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“En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente, el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata”. No fue el capitán Nemo el primero en intentar aprovecharse de los tesoros que periódicamente cruzaban el Atlántico en los vientres hinchados de los galeones de la Carrera de Indias. Ni fue Julio Verne el primero en imaginar mucho mayores aquellos tesoros de lo que realmente fueron.
A la belleza refulgente y la emoción aventurera de la leyenda se enfrenta, que no opone, la verdad histórica. Y mientras los historiadores tratan de desentrañar los secretos que cubrió el mar, los modernos piratas siguen tras los tesoros que manos forzadas arrancaron de las entrañas de Zacatecas y Potosí para sostener un imperio cuya suerte siempre pareció echada, pero que no terminaba de caer.
Casi tan famoso como el tesoro de Vigo -nunca hubo tal: la carga se desembarcó antes de la batalla; el insurgente Nemo debería aclarar sus fuentes de financiación- es el del San José, galeón de finales del XVII, nave almiranta de la flota de Tierra Firme de 1706 que se hundió cerca de Cartagena de Indias dos años después. También cuenta con su referente literario, esta vez de la mano del Premio Nobel Gabriel García Márquez. Casi tan imaginativo como el francés, en El amor en los tiempos del cólera se refiere a la “fortuna yacente” del navío, “con el cadáver del comandante flotando de medio lado en el puesto de mando”; fortuna que medía en “medio millón de millones de pesos de la época”.
La leyenda de las inmensas riquezas americanas se había forjado hacía mucho, pero la realidad era otra; alguna antigua captura afortunada por parte de piratas y la propia propaganda española aún sostenían el mito, pero serían precisamente las cuentas subsiguientes a la investigación del naufragio las que pondrían en claro la verdadera importancia del oro americano y la decadencia de la Carrera de Indias desde su apogeo a finales del XVI. Datos que no eran desconocidos por la Corona, pero, como suele decirse, la esperanza es lo último que se pierde.
Los muchos mitos, leyendas y deformaciones que sufre la historia del Imperio español tienen en la cuestión de la explotación de América su punto más negro. Desde el excesivo papel que se ha conferido a la piratería hasta las fabulosas riquezas transportadas por los galeones, la historiografía se ha empeñado en arrojar algo de luz sobre esos “restos ennegrecidos”. En El Tesoro del San José, Carla Rahn Philips, catedrática de Historia de la Universidad de Minnesota y experta en Historia naval española de la Edad Moderna, el desventurado último viaje del galeón sirve de modelo y ancla para una descripción del estado de la Carrera de Indias a finales del XVII y principios del XVIII, la época más difícil del Imperio.
Desde la construcción de los barcos hasta las compensaciones a los familiares de la tripulación fallecida, pasando por la situación política -cambio de dinastía mediante- en la España peninsular y en los virreinatos americanos, el lector recibe una imagen ordenada de los enormes retos que aquellos hombres debieron enfrentar. Y todo ello con una prosa clara, sin dar nada por sabido y recurriendo al sentido común para reconstruir unos hechos más dados al apasionamiento de la leyenda y la ficción histórica.
El San José y el San Joaquín, su gemelo y almiranta de la flota, fueron construidos en astilleros vascos en 1698 para comandar la flota de Tierra Firme. Nacieron en medio de un intenso debate que era sólo un aspecto del más amplio que se llevaba a cabo en toda España: si se debía persistir en los modelos tradicionales o adecuarse a la modernidad. Ambos buques finalmente conservaron las medidas de sus predecesores, de probada eficacia, pero con modificaciones que los acercaban un poco a los navíos de línea europeos. Sin embargo, tuvieron que aguardar ocho años para cumplir la misión para la que fueron construidos. Falta de dinero para el carenado, dificultades para configurar la tripulación y la situación exterior causaron una demora que no sería la única de su breve vida marinera.
Ya en América, nuevas demoras, causadas por la penuria económica, las luchas de poder y el acoso militar británico retrasaron aún más la partida de las ansiadas riquezas, que tanto los ingleses como el Rey de España imaginaban mucho mayores de lo que realmente fueron. Cuando el barco se hubo perdido, con toda su carga, las circunstancias del combate y el misterioso hundimiento del San José palidecen ante los centenares de vidas apagadas en el naufragio. El proceso posterior para depurar responsabilidades y certificar la causa del desastre describen tan bien la época como muchos libros concebidos a tal efecto.
El tesoro del San José. Ed. Marcial Pons. 339 páginas. 23 €.
OPINIONES DE LOS LECTORES,
1 COMENTARIOS
1 .- Buena reseña.
El tema de la relación de España y el Mar, da para muchos libros... Un caso por otro lado, muestra de los problemas de nuestra nación. España ha vivido de espaldas al Mar, aunque precisamente ha sido en el Mar donde ha forjado algunas de sus más grandiosas páginas.
Saludos