libro, Elfantasma de la libertad, Francisco J. Rubia
@Nuño Vallés. - 03/10/2009
Ilustraba don Quijote a Sancho en el capítulo LVIII de la segunda parte acerca del que, para él, era “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos”. Bien sabía el bueno de don Miguel de los pesares de la privación de libertad, y su discurso nos parece justo y certero. Pero la ciencia, que para el hidalgo manchego era conocimiento admirable y necesario para la caballería andante, va a fallarle y darle la razón a Calderón, para quien la vida es “una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño: / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”. La ciencia moderna sostiene, contra don Quijote, que la vida es sueño y la libertad una falacia; en este opúsculo el profesor Francisco J. Rubia se propone “presentar aquellos argumentos que, desde un punto de vista científico, plantean precisamente la no existencia de esa facultad o, lo que es lo mismo, que probablemente el libre albedrío sea una ilusión, una más de todas las ilusiones que el cerebro genera” (p. 9).
Los dos primeros capítulos, en los que repasa lo que se ha dicho hasta hoy, desde la filosofía y la ciencia acerca del libre albedrío, son algo caóticos. Todo el libro tiene un aire de dictado académico, pero en éstos se acentúa con un bombardeo de nombres y conceptos difíciles de retener. Las conclusiones generales del volumen se han avanzado en la Introducción; en las páginas que siguen desgrana las hipótesis concretas y los experimentos que se han llevado a cabo para falsarlas, así como aquellas patologías cerebrales que afectan a la voluntad del individuo. Ejemplos llamativos son el del aquejado de “visión ciega”, que percibe estímulos visuales pero no es consciente de ello –aunque reaccione ante dichos estímulos-, o el de quien padece el “síndrome de la mano extraña”, que ha perdido el control consciente de uno de sus miembros, situación tragicómica que el cine y la televisión han aprovechado en más de una ocasión. Estos casos muestran que la mayor parte de los procesos mentales son inconscientes.
En 1983, Benjamin Libet realizó un experimento de resultados asombrosos: descubrió que el cerebro inicia las acciones antes de que el individuo decida llevarlas a cabo. La voluntad parece entonces, no ya el origen de la acción, sino la consciencia de que una acción va a emprenderse. También reveló uno de las muchas mentiras que nos cuenta el cerebro: que sentimos los estímulos en el mismo momento de producirse, cuando en realidad se sienten medio segundo después. Si ya sabemos que algunas propiedades del mundo exterior, como los colores, no existen más que en nuestra “mente”, la confianza que pudiéramos tener en nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos se empieza a tambalear. Y sólo es el principio. Parece haber una conspiración cerebral para crearnos la fábula vital, pero quizá lo más sangrante es que ni siquiera es un país de Jauja, sino este triste mundo que todos conocemos.
Pero no es tan malo nuestro seso como parece; hace lo que ha aprendido a lo largo de miles de años de evolución. A riesgo de ponernos leibnizianos, habría que reconocer que el sistema es el mejor posible y que el cerebro cumple su misión: la especie humana se ha enfrentado al reto de la supervivencia con bastante éxito. Que sus tretas nos parezcan más o menos limpias es ya harina de otro costal. Si nos engaña susurrándonos que poseemos voluntad libre –pero no hay ninguna estructura cerebral donde se asiente- o que “yo” habito este cuerpo –cuando el “yo” tampoco tiene asiento en el cerebro- en este mundo que percibo, debemos perdonárselo por sus buenas intenciones, y realmente tampoco sabemos si había otras opciones mejores –o si estaba determinado a hacerlo así-. Además, estos severos científicos nos abren una puerta a la esperanza, eso sí, a su manera relativa y restringida: “la autonomía de las acciones humanas, desde el punto de vista de la neurociencia, no radica en un acto voluntario sentido subjetivamente, sino en la capacidad del cerebro en llevar a cabo acciones por su propio impulso” (p. 71).
El fantasma de la libertad. Francisco J. Rubia. Ed. Crítica. 192 págs. 17,50 €. Comprar libro.
Opiniones de los lectores (5)
5.
cocacola»05/10/2009, 15:08 h.
Estimado y respetado D. NUÑO, el libro de hoy es difícil de resumir de forma que sea totalmente intelegible para el lector.
Le felicito porque creo que lo ha conseguido.
Al menos creo entender la idea del autor. Lo que ocurre es que el cerebro es un misterio, bien sé que poco a poco va dejando ver si forema de actuar y los puntos donde residen los núcleos neuronales que transmiten las diversa sensaciones o voliciones de la persona.
Muchas enfermedades, leves, interceptan algunas de las órdenes que el alma envía al cerebro. Otras el instinto se adelanta al alma, al menos seo creo yo.
Conozco un caso, el mío, en que la "Miastenia gravis" viene a destruir la acetilcolina que es el transmisor existente entre el nervio y el músculo.
Cuando nos descuidamos y no restablecemos la existencia de la acetilcolina, no vemos en apuros.
Los músculos de ojos, garganta y pecho ralentizan su funcionamiento. ¡¡¡ALARMA!!!
No tuve ocasión de agradecerle el favavor que me hizo de acercar mi chaquetón a casa de mis familiares. Lo hago ahora y le envío un abrazo.
4.
cocacola»05/10/2009, 09:53 h.
Hasta ahora yo creía que el instinto de supervivencia actuaba, en todo momento, sobre la voluntad, de hacer o no hacer, y que en algunos momentos, la órden era en milmilésimas de segundo.
En este caso, la órden se ejecuta sin el permiso activo de la voluntad, atributo importantísimo que reside en el ALMA.
Pasa por encima de ella y da la voz de alarma geneneral. Todas las neuronas se ponen en actividad y canalizan esta señal hacia el punto decodificador, que transmite la órden, YA IDENTIFICADA, hacia los distintos músculos que han de ACTUAR O NO ACTUAR
Creo que tenemos UN ALMA, algo, que nos permite saber que vivimos.
Siempre activa, su labor será positiva o negativa, depende de la facilidad que encuentre para transmitir sus deseos volitivos al decodificador.
Todo pasa por la SALUD.
SALUD mental, las neuronas reciben y transmiten deseos, y, sensaciones, sin interferencias de zonas que pueden estar dañadas, en el cerebro, por mil causas diferentes.
El ALMA siempre sueña, desea placer y bienestar, y concibe estrategias, para el momento o para el futuro.
El ALMA es quién induce al cerebro a realizar determinadas acciones, poniendo en marcha la voluntad.
3.
Juanlumagnus»03/10/2009, 16:13 h.
La Ciencia, desde Tales seguro, tal vez también desde antes, ha pretendido crear un discurso universalista embriagado de objetividad, una idea muy noble. No obstante, mientras que los paradigmas se suceden, Cervantes y Calderón y Homero y Lorca y otros personajes de cuyos nombres no quiero acordarme se mantienen inquebrantables atravesando océanos de tiempo.
Encomendarnos a las conclusiones de la Ciencia ciegamente es tan frustrante como luchar contra los molinos de viento. Tal vez lo que quepa aprender de todo esto es que el ser humano necesita pensarse a sí mismo una y otra vez.
2.
una misma»03/10/2009, 13:39 h.
¡¡¡Muy, muy bonito artículo pero terrible libro!!!
No creo que acierte: el hombre se rebela contra su destino, eso está claro, y ello le diferencia de los animales, que tienden a aceptarlo y por ello no han cambiado el mundo como sí ha hecho el hombre... o al menos no en la misma medida.
1.
osamayor»03/10/2009, 11:05 h.
Gracias a Dios la llamada neurociencia es algo que está en pañales, pero que se imparte, eso sí, como lo más plus de lo plus. Es curioso como de contínuo aparece información sobre descubrimientos consistentes en determinar qué parte del cerebro decide qué acciones se realizan y cuando la experimentación va acotando o anulando tales conclusiones, eso no se dice en los medios públicos.
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