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OPINIÓN

La izquierda y sus mitos: A propósito del ‘caso Garzón’

BIOGRAFÍA

Quise ser periodista para viajar; pero al final algo debió fallar y he acabado siendo una especie de tecnócrata del periodismo económico. No me quejo. Ello me permite aprender todos los días y contar lo que sucede. Sin apriorismos y sin necesidad de echar mano de los célebres espejos deformantes que colgaban del Callejón del Gato, y que tanto asombraban a Valle-Inclán. Nací en Madrid en el mismo año en que Bardem estrenó Calle Mayor y soy Licenciado en Ciencias de la Información. He escrito un par de libros sobre el capitalismo español y trabajado en radio, televisión y prensa escrita. Y al final he descubierto que Internet es todo eso y algo más. Carlos Sánchez es subdirector de El Confidencial.

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Carlos Sánchez.-  14/04/2010

A mediados de 1979, cuarenta años después del ocaso de la II República española, la bandera tricolor ondeaba todavía en el campo de concentración de Buchenwald, situado en las colinas de Ettersberg, muy cerca de Weimar. Por entonces, España era una incipiente democracia parlamentaria. Se habían celebrado dos años antes las primeras elecciones tras la dictadura del general Franco, y el país contaba ya con un texto constitucional homologable a las democracias occidentales.

A ojos de los ciudadanos de la República Democrática Alemana y de su nomenclatura política, sin embargo, España continuaba bajo la bota del franquismo, y eso explica que la bandera tricolor ondeara en uno de los campos de concentración más siniestros del nazismo, y que, como se sabe, alojó muy a su pesar al escritor Jorge Semprún, una de las mentes más lúcidas que ha dado este país. El hecho de que los españoles confinados en Buchenwald fueran en su totalidad combatientes de la República, justificaba también la ausencia de la enseña bicolor.

El campo se había convertido en un museo de los horrores de la barbarie, y los guías mostraban con especial interés una sala destinada a albergar una muestra fotográfica asombrosa. Aparecían retratos de los oficiales nazis en traje de campaña durante los años de ‘esplendor’ del campo, y justo a su lado, asomaban esos mismos mandos 30 o 40 años después, pero ahora en condiciones muy diferentes. Lucían corbata y chaqueta. Uno trabajaba como alto cargo para Wolkswagen. Otro ocupaba algún puesto en la dirección de Deutstche Bank, y algunos eran funcionarios de alto nivel del gobierno de Alemania federal. Los guías y sus acompañantes presumían de aquella exposición fotográfica y cuestionaban el carácter democrático de la parte occidental del país por no haber saldado cuentas con su propia historia. Y no les faltaba razón. Muchos nazis se colaron por la puerta de atrás y rehicieron su vida mientras la sociedad alemana de la postguerra miraba hacia otro lado.

Aunque la bandera de la república ya no ondee en Buchenwald, las víctimas y los descendientes de la represión franquista siguen siendo instrumentados políticamente

Ni que decir tiene que la extinta RDA era un país autoritario en el que los ciudadanos no podían votar libremente. Ni siquiera salir del país. Mientras que la RFA respetaba los derechos humanos y crecía hasta convertirse en una de las primeras potencias del mundo. El sistema comunista, sin embargo, había sido capaz de crear un imaginario colectivo formidable basado en la memoria como fuente de la acción política. La lucha contra el fascismo fue tan insoportable (y tan cruel) que el país se articulaba a partir de un enemigo común. Algo que permitió a la clase política aglutinar la conciencia de millones de ciudadanos de Alemania oriental contra la barbarie fascista. La España de Franco hasta bien entrados los años 60 es un buen ejemplo de este tipo de comportamientos políticos. El dictador presumía de haber vencido al comunismo y de haber traído la paz, y a los ojos de muchos españoles sólo eso justificaba su tiránica presencia.    

Poder y riqueza

Hannah Arendt fue capaz de identificar este tipo de entornos políticos, y lo dejó por escrito en Los Orígenes del Totalitarismo. Lo que hace que los hombres obedezcan o toleren el verdadero poder -decía- y odien a quienes tienen riqueza pero no poder, es el instinto racional de que el poder tiene una cierta función social. En el caso que nos ocupa la lucha contra la Alemania nazi. Incluso la explotación y la opresión, decía la pensadora germana, hacen trabajar a la sociedad y lograr el establecimiento de un cierto orden. Pero la riqueza sin poder, detentada de forma parasitaria, se considera una inutilidad, y de ahí las sublevaciones sociales. Y la RDA, con esa obsesión por el pasado había sido capaz de demostrar que la victoria sobre el nazismo era la esencia de la nación.

Se había construido, por lo tanto, un mito que funcionó durante un par de generaciones destinado a lograr legitimidad social.

La utilización de mitos con fines perversos no es, desde luego, patrimonio de esa izquierda no democrática. La libertad se usa habitualmente de forma grosera y torticera por muchos. Simplemente para ganar legitimidad. Al margen, y hasta en ocasiones en contra, de lo que decía Isaiah Berlin. “Si mi libertad, o la de mi clase o nación, depende de la miseria de un gran número de otros seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral”, aseguraba uno de los hombres más sabios del siglo XX.

Los mitos construyen, por lo tanto, las naciones, y sobre todo las ideologías,en particular las autoritarias. Sólo en este contexto puede entenderse el respaldo de cierta izquierda al juez Garzón, que ha agarrado la causa contra el franquismo como Moisés las tablas de la ley. Pero no para cumplir con el ordenamiento constitucional -como demostró en este recurso el fiscal Zaragoza-, sino para apropiarse de un sentimiento loable de una parte de la sociedad española perseguida por el franquismo, pero huérfana de nuevas ideas y de nuevos referentes. Y que necesita fechas como el 14 de abril o acontecimientos como la revisión del franquismo para seguir reivindicándose. Se trata de la misma izquierda que al mismo tiempo que niega la necesidad de recortar los derechos sociales (con buen criterio), acepta sin rechistar que el paro haya escalado hasta el 19% de la población activa. O que la crisis esté siendo especialmente dañina en los sectores más débiles de la sociedad: los jóvenes, los mayores de 45 años y los trabajadores de baja cualificación, fundamentalmente inmigrantes. Y todo ello en un país en el que el peso de las rentas del trabajo ha caído respecto del PIB y en el que los salarios reales están estancados desde hace 15 años.

¿Un asunto político?

Con el ‘caso Garzón’ se avanza en esa función instrumental del mito. El asunto de fondo -la posible prevaricación del juez- se covierte en una cuestión de legitimidades. Y se llega al extremo de considerar a quienes cuestionan la foma de actuar del magistrado de la Audiencia Nacional como cómplices de una dictadura atroz como fue el franquismo. Olvidando -conscientemente- que lo que se juzgará no es el franquismo, sino la instrucción de un juez sometido a las leyes ordinarias. Como no puede ser de otra manera. Así, un asunto estrictamente jurídico se convierte en una cuestión política, el terreno en el que mejor juegan las organizaciones de extrema derecha que presentaron las querellas. Precisamente, las mismas organizaciones que desligitiman el sistema democrático y que sólo desean una sentencia ‘política’ con el objetivo de socavar el Estado de Derecho. Ese sería su triunfo.

¿O es que sería legítimo que el magistrado Varela diera la razón a Baltasar Garzón simplemente porque los querellantes son de extrema derecha? ¿No se vilipendia a Franco con razón por haber subvertido el orden constitucional? O dicho en palabras del fiscal Zaragoza: la pretensión de conocer todo y de todos en un solo procedimiento quiebra las más elementales reglas del proceso penal y aboca inevitablemente a una inquisición general prohibida en nuestra Constitución, particularmente proscrita por la doctrina constitucional.

La legitimidad social y política a través de la reivindicación de los mitos no es, desde luego, un fenómeno nuevo en la política española. Cuando Zapatero llegó a la Moncloa hace seis años sabía que la hábil utilización de referentes grabados en el imaginario colectivo de buena parte de los españoles era un instrumento útil en términos políticos y electorales. Ante la ausencia de un discurso renovador y de cambio social, como el que pudo esgrimir Felipe González, era necesario aparecer como heredero directo de un pasado mitificado.Y así cabe interpretarse la Ley de Memoria Histórica a la luz de acontecimientos posteriores.

La ley se aprobó al final de la legislatura para capitalizar el voto de la izquierda, pero una vez que vio la luz ha sido arrinconada como si se tratara de una muñeca rota. La ley no se ha desarrollado reglamentariamente ni se han puesto los medios necesarios para ayudar a reconstruir el pasado. Ya no da votos, y eso explica la apatía con que el Gobierno aplica la norma, más allá de movimientos oportunistas.

El resultado no puede ser otro que un fracaso como nación. Aunque la bandera de la República ya no ondee en Buchenwald, las víctimas y los descendientes de la represión franquista siguen siendo instrumentados políticamente. Sin un reconocimiento expreso del conjunto del país. Precisamente por esa visión sectaria del pasado más reciente. Con razón decía Aristóteles, como recordaba hace unas semanas en este mismo diario el magistrado Vives,  que “es estúpida la sabiduría de los que pretenden saber más que las leyes”; y por esa sumisión de las ideas de la Justicia a la Ley, en el alba de la civilización occidental, dio Sócrates su vida.

 

 

 

OPINIONES DE LOS LECTORES, 59 COMENTARIOS

59 .- #58 Sólo por curiosidad: en su dilatado saber y entender ¿es cierto o falso que Largo Caballero llamaba a la Guerra Civil en 1933 y hasta 1936, ante el escándalo de algún que otro socialista decente, que alguno hubo, como Besteiro?
Y ya que ha tenido el ramalazo de humanidad de exigir el procesamiento de Carrillo, espero que lo recuerde en futuras reivindicaciones.
Yo personalmente, creo que la Ley de Amnistía sirvio para dar una oportunidad a la izquierda de entrar al juego democrático y probar su madurez, y que evidentemente la desaprovechó. Pero que aún así debe mantenerse.

Elphin

14/04/2010, 22:33 h.

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58 .- #55 Ah y la guerra civil culpa de los rojos y del Psoe. Alla usted y su historia que es la verdadera los demas tontos

ir2018

14/04/2010, 22:04 h.

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57 .- #55 Paracuellos salvajada, Carillo si es responsable al paredón, bueno a la carcel que no hay pena de muerto. Contento?

ir2018

14/04/2010, 22:02 h.

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56 .- ir2018, oiga que lo de las avt son sagrados sus muertos son personas los otros para esta gente son animales

adeu

y feliz día de la república


p.d discutir con estos franquistas es absurdo sólo les preocupa demostrar que todo el mundo está misrable como yo

tarzán camero

14/04/2010, 22:01 h.

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55 .- #52 Mira que he leído con atención a ver si decía algo de Carrillo y de las declaraciones de guerra civil del PSOE desde 1933, pero mira, no.

Elphin

14/04/2010, 21:59 h.

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