No ha sido fácil dejar España. He necesitado un largo camino para tomar esta decisión, he dudado mucho, me he acobardado varias veces, porque Madrid es la ciudad que elegí para vivir, a conciencia y con entusiasmo. Una ciudad que he amado con locura y que me ha dado todo lo que soy en lo laboral. Pero aquí estoy, en Río de Janeiro, recién empezando una nueva vida al otro lado del charco.

Llegué a Madrid a finales de 1998 con un sueño: ser periodista. Soy italiana y en mi país es complejo trabajar como tal sin enchufe. Tuve que emigrar. Me fui a Alemania, donde acabé en la Deutsche Welle, pero sabía que era muy difícil salir de la mediocridad por causa del idioma.

Un día, leyendo El País, descubrí que tenían un Máster de Periodismo. Adoraba este periódico. Lo leía gratis en el bar donde trabajaba, en Aquisgrán, no tenía dinero para comprar La Repubblica. Me armé de valor y escribí a la Escuela de Periodismo para pedir unas prácticas: quería valorar si estaba a la altura de estudiar periodismo en español.

Contra todo pronóstico, me aceptaron. Aquella carta cambió mi vida. Y por eso, el 30 de septiembre de 1998 llegué a Madrid, sin conocer a nadie, y con una idea fija: entrar en el máster y conseguir mi pasaporte hacia la profesión que sería mi vocación y mi condena.

Recuerdo que en la época de emergencia de la basura en Nápoles, rehén de la Camorra, recibí una carta del Ayuntamiento de Madrid, disculpándose de no poder lavar las calles de mi barrio por una avería. La envié a mi madre: no paró de enseñársela a los vecinos, incrédulaMis primeros años en Madrid fueron muy excitantes. La ciudad que nunca duerme no paraba de sorprenderme. Existe la falsa idea de que españoles e italianos somos parecidos. Nada más lejos de la realidad. Italia es un país de ahorradores que gastan dinero en aparentar: coches elegantes, ropa bonita, gafas de sol espectaculares. Los españoles derrochan sin pena el dinero en vivir: comer bien, tomar cañas, irse de fin de semana.

El hedonismo de España me liberó de la rigidez intelectual que aprisionaba desde mi infancia. Quince años después, sigo alucinando con la capacidad que tienen los españoles de pasar horas en los bares. Leer a Benito Pérez Galdós me ayudó a comprender el arraigo de esta costumbre tan española. Me encantaba salir los domingos en La Latina, después de las cañas en el Rastro. Me fascinaba ver aquellos seres ojerosos que empalmaban el día con la noche sin dejar de estar bien humorados. Nunca he entendido de dónde sacan los españoles tanta energía para vivir a tope la noche y funcionar en el trabajo.

Aunque al principio me suscitasen cierto rechazo, acabé amando los bares llenos de papeles y porquería en el suelo. Adoraba esa costumbre tan social de “tomar algo” después del trabajo, las fiestas de barrio que duran varios días; esos cocidos descomunales que te dejan doblada durante dos días y aquella manera de hablar de los madrileños, que parece que están siempre enfadados pero no, ellos son así, rugen pero no muerden.

Es curioso cómo los extranjeros nos hacemos con la cultura de otro país. Funcionar como periodista en España me resultaba complicado, no por el idioma, sino por el hipertexto, eso es, saber quién es quién, conocer los códigos, estar en la onda para poder informar. Leía varios periódicos al día intentando superar mis limitaciones. Por absurdo que parezca, sabía más del Plan Ibarretxe o de Jamal Zougam y el grupo de asesinos que acabó con la vida de 192 personas un terrible 11 de marzo que de los iconos populares. Fue por eso que, cuando me abordó un abuelete en un bar de la calle Goya, no supe hasta mucho después que era el mismísimo Fary, intentando ligarse a la italiana de ojos verdes.

He vivido en Italia, Escocia, Rusia, Alemania, España y Brasil y puedo decir con conocimiento de causa que España es un país moderno que ha sabido aprovechar, a diferencia del sur de Italia, las ayudas comunitarias para construir infraestructuras de primer nivel, cuyo modelo ahora es imitado en países como Argentina o China.A los siete años de estar en Madrid, empecé a trabajar en la televisión. Sin duda, mi mejor empleo fue el de reportera de Madrid Directo. Por fin podía decirlo en voz alta: soy periodista. Vivía en la ciudad más alegre de Europa, trabajaba en lo que quería y era feliz. Así de sencillo. Me encantaba patearme la ciudad a diario, meterme en barrios problemáticos o en la sala de mandos del reloj de la Puerta del Sol para contar la novedad del día. Informaba con mi acento napolitano, cosa que agradaba a algunos y molestaba a otros. Eso sí, me gané un público de abuelas entregadas que me paraban en la calle para darme la enhorabuena por mi castellano. Los extranjeros de Madrid también me abordaban: “Por fin nos sentimos representados en la televisión pública”. Incluso llegué a retransmitir unas fiestas de la Paloma vestida de chulapa, algo que suscitó el entusiasmo de muchas castizas.

Casi no hay esquina de Madrid en la que no haya hecho un reportaje o directo. Fui muy feliz siendo una de las voces de la ciudad. Me encantaba tomarle el pulso a la villa, saber de primera mano lo que se cocía en cada barrio. Así que, cuando se anunció el ERE de Telemadrid, supe que mi vida iba a cambiar.

Seguramente el despido masivo de Telemadrid fue el desencadenante de mi marcha de Madrid. Fueron meses muy difíciles, de mucho sufrimiento e incertidumbre. Yo hice lo único que podía hacer en aquellas circunstancias: contarlo. A mi manera, claro. Necesitaba denunciar la injusticia a la que nos estaban sometiendo.

Fiestas de La Paloma, en Madrid. (EFE)Fiestas de La Paloma, en Madrid. (EFE)No voy a dramatizar. Siendo honestos, mi etapa en la tele local había acabado hacía tiempo. Los que me conocen bien saben que en los últimos años estaba experimentando cierto cansancio de Madrid. Eso obedecía más a razones subjetivas que objetivas. Siempre fui un culo inquieto y los 15 años en Madrid representan un récord absoluto en mi vida. Hacía tiempo que me había enamorado de Brasil y de su vitalidad, pero no me atrevía a dejar un trabajo que amaba y la seguridad de una vida burguesa para lanzarme a una aventura sin garantías.

Y entonces Madrid cambió

Me marcho porque me echaron con una indemnización de 20 días por año trabajado; porque no han sabido o querido aprovechar mi entusiasmo, mi experiencia y mis seis idiomas; porque me niego a trabajar por un sueldo inferior al que percibía cuando era becaria, hace 14 añosEn cierto sentido, el ERE de Telemadrid me dio alas, me ayudó a tomar una decisión que llevaba rumiando desde hacía mucho tiempo. Eso no quita el desasosiego que sentí al ver a tantos compañeros arruinados por una decisión política arbitraria e innecesaria. Grandes profesionales que habían estudiado para aprobar una oposición se han quedado en la calle a sus 50 años y van a tenerlo crudo para reengancharse al mercado laboral. ¿Ha cambiado Madrid desde aquel 30 de septiembre de 1998? Mucho. Hoy es una ciudad más pobre, más sucia, más desigual, más triste, más apagada. Me duele decirlo y me disculpo si con estas palabras ofendo a alguien, pero hablo desde el cariño y con una enorme pena.

Soy de Nápoles, una ciudad en la que la economía sumergida supera con creces la oficial y donde pagan los impuestos sólo los que no tienen más remedio. Sin embargo, fiscal y laboralmente me siento española. Siempre he pagado hasta el último céntimo a Hacienda y sin pena. Los servicios que me ofrecía a cambio el Estado español me parecían impecables: una sanidad gratuita y excelente, una red de transporte inmejorable, una burocracia moderna y rápida… Sí queridos españoles, en Italia sería impensable tener un número 010 en el que puedes pedir un certificado de empadronamiento y que te llegue gratis a tu casa en dos días.

Recuerdo que en la época de emergencia de la basura en Nápoles, rehén de la Camorra, recibí una carta del Ayuntamiento de Madrid, disculpándose de no poder lavar las calles de mi barrio por una avería. La envié a mi madre: no paró de enseñársela a los vecinos, incrédula.

Durante muchos años, España tuvo una presión fiscal inferior a sus vecinos europeos y unas prestaciones sociales infinitamente mejores. Es cierto que en Francia las ayudas al sector de la cultura son mayores y mejores; o que las empresas alemanas invierten sumas récord en sus departamentos de investigación y desarrollo. No quiero decir que era todo perfecto. Sin embargo, he vivido en Italia, Escocia, Rusia, Alemania, España y Brasil y puedo decir con conocimiento de causa que España es un país moderno que ha sabido aprovechar, a diferencia del sur de Italia, las ayudas comunitarias para construir infraestructuras de primer nivel, cuyo modelo ahora es imitado en países como Argentina o China.

¿Por qué marcharse?

En su momento, elegí España precisamente porque representaba la combinación perfecta entre la eficiencia nórdica y el calor sureño. En Alemania ganaba más dinero y tenía acceso a más servicios, pero me faltaba el cariño de nuestra cultura, que no tiene precio y no cotiza en bolsa. ¿Por qué me marcho entonces? Sin duda, por razones personales: quiero seguir creciendo profesionalmente. Pero también porque me duele ver cómo desmantelan todo lo que admiraba de España, aquellos logros que vuestros padres han conquistado a pulso, con luchas y sudor. Después de 15 años, España también era mi país y ya no podía soportar lo que está haciendo este Gobierno bajo la égida del FMI y la mafia de los bancos.

Movilizaciones contra los abusos de la banca.  (EFE)Movilizaciones contra los abusos de la banca. (EFE)Los millones de Bárcenas en las cuentas suizas sin que nadie haya dimitido; el atropello de los preferentistas, pobres diablos engañados de forma cínica y salvaje por señores trajeados, ladrones de corbata y sin escrúpulos; los desahucios criminales que sólo generan pobreza y ocupaciones; las filas de personas rebuscando en los contenedores de basura; los comedores sociales que se llenan de madres que ya pertenecieron a la clase media y que no pueden dar de cenar a sus hijos… Y la propaganda oficial de que estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades. ¿Quién? ¿Nosotros, que trabajábamos y pagábamos impuestos, o ellos, que especulaban con el suelo público y construían aeropuertos fantasma?

Este no es el país donde yo elegí vivir ni el país en el que quiero hacerlo

Cuando me marché de Italia, hace 18 años, Silvio Berlusconi acababa de llegar al poder. No quiero decir que me fui por eso, siempre fui un alma agitada y tenía hambre de mundo. No obstante, intuía que aquel payaso iba a destrozar el país y me alegré de no ser testigo ni cómplice de aquel vilipendio.

Hoy al marcharme de Madrid siento algo parecido. No estoy huyendo, tengo un piso, muchos amigos y seguramente encontraría un empleo si lo buscase. Tampoco me he ido a un país que es un ejemplo de justicia social.

Me marcho porque lo necesito, pero también porque me dejaron ir. Me marcho porque me echaron con una indemnización de 20 días por año trabajado; porque no han sabido o querido aprovechar mi entusiasmo, mi experiencia y mis seis idiomas; porque me niego a trabajar por un sueldo inferior al que percibía cuando era becaria, hace 14 años; porque siempre fui rebelde y me cuesta pasar por el aro. Un aro muy estrecho que nos viene impuesto desde los círculos financieros internacionales y que nuestros gobernantes aceptan de forma sumisa, como lacayos de un nuevo orden mundial injusto, que sólo beneficia a la casta de los poderosos.

Aula de la Universidad Complutense de Madrid. (EFE)Aula de la Universidad Complutense de Madrid. (EFE)Hace poco, un amigo me preguntaba por qué estoy tan enfadada con los españoles. “No es con vosotros que estoy enfadada, sino con las alcaldesas, los presidentes de las comunidades y los ministros que están enterrando al país que amo”, respondí.

No ha sido fácil tomar esta decisión y menos a mi edad. He invertido mucho en España: energía, dinero y tiempo. Me gusta pensar que es un arrivederci y no un adiós. Porque a pesar de todo lo que está pasando, España sigue siendo un buen lugar para vivir. No sólo por las infraestructuras o el buen clima, sino porque tiene corazón, alma, pasión, talento… índices que no encontraremos en los datos macroeconómicos, pero que marcan la diferencia entre ser feliz o no serlo.

Por eso que no me voy cerrando la puerta. La dejo entreabierta, me rindo a mi hambre de mundo y guardo lo mejor de mis años madrileños, con la esperanza de poder volver a la ciudad que te acoge y te acepta sin preguntarte nada. Hasta pronto, Madrid.