. (Reuters)

Ucrania es ante todo un país profundamente dividido entre dos comunidades que, aparentemente, parecen tener intereses contrapuestos. El oeste, más rural, acoge la población ucraniana, mientras que el este y sur del país son las zonas más industrializadas, donde se asienta la población rusa. En medio de estas dos zonas encontramos Crimea, una península conquistada (en el siglo XVII) por los zares a la Horda de Oro y que Kruschev regaló a los ucranianos por su heroica contribución a la Gran Guerra.

Crimea –al igual que la del resto de Ucrania– permaneció sumida en una situación de cierta calma tras la disolución soviética. Las armas nucleares desplegadas en territorio ucraniano por la URSS pasaron a estar bajo control ruso, y toda la cooperación se encauzó en el seno de la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

Estamos viviendo un calentamiento del conflicto que algunos han denominado 'segunda guerra fría'. Los primeros episodios fueron Bosnia y Kosovo en los 90, para pasar posteriormente a otros escenarios como Irak, Georgia, Libia, Siria. En la actualidad, Ucrania o el Ártico son los dos grandes focos de tensión entre el Este y el OesteDe hecho, en 1998 Kiev y Moscú firmaron un acuerdo de cesión de la base de Sebastopol hasta 2017 con condiciones aceptables para ambas partes. La Flota Soviética del Mar Negro se dividía en dos partes no iguales (80% para Rusia y 20% para Ucrania) a cambio de que Moscú no cuestionase la soberanía de Crimea, que pertenecería de forma exclusiva e indefinida a Ucrania. Algunas de las instalaciones de la península tales como puertos o faros serían de utilización conjunta.

De la mano de Krachuk y Kuchma, Ucrania caminaba hacia la democracia, con ritmo lento, pero con avances avalados, entre otros, por el Consejo de Europa. No obstante, algunos obstáculos, como el caso Kuchmagate, alteraron notablemente la vida política permitiendo que la parte occidentalista de la población estuviera en posición de ganar unas elecciones. En 2004, después de repetir unos comicios que ilegalmente daban por ganador a Yanukóvich, una marea naranja llevó al poder al dúo Yushenko-Tymoshenko. Ucrania giraba y se planteaba su integración en la OTAN y en la UE, dejando lejos la luz que desprendía el faro Rusia.

El mar soviético se convirtió en un ‘mar OTAN’

Al mismo tiempo, la OTAN avanzaba en el control del mar Negro, ya que precisamente en ese mismo año se incorporaban a la Alianza Bulgaria y Rumanía. Al mismo ritmo, Georgia ponía rumbo a la OTAN amenazando a Rusia con ser el único Estado del mar Negro que no era miembro de la Alianza. Lo que antaño fue un mar soviético se convertía en un mar OTAN.

Sin embargo, el encarcelamiento de la primera ministra Tymoshenko, unido a la asfixia económica rusa, permitió a Yanukóvich ocupar de nuevo el sillón presidencial. Kiev volvía a mirar a Moscú. Entre otras muchas medidas decidió extender la cesión de la base de Sebastopol hasta 2042, con posibilidad de alargarla hasta 2047. Esta era la señal que marcaba el inicio de la actual crisis. Moscú también movía sus fichas.

Putin pretende exacerbar los ánimos del nacionalismo ruso más radical para buscar un enemigo en el exterior y tapar así la crisis económica, política y social que arrastra Rusia desde hace ya muchos añosUna crisis en Osetia acabó con las esperanzas del pueblo georgiano. Para culminar la ecuación, debemos mencionar el cambio en la Casa Blanca. El denostado George W. Bush acababa su segundo mandato y entraba un nuevo presidente, Barack H. Obama, que traía un mensaje muy diferente: resetear las relaciones con Rusia.

En diciembre pasado, después de unos años en los que los poderes presidenciales de Yanukóvich no pararon de crecer, la población ucraniana no pudo más y salió a las calles. Tras casi tres meses de lucha, Yanukóvich abandonaba el país para refugiarse en Rusia. Esta fue la señal que marcó el inicio de la reacción rusa. Tal y como ha venido estableciendo en las diferentes doctrinas militares (2000 y 2010), el Kremlin se reserva el derecho de enviar fuerzas militares para defender la seguridad de sus minorías en el extranjero. Esta doctrina ya fue puesta en práctica en 2008 y, desde luego, está siendo aplicada en Crimea en 2014.

Sin embargo, la explicación a este problema no debemos buscarla sólo en la protección de sus minorías. Estamos viviendo un calentamiento del conflicto que algunos han denominado segunda guerra fría. Los primeros episodios fueron Bosnia y Kosovo en los 90, para pasar posteriormente a otros escenarios como Irak, Georgia, Libia, Siria. En la actualidad, Ucrania o el Ártico son los dos grandes focos de tensión entre el Este y el Oeste.

Putin ofrece una rueda de prensa en la residencia Novo-Ogaryovo, a las afueras de Moscú (Reuters).
Putin ofrece una rueda de prensa en la residencia Novo-Ogaryovo, a las afueras de Moscú (Reuters).

Las consecuencias que Putin ha infravalorado

La situación hoy en Crimea es extremadamente delicada. Rusia ha entendido que las provocaciones anteriores no han tenido respuesta, por lo que considera que su operación en Crimea tendrá el mismo coste. Esta sensación tiene una base empírica: desde que Rusia ha comenzado a enviar tropas a Crimea, la reacción de Occidente ha sido más bien escasa. Si bien es cierto que la Unión Europea ha sido más contundente de lo que se podría esperar, la reacción de Estados Unidos ha sido mucho menos dura de lo que nos gustaría a los europeos. Ni tan si quiera se han tomado medidas diplomáticas como la retirada de los embajadores o la llamada a consultas de los mismos, con la única excepción de Australia, territorio donde la diáspora ucraniana es muy importante.

No obstante, las provocaciones rusas pueden tener una serie de implicaciones que, o bien el Kremlin no ha tenido en cuenta, o bien ha infravalorado. En primer lugar, el despliegue militar en Crimea puede tener consecuencias internas muy serias para Rusia, especialmente en el Cáucaso Norte, región que se mantiene en paz por la alta militarización. Lugares tan complicados como Daguestán, Chechenia y Tartaristán podrían comenzar a desestabilizarse ya que las tropas que antes mantenían la paz ahora están en el territorio de la república autónoma. Además, la violencia ejercida contra los tártaros de Crimea (12% de la población) podría provocar levantamientos en estas zonas ya de por sí poco leales a Moscú.

El despliegue militar en Crimea puede tener consecuencias internas muy serias para Rusia, especialmente en el Cáucaso Norte, región que se mantiene en paz por la alta militarización. Lugares tan complicados como Daguestán, Chechenia y Tartaristán podrían comenzar a desestabilizarse, ya que las tropas que antes mantenían la paz ahora están en el territorio de la república autónomaEn segundo lugar, en términos de imagen, Moscú ha dilapidado la costosa campaña de diplomacia pública llevada a cabo durante los juegos de Sochi. El valor añadido por Sochi en términos de marca país ha acabado directamente en la basura.

En tercer lugar, las relaciones con Occidente están en su peor momento desde la invasión soviética de Afganistán, lo cual resulta preocupante habida cuenta de que el 80% de la economía rusa se basa en la energía y, sobre todo, en la demanda de los países occidentales, que representan el 72% de sus exportaciones (UE, EEUU, Corea y Japón). En cuarto lugar, a pesar de la represión ejercida desde su vuelta al Kremlin, Putin es el presidente más cuestionado desde Gorbachov. No podemos olvidar las manifestaciones de 2011, 2012 y 2013, a las que acudieron personalidades tan significativas como Gorbachov o Gary Kasparov.

La invasión de Crimea es, ante todo y sobre todo, una maniobra que debe ser leída con una doble intención. Por un lado, pretende mantener viva la Guerra Fría abriendo un frente donde Rusia estaba siendo derrotada, el mar Negro. Por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, Putin pretende exacerbar los ánimos del nacionalismo ruso más radical para buscar un enemigo en el exterior y tapar así la crisis económica, política y social que arrastra Rusia desde hace ya muchos años.

*Alberto Priego es profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas. Ha trabajado en varias universidades y think tanks como la East West, la UCM o la University of London (SOAS). 

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