quince años de su nacimiento oficial

'Eurocumpleaños': un quinceañero con retos pendientes para alcanzar la mayoría de edad

No llegó a los bolsillos hasta 2002, pero nació oficialmente en enero de 1999. 15 años después, sigue vivo... pero necesita madurar para ser adulto

Foto: El presidente del BCE, Mario Draghi, fue clave para despejar el futuro del euro en julio de 2012
El presidente del BCE, Mario Draghi, fue clave para despejar el futuro del euro en julio de 2012

Como la vida misma. Cuando sólo era un recién nacido, estuvo débil. Luego disfrutó de unos primeros años de infancia relativamente felices. Pero en cuanto vislumbró la adolescencia, los problemas se multiplicaron. Y ahora cumple 15 años con una crisis existencial cuya resolución determinará hasta qué punto estará preparado para alcanzar la mayoría de edad en plenas facultades. ¿De quién se trata? Con esa descripción, podría ser cualquiera, aunque en este caso se trata de un sujeto muy concreto: el euro, que en enero de 2014 celebra sus 15 años de edad. 

Los cumple, además, dando la bienvenida a un socio más. Letonia acaba de convertirse en el decimoctavo eslabón de la cadena del euro. Es decir, el club está formado por siete países más que cuando nació oficialmente en 1999, aunque no fue hasta 2002 cuando llegó al bolsillo de los ciudadanos. Visto así, aquella aventura monetaria, posiblemente la mayor de la historia, es un éxito. Ya actúa como cordón umbilical de 18 de los 28 países de la Unión Europea y de más de 330 millones de europeos.

De crisis en crisis 

Pero esa visión resulta demasiado simplista. Porque el euro no lo ha tenido fácil. Fiel metáfora de lo que ha sido la trayectoria de la integración europea, el euro es, más que una historia de éxito, el relato de un ejercicio de supervivencia

Fue así desde antes incluso de su nacimiento. Entre 1992 y 1994, con el no danés al Tratado de Maastricht y la posterior crisis de la libra, el proyecto de lanzamiento del euro estuvo a punto de descarrilar. Sólo la flexibilidad de los dirigentes europeos -en las condiciones exigidas a las fluctuaciones de las monedas y en los plazos- permitió que Europa siguiera adelante con el experimento. Su bautizo llegó poco después, en 1995, en suelo español, porque fue en un Consejo celebrado en Madrid cuando se decidió su nombre: euro. Y en enero de 1999 se produjo su lanzamiento oficial en los mercados. Lo hizo con cambio de 1,166 dólares por euro.

Bautizado oficialmente en Madrid en 1995, llegó a los circuitos financieros y contables en 1999 y entró en circulación en 2002

Pero ni por esas se salvó de las dudas. Sus primeros pasos estuvieron cargados de incertidumbre. ¿Verdaderamente llegaría al bolsillo de los ciudadanos o saltaría antes por los aires? Esas sospechas provocaron que se depreciara hasta los 0,827 dólares -aún hoy representa su mínimo histórico- en octubre de 2000. Es más, el primer presidente del Banco Central Europeo (BCE), el holandés Wim Duisenberg, debió salir en defensa del euro en varias ocasiones. En unos casos, verbalmente, y en otros, con hechos, puesto que intervino directamente en el mercado en el año 2000 para frenar la caída de la divisa y transmitir el mensaje de que las autoridades estaban realmente comprometidas con la nueva divisa. 

También se sobrepuso a ese manto de desconfianza. Sobre todo, porque en 2002 ya dejó de estar confinado sólo a la actividad financiera y contable y entró en circulación. Ya era un hecho. Los ciudadanos de 12 países europeos lo usaban para comprar leche, pan, aceite y lo que quisieran. Un alemán ya no tenía que cambiar moneda para venir a España ni un español para ir a Alemania. Y lo mismo con los franceses, italianos o belgas. 

Espejismo de tranquilidad

A partir de ese momento, vivió sus años más plácidos. Los inversores y los agentes económicos internacionales se convencieron de que aquello iba de verdad, de que el euro era una realidad. Y comenzaron a emplearlo de forma creciente en sus transacciones, con lo que se convirtió rápidamente en la segunda moneda de referencia mundial, sólo por detrás del dólar. 

Ese cambio de sentimiento, combinado con unos tipos de interés más alto en la Eurozona que en Estados Unidos, mutó las caídas iniciales por una rápida apreciación de la divisa europea. El euro cerró con subidas contra el dólar en cinco de los seis años que transcurrieron entre 2002 y 2007, ejercicio que terminó ya por encima de los 1,45 dólares. 

El euro marcó su mínimo histórico contra el dólar en el año 2000, cuando se depreció hasta los 0,82 dólares, y su máximo histórico en 2008, cuando se apreció hasta los 1,60 dólares

Es decir, esa escalada no se detuvo ni durante los primeros compases de la crisis actual. Es más, en julio de 2008, y tras una polémica subida de los tipos de interés por parte de un BCE capitaneado entonces por el francés Jean-Claude Trichet, traspasó por primera -y hasta la fecha, única- vez la frontera de los 1,60 dólares.  

Defectos de fabricación al descubierto

Pero de nuevo fue un espejismo. Los supuestos años buenos del euro escondieron, en realidad, la semilla de los problemas que iban a florecer tras el colapso financiero provocado por la quiebra de Lehman Brothers y posteriormente durante la Gran Recesión. La Europa del euro, surgida con el nombre oficial y la vocación de ser una Unión Económica y Monetaria (UEM), comenzó a resquebrajarse desde finales de 2009 y ya de forma definitiva a partir de 2010. 

Y lo hizo por donde muchos temían. Por las diferencias económicas y financieras aún vigentes, pese a años de supuesta convergencia, entre el núcleo y la periferia. Los bajos tipos de interés -tanto nominales como reales- vigentes entre 2003 y 2006 hipertrofiaron los sectores bancarios y cebaron la bomba del crédito y el endeudamiento privado principalmente en los países periféricos, unos problemas agravados posteriormente cuando los Estados acudieron al auxilio y engordaron los déficits públicos. 

Las grietas se abrieron definitivamente cuando Grecia solicitó su primer rescate en la primavera de 2010. "A escala del euro, el asunto griego era de pequeñas dimensiones. Sin embargo, iba a revelar con crudeza el carácter inconcluso de la construcción monetaria europea y la magnitud de los acuerdos sobre el modo de completarla", relata el economista Jean Pisani-Ferry en su libro El despertar de los demonios. La crisis del euro y cómo salir de ella. La simple secuencia cronológica de los rescates que sucedieron a ese primero de Grecia constata la realidad de esa afirmación: Irlanda lo pidió en noviembre de 2011; el segundo rescate de Grecia, en febrero de 2012; Portugal, en abril de 2012; España, un rescate ceñido al sector financiero en junio de 2012; y Chipre en marzo de 2013. 

Grecia iba a revelar con crudeza el carácter inconcluso de la construcción monetaria europea y la magnitud de los acuerdos sobre el modo de completarla

Este efecto dominó, con una caída continua de piezas, puso al euro contra las cuerdas. Como un balón a punto de estallar, las costuras de la moneda única se estaban desatando por momentos. La situación llegó a ser casi insorportable para los países periféricos. Más que nada, porque quebrantó uno de los principios fundamentales de la UEM: la unión financiera o que un euro estuviera tan seguro en un europaís como en otro y que no hubiera divergencias en los costes de financiación entre europaíses

"En la Zona del Euro, la crisis ha supuesto un retroceso importante de la integración en aquellos mercados financieros en los que había alcanzado un grado mayor, como los de financiación mayorista (principalmente el monetario y el de deuda pública y bancaria). Este proceso ha recibido el nombre de fragmentación financiera o renacionalización, dado que ha producido una mayor compartimentación de los mercados financieros según las líneas fronterizas de los Estados miembros", repasa el Banco de España en su último boletín económico. Y añade: "Como resultado de ello las condiciones financieras nacionales han sido divergentes. Esta fragmentación vino alimentada por las propias carencias en el diseño institucional de la unión monetaria, hoy en fase de superación". 

Capotazo histórico de Draghi 

Si se está superando se debe, fundamentalmente, la histórica intervención del presidente del BCE, el italiano Mario Draghi, durante el verano de 2012. Primero, en julio, cuando se comprometió a "hacer lo que sea necesario" para salvar el euro; y segundo, dos meses después, cuando lanzó un programa de compras de deuda pública (que responde a las siglas OMT), que desde entonces ha actuado de muro de contención de las presiones. 

En efecto, pese a que en 2013 la Eurozona todavía afrontó el rescate de Chipre, las dudas sobre la viabilidad del euro han pasado a un segundo plano. Los avances en la integración fiscal, con la firma de una regla de oro para mantener una mayor disciplina presupuestaria, o en la unión bancaria, han contribuido igualmente a templar los ánimos.

Pero haber superado una bola de partido en contra no implica que se haya obtenido la victoria definitiva. El partido se sigue jugando, y hace falta más para que la UEM sea realmente una Unión. Más progresos fiscales y financieros; también, definir mejor el papel de prestamista de última instancia del BCE, menos equipado que otros bancos centrales -como la Reserva Federal estadounidense o el Banco de Inglaterra- para responder a las crisis; y, por supuesto, mayor cohesión política y fiscal. 

"Al final, la Unión Monetaria requiere de mecanismos eficaces para que las economías puedan amortiguar y combatir los efectos de perturbaciones asimétricas. Pero, por otro lado, es evidente que una Unión Monetaria también requiere de una mayor integración fiscal y de competitividad que la haga sostenible en el tiempo de forma que se eviten precisamente este tipo de perturbaciones desiguales entre países", explica José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España.

¿Qué debe hacerse para que la unión monetaria sea un factor de prosperidad compartida más que de sufrimientos y tensiones?

Sin embargo, la historia reciente revela que es fácil decirlo, pero muy difícil hacerlo. "¿Es factible una integración financiera si la fiscal no está garantizada? ¿lo es si la pérdida de soberanía que conlleva no es asumida políticamente?", cuestion Martínez Campuzano. Y más preguntas son las que plantea Pisani-Ferry: "¿Cuál es el espacio de la moneda? ¿Qué grado de integración económica, qué dispositivos de gobernanza, qué instituciones políticas, qué nivel de solidaridad entre los pueblos que decidieron compartir el euro se necesita para asegurarle un porvenir? En resumen, ¿qué debe hacerse para que la unión monetaria sea un factor de prosperidad compartida más que de sufrimientos y tensiones?".  

Preguntas que esperan respuestas. Y en ellas estará depositado lo que el euro quiera ser de mayor. De momento, sigue atado a la predicción -o tal vez, maldición- de Jean Monet, uno de los padres de la integración europea. "Europa se forjará en las crisis y será la suma de las soluciones aportadas a estas crisis", proclamó. Si quiere hacerse adulto, ahora es el momento de esas soluciones. 

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