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BIOGRAFÍA
Carlos Sánchez - 15/01/2010
A finales de 1988, Haití acababa de sacudirse el yugo de los Duvalier, una siniestra familia que convirtió la parte occidental de La Española en su hacienda privada. En aquel momento, había un extraño vacío de poder. A esa parte de la isla sólo se podía llegar por avión, y parecía aún vivo aquel pacto de no agresión firmado 30 años antes en la frontera por Trujillo y Duvalier. Los dos dictadores se habían conjurado para no incordiarse mutuamente. No conspiraría uno contra el otro. A un lado, seguirían los haitianos, los más pobres entre los pobres. Olvidados y convertidos por azar de un pacto político en robinsones en su propia isla. Al otro, estarían los dominicanos, que siempre han mirado a los haitianos por encima del hombro. Los primeros con influencia francesa, y los segundos con clara ascendencia española, como puede observarse en esa ciudad castellana que es la parte vieja de Santo Domingo.
‘Papá Doc’ había muerto y su vástago, ‘Bábé Doc, derrocado dos años antes por un asonada militar, disfrutaba del expolio -en compañía de su familia- en la riviera francesa. Es lo que tiene haber sido un buen socialista como era Mitterand, capaz de acoger a las almas descarriadas. Ironías de la historia el apelativo 'doc' que ambos tiranos lucían, procedía de cuando el viejo Francois ejercía de médico bueno, curando el paludismo, el tifus y otras enfermedades tropicales.
El hecho de que hubiera un cierto vacío de poder era la mejor noticia de las posibles para Haití. No se veían militares por las calles más allá de lo que puede ser lógico en un país en el que la única tradición es el ejército, con más de cien golpes de Estado a sus espaldas en 200 años de independencia. Los haitianos esperaban en aquel tiempo la llegada de otro iluminado, el clérigo Jean-Bertrand Aristide, quien pasó sin solución de continuidad de la teología de la liberación a convertirse en una especie de sátrapa caribeño apoyado inicialmente por Bill Clinton.
"El mayor esplendor de Haití tiene que ver con los piratas y bucaneros que poblaban la isla de la Tortuga. Desde entonces todo ha sido un desastre"
Aquellos días de noviembre, Puerto Príncipe lucía como una ciudad que espera algo importante. Al final y al cabo los sueños sólo sirven para eso, para soñar. Los niños bajaban a las escuelas desde las montañas que custodian la costa. Vestían pulcramente y su uniforme era lo único con cierta homogeneidad estética en una ciudad machacada y llena de asombrosas furgonetas fogosamente pintadas por sus propietarios con vivos colores. Los niños caminaban por los pedregales en dirección a los colegios que con todo el sacrificio del mundo mantenían abiertos algunas congregaciones religiosas. Ni que decir tiene que el Estado sólo cabía en los cuarteles y en ese níveo palacio presidencial ahora destruido, probablemente el único edificio digno de llevar tal nombre.
Rones criollos
Los jóvenes, mientras tanto, mataban el tiempo en el malecón de Puerto Príncipe a la caza y captura de algún viajero despistado a quien colocar unas de esas bellas acuarelas de aire primitivista. Por su parte, los criollos y los descendientes directos de Francia elaboraban rones de todos los colores y sabores en sus mansiones de las montañas que rodean la capital haitiana.
Las noches eran tranquilas. Desde las colinas se podían divisar una escena fascinante. Cientos de pequeñas bombillas –apenas alguna farola pública- iluminaban a duras penas los chamizos de uralita que protegían a cientos de miles de haitianos de los huracanes tropicales.
Una de aquellas noches, el guía comentó una frase que un día le dejó marcado. Al cabo de algún tiempo, la pude leer en algún libro sobre la historia de Haití. Recordaba el guía que en una ocasión uno de los dictadores –da igual el nombre- fue obligado a abandonar el poder por otro sujeto de la misma calaña. A continuación fue escoltado hasta el pequeño aeropuerto de Puerto Príncipe por los milicos, y fue entonces cuando dijo a sus acompañantes en las escalerillas del avión que le conducía hacia algún paraíso fiscal: ‘Les dejo un cigarro prendido por las dos puntas”. Ningún otro dictador había dicho hasta entonces una verdad tan contundente.
Haití era y es una isla a la deriva. Hasta el punto de que su mayor esplendor tiene que ver con los piratas y bucaneros que poblaban la isla de la Tortuga, situada a pocos kilómetros de su litoral norte, y que era en realidad el objetivo que pretendía alcanzar el cronista. Stevenson habla de este extraño paraje con montañas con forma de caparazón en La isla del tesoro, y sus riquezas conquistadas a golpe de trabuco y cañonazo no fueron ajenas al hecho de que los antiguos esclavos africanos fueran los primeros de Latinoamérica en declarar su independencia de la metrópoli. Ese origen canalla de Haití le acompaña como una losa. Había dinero, y mucho, para alcanzar la independencia, con jóvenes esclavos curtidos en el cultivo de la caña de azúcar, el petróleo de la época.
Quién dispara más rápido
Desde entonces todo ha sido un desastre. Por supuesto que Haití no es muy diferente a otros países del mundo. Pero chirría que haya sido necesario un terrible terremoto para que la comunidad internacional -ese sujeto plural que a nada y a nadie obliga- se vuelque en la isla. Los gobiernos compiten ahora por ver quién dispara más rápido. Quien llega primero al aeródromo de Puerto Príncipe y hasta por ver quien coordina la ayuda internacional ante decenas de cámaras de televisión fascinadas porque cuatro bomberos de Huelva vayan a embarcar con sus perros.
Nada que objetar a inmediatez en unas circunstancias como las actuales. Pero los países ricos continúan al mismo tiempo protegiendo su agricultura de la competencia de las naciones pobres, como Haití. Mientras que mantiene a salvo sus mercancías con la imposición de barreras proteccionistas y altos aranceles que restringen el comercio mundial. Y hasta los Estados han dejado en manos de organizaciones privadas la ayuda al desarrollo, lo que convierte el dinero público en menos eficiente. La democrática Suiza hace algunos meses tuvo que devolver a Haití más de cuatro millones de euros de la familia Duvalier (es un decir) depositados en un fondo con sede en el no menos democrático principado de Liechtenstein. Pásmense. Y luego dicen que la justicia en España es lenta. Habían pasado más de 20 años desde que el menor de los Duvalier tuvo que abandonar el país por la fuerza con su botín de granuja.
Definitivamente, Haití tiene mala suerte. Como la tiene ese cuarto millón de niños restavec que malviven en la República Dominicana como nuevos esclavos. Restavec es el acrónimo de la expresión francesa rester avec, que significa ‘estar con’. Al menos ellos no han sucumbido al terremoto y han podido seguir vivos en los prostíbulos y condominios de la República Dominicana en los que trabajan para las élites locales. Terrible.
OPINIONES DE LOS LECTORES,
7 COMENTARIOS
7 .- Lástima. Entre lo de la "menor eficiencia" [?] de las asociciones que gestionan la ayuda y lodel "Ducado" [sic] de Liechtenstein, al final el progre analfaburro no ha podido evitar mostrar la patita por debajo de la puerta.
6 .- Lo mejor que puede ocurrir es que el Sumo Pollino [ZP] no meta la pezuña en el desastre de Haití,porque terminará de hundir la isla.
5 .- No entiendo la frase "Y hasta los Estados han dejado en manos de organizaciones privadas la ayuda al desarrollo, lo que convierte el dinero público en menos eficiente". Si es todo lo contrario...el sector privado es muchísimo más eficiente que el público en el uso de su presupuesto. El sector privado se sujeta al libre mercado, el público a la ineroxabilidad del Estado.
4 .- Sobre la situación en Haití es muy recomendable el libro titulado "Colapso", de Derek Diamond [creo que edita Debate]. El autor dedica un capítulo a comparar la pobreza de la República Dominicana con la miseria de Haití. El tema del libro es el estudio de desastres ecológicos que conducen al colapso de sociedades enteras, si bien el factor ecológico se trata en su obvia interrelación con el contexto económico y cultural.
Me temo que las conclusiones del autor son pesimistas. Aunque hay alguna variedad de opiniones, la opinión mayoritaria es que no hay esperanza para el futuro.
Por otra parte, me resulta muy llamativo ver cómo se quejan los inmigrantes dominicanos en España mientras ellos tratan muchísimo peor a los inmigrantes haitianos en su país, incluso de manera racista, ya que hay diferencias raciales visibles entre ellos [los haitianos son negros puros y los dominicanos, mulatos]. Ha habido incluso verdaderos genocidios de haitianos en la historia reciente de la Dominicana, en los tiempos del tirano Trujillo.
3 .- #1 Tienes algún problema existencial? No te encuentras bien en tu trabajo? No sabes leer el español/castellano? Le lees, pero no le entiendes?
Te aconsejo el Dicionario De Uso Del Español de Maria Moliner.
Be water, my friend