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Miércoles, 9 de septiembre de 2009

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Reivindicación del compromiso social (del bueno)

libroLa piquetaAntonio Ferres

@Carlos Sánchez. - 05/09/2009

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El compromiso social está mal visto. Probablemente con razón. Estamos ante un concepto tan manoseado por la historia que ha acabado por convertirse en material altamente sospechoso. Incluso inflamable. Cuando un político profesional se pone en la piel de un paria de nuestros días, es muy probable que sólo pretenda obtener una camada de votos. Y lo mismo sucede cuando determinadas élites culturales o económicas se acercan al fenómeno de la pobreza o de la exclusión social como un acto de redención ciudadana. Pero hubo un tiempo en que cruzar la meseta de Orcasitas o el Alto del Abroñigal era algo más que un viaje literario. Era una especie de ajuste de cuentas con la historia. Por supuesto sin pretender nada a cambio y sin cámaras de televisión por medio.

 

Antonio Ferres hizo ese recorrido a finales de los años 50, cuando Madrid era ese poblachón manchego del que hablaba el poeta. Y de aquel viaje a tiro de piedra de la Puerta de Sol surgió La Piqueta, novela injustamente encasillada desde el primer momento dentro  de aquello que se llamó un día social realismo. Y no porque no lo fuera. La obra de Ferrer encaja perfectamente dentro del canon literario de la época, impregnado hasta las cachas del neorrealismo italiano de postguerra. Y gozó incluso de un éxito inmediato pese a provenir de la España no oficial. Ese encasillamiento dentro de la novela social o de compromiso puede explicar que La Piqueta haya estado arrinconada durante medio siglo.

 

A la novela de Ferres le ha ocurrido exactamente lo mismo que a muchos escritores de la época, como Armando López Salinas, más conocido por su militancia política que por su obra literaria, o Jesús López Pacheco, que han sido invisibles para varias generaciones de españoles. La causa probablemente tenga que ver con la necesidad que tenía este país de sacudirse todo lo que oliera a franquismo, lo que ha enterrado un periodo crucial de nuestra historia. Es curiosa la atención que se sigue prestando a todo lo relacionado con la España republicana, pero el escaso interés que se muestra por lo que ocurrió en la postguerra. Y en particular con el tiempo que transcurre entre la segunda mitad de los años 50 y los primeros 60, cuando se producen las grandes migraciones interiores del campo a la ciudad.

 

La estructura de la novela es simple. Una familia llegada de Extremadura se construye una chabola para vivir en las afueras de Madrid, pero el tiempo corre en su contra. Acampa en los miserables andurriales de la capital cuando las autoridades han decidido que no hay sitio para más. Y la consecuencia no puede ser más desgraciada para los protagonistas de esta historia: todo aquel que hubiera levantado una casucha a partir de una fecha decidida por razones administrativas, tendrá que enfrentarse a la piqueta.

 

A la piqueta entendida no sólo en el sentido semántico del término. Sino también como la metáfora del demonio que describe Melville en Mobby Dick. Pero la también a la piqueta que es sinónimo de garrote vil. Como una especie de muerte civil de una familia ante la posibilidad cierta de que sus cuatro paredes acaben siendo lo que realmente eran anteriormente: escombros.

 

Son quince días angustiosos frente a un enemigo que no se ve. Frente a la autoridad administrativa. Frente al orden social. Frente al desarraigo y la insolidaridad. Porque en la novela de Ferres no hay héroes, simplemente resignación. Quince días frenéticos y de desesperanza en que los cinco miembros de la familia viven un tiempo nuevo dominado por el enemigo invisible.

 

Mientras esto ocurre, al fondo, se dibuja un Madrid ramplón y soez, pero a la vez que envuelto en la ternura de las noches de verbena y parranda.

 

RegularLa Piqueta. 213 Págs.17€. Comprar libro.

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